El Heraldo de Aguascalientes

LO QUE SON LAS COSAS

Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

 

La semana pasada le conté de la sorpresiva muerte de Alfonso Pérez Talamantes, al terminar la función inicial del Ferial de Aguascalientes, y lo que son las cosas… Hay un momento del espectáculo en que el protagonista principal del espectáculo le dice a la muchacha que enamora, en referencia a la revolución mexicana: Pienso en esto en lo que andamos, que hoy vivimos y mañana quien sabe. Si estaremos aquí o en otra parte. En tiempos de guerra la vida es tan… frágil; efímera…” Hoy vivimos y mañana quien sabe… ¿Serán estos tiempos de guerra; dónde está Alfonso ahora? ¿Está? Y en este cortejo le dice también; le declara sus buenas intenciones, porque con la revolución a cuestas, es decir, con el carácter efímero de la vida sobre la frágil espalda, no se pueden tener malas intenciones, y agrega, como si la misma muerte lo hubiera inspirado para anunciarnos a todos los presentes lo que ocurriría minutos después: “¡aquí sí puede uno morirse la víspera!” ¿Se habrá muerto Alfonso la víspera? Sí en la víspera del domingo de resurrección…

Pero son estas cavilaciones inútiles; reflexiones que se hacen de cara a la pérdida, y es que cuando suceden cosas así uno busca algo de qué aferrarse; algo que siquiera amortigüe un poco el impacto que nos causa este juego terrible de la muerte de ganarlo todo ella y perderlo todo nosotros. Ella gana uno más para su reino inhóspito y despiadado, y nosotros perdemos a un amigo, un hermano, un compañero, un hijo, un padre… Es como tener enfrente una balanza que se ha inclinado con inaudita injusticia hacia el lado muerto de la vida, y entonces uno comienza a hacer cuentas… A poner cosas en el otro lado de la balanza; en el vacío, a ver si se inclina un poco hacia nuestro lado; cuando menos un poquito. Es como recoger los pedazos de una escultura que se ha roto e intentar volver a unirlos, o como hacer recuento de daños luego de un golpe brutal. Pone uno cosas que no son sino consuelo de vivos -por ser amable con el término-, y entonces pensamos y compartimos el dicho de que por lo menos esto y aquello…

¡Qué injusta es la muerte; qué gran desgracia es toda desaparición! Y entonces, para compensar este hecho ingrato, algo siquiera, no falta quien piense que sí, Alfonso murió, pero por lo menos estaba haciendo lo que le gustaba, es decir, la música.

Sí, Alfonso murió, pero cuando menos en sus últimos momentos estaba contento, tal vez satisfecho con su trabajo de ese momento. No el trabajo de su vida, porque nada prefiguraba el abrupto final de todo que se acercaba de manera inexorable, no eso, sino este trabajo en concreto, sus composiciones para el Ferial, sus arreglos, su interpretación, las luces y sombras del espectáculo, las danzas, el teatro.

Sí, Alfonso murió, pero cuando menos la muerte cobarde no se ensañó con él; no le infringió el sufrimiento de una larga dolencia, ni lo humilló con una enfermedad que degradara su personalidad haciéndolo ocultarse y avergonzarse, sino que hizo rápidamente su trabajo ruin….

Tal vez eso haya sido, que la maldita muerte, generalmente maleducada, en esta ocasión tuvo la amabilidad de esperar a que terminara el Ferial para salirse con la suya, ¡siempre lo hace!; más temprano que tarde termina haciendo de las suyas.

Posiblemente estuviera sentada entre el público bravero, aunque sin los chorros de dinero, disfrutando del montaje, aplaudiendo las danzas, asintiendo satisfecha con sus vecinos de asiento por todo lo que veía con sus órbitas ciegas, carentes de ojos. Quizá se burlara de la actriz cuando la denunció a ella, la muerte, como la gran protagonista de la revolución -la “insaciable devoradora de hombres” la llamó-… Probablemente se encogió de hombros para luego gritar vivas a la Soberana Convención y cantar después El pregonero y La pelea de gallos, y otra vez lanzar vivas, ahora a Aguascalientes, ¡que su feria es un primor! Y entre tanto voltearía cada vez con más frecuencia hacia la parte izquierda del escenario; cada vez con mayor insistencia voltearía, justo hacia la orilla, donde Alfonso pulsaba su guitarra de rubia madera, o tocaba el bajo eléctrico, al lado del ensamble musical; cada vez más concentrada en él, cada vez… Y entonces, cuando terminó el espectáculo se puso de pie lentamente, ¡porque es tan vieja la desgraciada!, no tanto como la vida, desde luego, o como el tiempo y la esperanza. Un poco menos, minutos o segundos; lo que haya durado aquella primera célula que palpitó en el gran océano del mundo… Se paró la muy canija y subió al foro. En la penumbra del escenario tomó a Alfonso del brazo y, sin que nadie lo notara, se lo llevó entre los bailarines, coreógrafos y tramoyas que comenzaban a comentar esta primera presentación. Lo condujo a la parte posterior del teatro, hacia afuera, al jardín limitado por jacarandas, ya casi desnudas de flores, la mayoría inertes en el suelo, oscuras, opacas, arrugadas… Marchitas.

Se lo llevó la muerte hasta ahí en busca de un poco de intimidad, para poseerlo de manera rápida y definitiva. Quizá tuvo un poco de piedad con él, y ni siquiera le dio la oportunidad de preguntarse, apenas antes de nublar sus ojos: ¿esto es así; así es morirse?, y más bien le dijo: ya no te apures, ahora verás cómo te curo esta angustia de vivir. Y entonces apretó con más fuerza su corazón, hasta que ya no hubo espacio posible hacia donde palpitar. Lo estrechó aún más con sus dedos rasposos y helados, hasta que lo rompió. Tal vez fue eso lo que ocurrió…

Termino; ya termino. Quizá haya usted escuchado esas historias de espíritus que habitan lugares determinados; edificios, jardines, plazas -las palomas en la Plaza de Armas, en catedral y el Palacio de Gobierno… son espíritus de quienes los frecuentaban, viejas beatas y burócratas; eternos buscadores de una audiencia con el gobernador- e incluso la idea de que un edificio se completa sólo cuando alguien muere en él. Vaya usted a saber, pero yo, la verdad, no creo en esas historias, aunque me gustaría pensar que el espíritu de Alfonso se quedó en el Teatro de Aguascalientes.

Desde luego lo que yo crea o deje de creer es irrelevante, y menos aún lo que quiera. A lo que voy es a lo siguiente: de seguro a partir de ahora, cuando asista a nuestro máximo escenario tendré presente aquel día aciago; me acordaré de Alfonso. Pero entonces, superados el estupor y esta sensación de estar ante algo increíble; este sentimiento de extrema indefensión, lo recordaré con su guitarra en mano, su suave amabilidad, su carácter ligero y su sonrisa perenne. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).