Apenas llega el frío o la lluvia y algunas personas sienten que el cuerpo les avisa con dolores y molestias en el cuerpo, un fenómeno conocido como metereosensibilidad.
Estas personas son capaces de pronosticar lluvia en un día luminoso por un dolor repentino de huesos o articulaciones o bien, un frente frío por un aumento de sensibilidad en una vieja fractura o cicatriz.
Pero, ¿cuál es la relación entre el dolor y los cambios climáticos?
“Hay una relación desde tiempos hipocráticos entre el dolor y el cambio climático; incluso en Asia hay una palabra, ‘fohne shi’, la cual significa humedad y viento y eso es igual a reumatismo, la enfermedad del viento y la humedad”, dice Mario Alberto Garza Elizondo, ex jefe de Reumatología del Hospital Universitario.
De acuerdo con el especialista, desde 1879 se publicaron las primeras asociaciones entre dolores articulares y cambios en el clima, aunque todavía hoy no se ha descubierto la razón principal de la relación entre uno y otro.
“La ciencia no ha podido definir exactamente, pero se piensa que con los cambios hay expansión o contracción de los tejidos alrededor de la articulación, como los tendones, la cápsula articular, algunos señalan que hasta el cartílago, el hueso o los músculos. Al contraerse o distenderse puede causar este dolor”, explica el reumatólogo.
Otra de las posibles razones que se piensan es la vasoconstricción de los vasos sanguíneos que sucede en todas las personas cuando se experimenta el frío.
“Tú sales al frío y te pones blanco porque se contraen los vasos sanguíneos, pero estás en el sol y te pones roja porque los vasos sanguíneos se abren. Al cerrarse los vasos sanguíneos pudieran modificar la percepción al dolor porque llega menos sangre a esa área, entonces baja el oxígeno y al bajar el oxígeno a lo mejor el paciente siente más el dolor”.

¿QUIÉNES SUFREN MÁS?
Aunque en general cualquier persona puede ser sensible a estos cambios, el aumento de dolor sucede principalmente en pacientes con patologías reumáticas y aquellas que han tenido lesiones traumáticas, de acuerdo con Sergio Vicente Maldonado, especialista en medicina interna y reumatología.
“Puede ser que el dolor sea de origen traumático o mecánico porque fue provocado por algo externo, un mal movimiento o un movimiento repetitivo, o de tipo inflamatorio por una amplia gama de enfermedades como artritis reumatoide, espondilitis anquilosante, osteoartritis, enfermedades degenerativas del adulto mayor, tendinitis y bursitis”, explica.
“En las personas sanas también puede haber una afección en un hombro en una rodilla por alguna lesión deportiva que queda algún dolor o secuela”.
En cualquier caso, a pesar de la creencia generalizada, los cambios en el clima no aumentan la inflamación ni las características de la enfermedad, sino la percepción o sensibilidad de ella, coinciden los especialistas.
“No es que la enfermedad sea causada por ese cambio climático ni que la inflamación que existe sea más inflamación con el cambio que sin el cambio climático; o sea, no causa enfermedad ni aumento de inflamación, pero sí se puede sentir más el dolor”, señala Garza Elizondo.
“El síntoma está allí, la molestia, la cicatriz, la alteración en el cartílago, el derrame articular, todo eso allí está y el paciente tiene un dolor, pero con el frío, sobre todo humedad y frío, lo va a sentir dos, tres veces más fuerte”.
Por las características propias de la edad, los adultos mayores son los que llegan a sufrir más de estos dolores y molestias, aunque siempre depende de la percepción individual del dolor, expresa Maldonado.
“Las personas mayores son las que más sufren por la enfermedad degenerativa, sus huesos, articulaciones ya envejecieron, su cartílago se endureció, se hizo delgado y áspero, empieza a haber inflamación, los tendones se endurecen y ya no tienen elasticidad y todo eso provoca dolor con cambios climáticos”, explica.
Los pacientes con otras patologías como fibromialgia, caracterizada por dolor crónico, o aquéllos con dolor neuropático como los diabéticos también pueden ser blanco fácil de estos cambios, dice el especialista, así como las personas que tuvieron herpes en la piel o incluso quienes sufren de migrañas.
“La fibromialgia es un defecto en los neurotransmisores cerebrales, que son los que transmiten la señal entre célula y célula, y en esos neurotransmisores la relación no está formada adecuadamente y eso genera que la percepción al dolor sea mayor, ellos son los que perciben mucho los cambios climáticos porque tienen mucha percepción”, asegura.

DOLOR Y ESTADO EMOCIONAL
Por su experiencia, los especialistas coinciden en que hay otro factor que suele influir en la percepción del dolor de las personas, y es el estado emocional o mental en el que se encuentran.
“Lo veo todos los días. Ves un ultrasonido, una articulación muy inflamada y dices: ¿le duele? ‘Un poquito’ y hay otro que apenas tienen un grado uno y dice: ‘doctor ya no aguanto’ y empiezas a hablar con ellos y tienen, como todos, problemas personales que les afectan la sensibilidad al dolor y sienten más fuerte”, comenta Mario Alberto Garza Elizondo, ex jefe de Reumatología del Hospital Universitario.
Personalidades un poco más ansiosas y aprensivas, dice el especialista, son a menudo las más sensibles a estos cambios y al dolor, pero puede revertirse si se toma una actitud diferente ante estas alteraciones en el clima, recomienda.
“El dolor no nada más es periférico, es central. Yo estoy en un ambiente soleado y no húmedo, yo me siento bien, mentalmente y físicamente, eso lo traduzco, mi umbral del dolor sube y no lo siento, pero si está frío y húmedo y me siento medio deprimido hace que yo sienta más”, añade.
“Ese mismo paciente que no tiene ansiedad, que está tranquilo aunque cambie el tiempo no le va a doler, pero si ese paciente tiene ansiedad o problemas, le va a doler”.

EL EJERCICIO COMO PREVENCIÓN
Los hábitos saludables como la buena alimentación y la actividad física son pilares en todas las personas, pero para aquellas con hipersensibilidad a los cambios climáticos pueden ser especialmente benéficos al proporcionarles fortaleza articular y muscular.
“En el ejercicio se liberan una serie de sustancias que son confortantes, las endorfinas y otras sustancias actúan como desinflamatorios naturales, además de que el ejercicio da fuerza al músculo lo que hace que la articulación sea más estable y menos propensa a desgastarse y sufrir traumatismos”, dice Sergio Vicente Maldonado, especialista en medicina interna y reumatología.
Una buena rutina de ejercicio constante puede ayudar a prevenir enfermedades como la osteopenia y la osteoporosis, caracterizada por la disminución en la densidad mineral ósea, o la sarcopenia, pérdida de masa y potencia muscular, indica Garza Elizondo.
“Si no haces ejercicio y tienes mala alimentación puedes tener dos problemas muy serios después de los 60 años: la osteopenia y la sarcopenia. La sarcopenia es pérdida de músculo, esas personas disminuyen su fuerza muscular y se caen, y como tienen osteoporosis, se fracturan y si no se recuperan, su mortalidad en seis meses sin tratamiento puede ser del 70 por ciento”.

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