Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

La estadounidense costumbre de las instituciones educativas de editar un libro con fotografías y textos breves que den cuenta de lo realizado durante el año escolar, fue implantada entre nosotros por el Instituto Aguascalientes. De la época a la que me refiero, década de los años sesenta, llegado el fin del ciclo escolar, se realizaba una ceremonia en la que los estudiantes íbamos todos debidamente uniformados y peinados, para recibir tres cosas: las condecoraciones, las calificaciones que abrían la gloria al ciclo superior, y uno de estos libros, que de manera por demás adecuada se titulaba Memoria.

Por mi parte declaro que nunca recibí condecoración alguna; las había en Conducta, Aprovechamiento, que eran las más codiciadas, Asiduidad, Moral, y quizá Deportes. Tengo la impresión de que a nadie en casa le importó esto, es decir, a mis padres, por lo que a mí, tampoco; quizá ellos fueron tan sabios, pero tanto, que me enseñaron a no desear lo que no podía tener, o tal vez ocurriera que al final de cuentas aquello no era sino oropel, aunque luego se escuchaban historias de padres que casi eran capaces de matar –es un decir– para que sus hijos alcanzaran el máximo posible, lo cual me recuerda que había una condecoración, que era más que las demás y que quizá se entregaba sólo una por grado, o por nivel educativo. Era “La Excelencia”, una medalla especial, que designaba al estudiante aventajado entre los aventajados o, como dijeran los Tigres del Norte: El jefe de jefes, y que en ocasiones llegaba a acarrear el coraje de algunos padres de familia que estaban convencidos de que su hijo era más inteligente que el que la había ganado, y a lo mejor hasta terminaban por no hablarse con los papis de quien la había obtenido, que eran amigos. En fin. ¿Cómo saberlo, si hoy en día la mayoría de ellos está muerta?, si no es que todos.

Por cierto que en las páginas de fotografías individuales, y así como para poner de manifiesto a quienes estudiaban y a quienes no, constaba el nombre del estudiante, y a la derecha, las condecoraciones que había ganado., señaladas con las letras D C A A M que, supongo, significan Dedicación, Constancia, Asiduidad, quien sabe qué la segunda A, y Moral, pero no lo sé de cierto; lo supongo.

No sé cómo se publiquen actualmente –ni siquiera sé si continúa la emisión de estos documentos–, pero me parece que ahora aquella práctica sería, digamos, políticamente incorrecta; discriminatoria.

En fin. Alguien, quizá el director, o la profesora, o el profesor, mencionaba a los alumnos que habían obtenido alguna condecoración –también había niveles: primero o segundo grado–. Las entregaba al alumno, que corría presuroso a donde estaban sus padres, que orgullosos las prendían en el pecho de su vástago. Eran unas medallas doradas o plateadas, con un emblema del colegio, que era un escudo de armas de caballero medieval, dividido en seis partes por una antorcha encendida al centro, y en las partes medias, a cada lado, estaban las iniciales: I y A, Instituto Aguascalientes, y una leyenda que quizá dijera Asiduidad, o Moral, algo así. Las medallas estaban amarradas a un trocito de tela de brillantes colores, amarillo, verde, rojo, en forma de pendón.

Acto seguido los estudiantes condecorados subían al escenario del Salón de Actos, y a una tribuna de dos o tres niveles, para la fotografía correspondiente, aplauso, abrazo y beso, y a otra cosa. Entonces, como escribí líneas arriba, terminado el acto solemne, todo el mundo pasaba a su salón. Ahí, sobre el pupitre en el que uno había recibido los bienes del conocimiento –o echado relajo y perdido el tiempo, según se vea–, aguardaba la correspondiente Memoria, que olía a nuevecita, perfume químico de imprenta, y lucía resplandeciente, el papel, las fotografías, los textos, todo flamante.

Mientras el titular del grupo repartía las calificaciones, uno le daba la primera hojeada a la Memoria, desde luego buscándose; buscando a los amigos. En el cuaderno constaban los retratos del personal administrativo, la sociedad de padres de familia, y luego las fotografías individuales por grado escolar, con la del profesor titular del grupo el doble de grande que las de los alumnos. También figuraba un apartado especial para los alumnos distinguidos del grupo, y entre los diversos grados, las actividades relevantes del colegio a lo largo del año, inauguración de torneos deportivos, visita de algún personaje destacado, actos cívicos –mi hermana apareció en una ocasión como La Libertad, ciñendo una rama de olivo en la cabeza exánime de un difunto niño héroe–, las primeras comuniones impartidas por el obispo, el catecismo, la posada de los niños pobres, los paseos, la Banda de Guerra, los desfiles, la Fiesta Atlética, etc.

Pero los anuarios del Marista poseen una riqueza que en su momento no se vislumbraba, y que ahora se pone de manifiesto (aunque en rigor nadie se ocupe de ellos). Me refiero a la información que proveen en torno a las élites locales, principalmente económicas, pero también políticas, que es lo que en realidad me interesa.

Ya seguiré con este asunto la próxima semana.