Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Hoy el Instituto Aguascalientes; el Colegio Marista ya no es el principal de Aguascalientes, sino uno más entre la pléyade de posibilidades educativas que se ofrecen, y estudiar en él ya no tiene el valor de prestigio del pasado. De pronto a las élites el Marista se les hizo poca cosa y crearon otras opciones para, digamos, dejar atrás a las multitudes. Quizá la institución de origen francés sufrió un proceso de masificación, o tal vez ocurrió que debido a la disminución de la presencia de los Hermanos Maristas, ya sea por crisis vocacional o por defección, el hecho es que la institución perdió -disculpe la palabreja- el feeling que lo caracterizó en el pasado; la mística que muchos observamos en sus miembros.

Paradójicamente el colegio ha crecido hasta abarcar de jardín de niños hasta bachillerato y volverse mixto, y sin embargo hoy en día sólo hay dos o tres religiosos, según me informa la maestra Dolores García Pimentel, que sabe un poco más de la actualidad marista que yo. Esto significa que abundan los profesores seglares, pero en todo caso aquéllos eran los que daban la pauta para el trabajo, hasta que comenzaron a escasear.

Yo recuerdo, no sin una buena dosis de admiración y afecto, a personajes como Rigoberto Limón, Amancio Rodríguez, Flavio Guadarrama, Benjamín Murillo, Herminio Fernández -en su clase adquirí la prodigiosa herramienta de la escritura en máquina-, Arturo Zambrano de la Garza, Juan Valadez Hernández, Ambrosio Bon Rosas, Cristóbal Castillo, y muchos más, que tenían en común esa mística, un atractivo que al parecer con el tiempo fue diluyéndose.

Lo mismo ocurrió con el Colegio Portugal que, peor aún, hoy en día interesa menos a la propia jerarquía eclesiástica que en los tiempos en que fue creado, y llegó a su máximo esplendor. Durante décadas fue su impulso vital un personaje, polémico como pocos; extremo en la apreciación del respetable. En efecto, el sacerdote José Guadalupe Díaz Morones fue querido por unos y odiado por otros -cada quien habla de la feria según le va en ella-. En cumplimiento de la pésima costumbre que tenemos las personas de envejecer y morir, el padre se hizo viejo y las normas disciplinarias se relajaron. Este fue el principio de su decadencia, que todavía pudo ser contenida por el sucesor de Díaz, el también sacerdote Sergio Antonio Aguilar Pérez (circa 2003-2010), que antes había fungido como adjunto de Díaz. Cuando, de manera inopinada este fue cambiado a la parroquia de Guadalupe, el deterioro se aceleró, hasta el día de hoy, en que el Portugal es un fantasma que evoca un tiempo más amable. Incluso tengo entendido que el turno de la tarde -en el que estudié el bachillerato- terminó cerrándose -¡por favor, que alguien me desmienta!-.

Una anécdota pinta de cuerpo completo al padre Díaz. Disculpará usted, estudiado lector, porque creo que ya la conté aquí, pero a lo mejor no me leyó en aquella ocasión, así que va de nuevo. Se dice que el gobernador Miguel Ángel Barberena quiso comprarle al colegio el patio ubicado en el surponiente de la institución, justo la que limita con las instalaciones del palenque, para incrementar la infraestructura de la feria. El padre Díaz habría contestado al enviado del gobernador: “al contrario: díganle que yo le compro el palenque”…

En fin. El hecho es que quienes integran las élites llevan a sus hijos a otros colegios; migraron hacia otras opciones, fundamentalmente ubicadas en el norte, en la mismísima zona dorada de Aguascalientes, faltaba más. En algunos casos las instituciones siguen siendo confesionales, y en otros simplemente son laicas.

Esto último significa también que una razón de esta pérdida de preponderancia -iba a escribir decadencia, pero se oye medio feo- radique en el hecho de que hoy en día la sociedad de Aguascalientes vive un significativo proceso de secularización, tristemente más por ignorancia que por convicción, es decir, que ante esta dinámica que deja de lado las opciones religiosas, propia de las sociedades modernas, o en proceso de modernización, no se opone y/o confronta una opción laica inteligente, fundamentada y susceptible de ser defendida salvo, por supuesto, honrosas excepciones. Pero también habría que decir que tal vez esta religiosidad que se inculcaba en estos colegios no fuera lo suficientemente sólida debido a que se introducía en la más tierna infancia, cuando apenas comienza la persona a desarrollar la capacidad de discernir.

Incluso cabría preguntarse si todavía existen las élites locales y si actúan como en el pasado, en el contexto de la realidad local, esto porque hoy en día muchas de las decisiones importantes para la economía local se toman, no ya aquí, sino en otros lugares, Japón, los Estados Unidos, Alemania, y desde luego el gobierno no parece muy sensible a las voces específicamente locales. En efecto, el empresariado local ha sufrido un proceso de pérdida de prevalencia que vive el empresariado local -ya sabe: se privilegia a la inversión extranjera y a la nacional, antes que a la local-, y entonces las empresas; las que fueron importantes, creadas por gente de aquí, o se venden, o se cierran. Por otra parte, es cierto que organizaciones como el Club Rotario han crecido de manera importante. En el pasado sólo existió uno, en tanto que ahora son, quizá, una decena, pero su influencia actual es inferior a la que tuvo en el pasado. Por otra parte, ¿qué ocurrió con los Sembradores de Amistad, el 20-30? ¿Todavía existe el Club de Leones? (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).