Luis Muñoz Fernández

¿Quién podría estar en contra de la razón, la ciencia, el humanismo o el progreso? Las palabras parecen dulces, los ideales intachables. Definen las misiones de todas las instituciones de la modernidad:

Escuelas, hospitales, beneficencia pública, agencias de noticias, gobiernos democráticos, organizaciones internacionales. ¿Acaso estos ideales necesitan ser defendidos? Sin duda. Desde los años sesenta del siglo pasado, la confianza en las instituciones de la modernidad ha ido en picada, y la segunda década del siglo XXI ha visto emerger movimientos populistas que rechazan descaradamente los ideales de la Ilustración. Son tribales en lugar de cosmopolitas, autoritarios en vez de democráticos, desdeñan a los expertos en lugar de respetar el conocimiento y sienten nostalgia de un pasado idílico en vez de poner la esperanza en un mejor futuro.

Steven Pinker. Enlightment now. The case for reason, science, humanism and progress, 2018.

Tras soñarlo multitud de veces y discutirlo muchas más para luego elevar la mirada y fijarla en un horizonte alto y lejano llamado utopía, quienes pertenecemos a la familia del Centenario Hospital Miguel Hidalgo hemos concluido la mudanza a nuestra nueva casa.

Es necesario recalcar la palabra familia, pues, más allá de nuestras singularidades, nos une el orgullo común de pertenecer al hospital más antiguo de Aguascalientes. Eso nos distingue de cualquier otro hospital y nos acerca a aquellos que hacen historia porque saben que los obstáculos son parte de la vida de quienes saben a donde van y no cejan hasta llegar a su destino.

El jueves 29 de marzo de 2018 es una fecha que quedará para la historia. El viejo hospital, que por más de un siglo recibió a los más necesitados –y también a quienes no lo son– en la calle de Galeana, vio su frente ocupado por una columna de ambulancias que aguardaba pacientemente a los últimos pacientes internados que serían trasladados a la nueva sede, al nuevo Centenario Hospital Miguel  Hidalgo ubicado en una de las zonas más simbólicas de Aguascalientes: la tradicional área que antaño ocupaban los importantes talleres de los Ferrocarriles Nacionales de México.

Autoridades, personal, periodistas y técnicos de la radio y la televisión locales se aglomeraban frente a la puerte de entrada. Tras el acto protocolario, todos nos trasladamos al pasillo de urgencias en el que minutos antes habían ingresado las ambulancias. Los pacientes fueron trasladados de sus camas a los vehículos y, tras algunas entrevistas y muchas fotografías, entre aplausos y vítores, empezaron a sonar las sirenas y las ambulancias se abrieron paso para dirigirse al nuevo hospital.

Después de un breve viaje, el convoy sanitario llegó a la Avenida Gómez Morín e ingresó a las nuevas instalaciones, en donde fue recibido con entusiasmo (“ese Dios interior”, que decía Louis Pasteur) por el personal que ya los esperaba. Los pacientes fueron trasladados a sus camas y empezaron a recibir la atención de los médicos y enfermeras. El último paso estaba dado. Ya vivimos todos en nuestra nueva casa.

Sentimientos encontrados. Lágrimas que ya no quisieron ser furtivas. Un día antes, el doctor Armando Ramírez Loza, nuestro Director General, convocó a una sesión de despedida. Intentó dirigir las últimas palabras en el auditorio del viejo hospital, pero la emoción no se lo permitió. Le cedió la palabra a la Directora Médica, quien, sobreponiéndose a sus propias emociones, leyó el discurso que con tanto esmero había preparado el doctor Ramírez Loza. Al final de la alocución, el personal que los había escuchado se acercó para brindarles palabras de aliento y muestras de afecto.

Han sido necesarios diez años para concluir esta obra que, sin temor a equivocarnos, podemos considerar el proyecto más importante de infraestructura hospitalaria pública en toda la historia de Aguascalientes. Un estado pequeño que ha sido capaz de soñar en grande y que se ha puesto manos a la obra para volver este sueño una realidad que hoy se abre paso para iniciar una nueva época: la medicina aguascalentense tendrá mayores alcances que pondrá al servicio de toda la población, en especial de los más desprotegidos, blasón que siempre ha caracterizado a esta noble casa y que se ha ganado a pulso. La medicina sigue siendo, antes que nada, un servicio, una entrega, una conciencia que responde a una confianza. Cualquier otro fin no da la talla de esta generosa vocación.

La prolongada historia, que empezó con la concepción de las primeras ideas de un nuevo hospital, data probablemente del año 2005, cuando se empezó a acariciar la posibilidad de contar con nuevos y más amplios espacios. En un principio se pensó en construir una torre de pediatría adyacente a las viejas instalaciones, pero poco después se optó por algo más ambicioso, que resolviese la excesiva saturación del viejo hospital, la obsolescencia de las instalaciones y equipos y la difícil ubicación urbana que dificultaba considerablemente el acceso y el estacionamiento de los vehículos sanitarios y particulares que a diario acudían con los enfermos.

Se inició la construcción en 2008 y su curso se vio interrumpido dos años después aduciendo la falta de recursos económicos para continuarla. Tras un largo lapso de inactividad, se reanudó hacia finales de la adminitración estatal pasada (2010-2016) y se ha concluido en la presente. Lamentablemente, esta historia de interrupciones no es nueva en la historia de los grandes hospitales. Recordemos, por ejemplo, la construcción del Hospital Johns Hopkins en los Estados Unidos de Norteamérica, iniciada en 1877 y terminada en 1889, es decir, 12 años después.

Esperemos que ese largo período de incubación no sea la única analogía del nuevo Centenario Hospital Miguel Hidalgo con el Hospital Johns Hopkins, tal vez el mejor hospital del mundo. Ahora no lo podemos saber, pero aspiramos a que la semilla sembrada dé lugar a un árbol frondoso que alcance grandes alturas. De nosotros dependerá en esta etapa inicial. De lo que estamos seguros es que la puesta en marcha de este proyecto habrá de tener consecuencias impensadas en nuestra sociedad.

Efectos que no podemos garantizar pero que intuimos como ciertos, deseados y naturales. Que se notarán en los pacientes, sus familiares, el personal del Hospital, las autoridades sanitarias y gubernamentales, las escuelas de medicina y disciplinas afines, así como en la sociedad en general, tanto aguascalentense como regional y nacional. De ese tamaño concebimos el reto y tenemos la confianza de enfrentarlo para llevar a la medicina pública aguascalentense a un nivel más alto que el que actualmente ocupa.

¿Estaremos a la altura de ese desafío? Somos optimistas, pero no de manera ciega, sino con los pies bien puestos sobre la tierra, prestos a ofrecer lo mejor a quienes han depositado su confianza en nosotros. Por lo pronto ya nos trasladamos al nuevo Centenario Hospital Miguel Hidalgo. Empieza una nueva historia.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com

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