Luis Muñoz Fernández

Durante la Guerra Civil Española, cerca de 200,000 hombres y mujeres fueron asesinados lejos del frente, ejecutados extrajudicialmente o tras precarios procesos legales. […] Un número desconocido de hombres, mujeres y niños fueron víctimas de los bombardeos y los éxodos que siguieron a la ocupación del territorio por parte de las fuerzas militares de Franco. En el conjunto de España, tras la victoria definitiva de los rebeldes a finales de marzo de 1939, alrededor de 20,000 republicanos fueron ejecutados. Muchos más murieron de hambre y enfermedades en las prisiones y en los campos de concentración donde se hacinaban en condiciones infrahumanas. Otros sucumbieron a las condiciones esclavistas de los batallones de trabajo.

Paul Preston.El holocausto español,2011.

Alguna vez escuchamos que en el hombre coexisten las aspiraciones más elevadas junto a los más bajos instintos. Se hablaba en aquella ocasión de un impulso angélico y un impulso luzbélico. Parece una buena manera de describir lo contradictorio que somos los seres humanos. Albergamos una mezcla de lo mejor y de lo peor. Quien lo niegue, o no se conoce, es un cínico, o es un fanático. Más vale saberlo y precaverse, incluso de uno mismo. No olvidemos que el significado original de la palabra ética fue “guarida”. Y nos recuerda el doctor Ruy Pérez Tamayo: “¿De qué nos guarece la ética? En primer lugar, de nosotros mismos”. Gran lección.

Es una pena que la palabra “bestia” tenga una connotación negativa. Es así cuando la aplicamos al ser humano, ignorando que muchos animales no humanos –bestias según el diccionario– son capaces de expresar nobles sentimientos y llevar a cabo acciones heroicas. Dicho lo anterior, admitiremos que la bestialidad es en el hombre un rasgo negativo que nos remonta a sus orígenes primitivos, aunque no lo acerca necesariamente a los demás animales.

Si hay un contexto apropiado, aunque no exclusivo, para que estos rasgos afloren es la guerra, especialmente si se trata de una guerra civil, aquella que enfrenta a los que en otros momentos se consideraban hermanos. Y España le ofreció al mundo uno de los ejemplos más logrados de la bestialidad de una guerra a la que alguien llamó atinadamente “incivil”.

Ríos de tinta se han vertido sobre la Guerra Civil Española (1936-1939), tal vez porque en ella se enfrentaron con un odio infinito dos clases sociales aparentemente irreconciliables. Sin embargo, esta polarización entre ricos y pobres es ilusoria y de una simplificación excesiva que ha llevado a muchos errores de interpretación. El maniqueísmo de “buenos y malos” carece de sustento histórico y, aunque fue usado sobre todo por los vencedores, la realidad que acaba surgiendo a la luz nos enseña que la situación fue bien distinta. Buenos y malos los hubo en ambos bandos.

Bien lo supo ver desde un principio Manuel Chaves Nogales (1897-1944), un periodista sevillano singular, autor de uno de los mejores libros que se han escrito sobre la Guerra Civil Española. Se trata de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, originalmente publicado en Chile en 1937, luego casi olvidado y recientemente rescatado junto con el resto de su obra por varias editoriales españolas. Por décadas fue un apestado para unos y otros.

En 1920 Manuel Chaves se trasladó con su familia a Madrid y llegó a ser redactor jefe del periódico El Heraldo. El 1927 ganó el premio Mariano de Cavia, el más prestigioso del periodismo español. En 1931 se convirtió en el director del diario Ahora y, al estallar la Guerra Civil se puso al servicio de la República. Sin embargo, al advertir que poco podía hacerse, se exilió en París. Allí colaboró con medios de comunicación latinoamericanos y franceses y creó una red mundial de reporteros. Entrevistó a Josep Goebbels, Ministro de Propaganda de Hitler, que le pareció “ridículo e impresentable” y advirtió de la amenaza de los campos de concentración alemanes.

Fichado por la Gestapo, huyó a Londres en 1940, mientras que su familia regresaba a España. Trabajó en medios periodísticos ingleses, incluyendo la BBC. Cuatro años más tarde murió de cáncer de estómago y fue enterrado en el North Sheen Cemetery de Londres. Su tumba no tiene lápida.

En el prólogo de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, Chaves Nogales se describe a sí mismo y nos brinda valiosas reflexiones que se han convertido en lúcidas profecías:

Yo era eso que los sociólogos llaman un “pequeño burgués liberal”, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. […], ganaba mi pan y mi libertad con relativa holgura, confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. […] Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. […]

Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando a mujeres y niños inocentes.[…]

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. […] Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes […] El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. […] Rojo o blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista, probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e inhumano. […]

Caí, naturalmente, en un arrabal de París, que es donde caen todos los residuos de la humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando. […] No quiero sumarme a esa legión triste de los “desarraigados” y, aunque sienta como una afrenta el hecho de ser español, me esfuerzo en mantener una ciudadanía española puramente espiritual, de la que ni blancos no rojos puedan desposeerme.

Luego de este prólogo siguen nueve relatos de la Guerra Civil, basados en hechos atestiguados o conocidos muy de cerca por el autor. Imposible dejar de leerlos, muestran la barbarie y el inútil heroísmo de ambos bandos. No hay buenos ni malos, sino títeres de la sinrazón. Ninguna ideología justifica la guerra, absolutamente ninguna. Si a Groucho Marx le parecía que la expresión “inteligencia militar” entrañaba una contradicción entre sus términos, lo mismo podemos decir de “guerra santa”, ya sea la Yihad o las Cruzadas. Uno de tantos terribles episodios contados por Manuel Chaves Nogales es el siguiente:

Lo que han visto mis ojos ni se había visto antes ni se verá jamás. Aquella misma noche, entre el ruido siniestro de las descargas y los gritos ahogados de los que sucumbían, las pobres mujeres de Sanbrian tomaron a sus hijos de la mano, estrecharon contra sus pechos a los más pequeñuelos y huyeron al monte aterrorizadas. Los centinelas tiraban al bulto contra aquellas sombras fugitivas. Alguna de ellas cayó atravesada por un balazo y hasta que fue de día estuvo a su lado una criatura que lloraba a la noche inmensa sin atreverse a soltar la mano crispada que poco a poco se le iba quedando fría entre los deditos tiernos.

¿Importa quién disparó y quién cayó? No, no importa en lo absoluto. Lo único que importa es que el terror, la orfandad y la muerte son completamente inútiles. Una guerra jamás es gloriosa.

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