Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Me galopan en la sangre
dos abuelos, sí señor.
Uno lleno de silencios
y el otro, medio cantor.  Atahualpa Yupanqui

Seguramente una buena parte de los mexicanos hemos seguido con atención y sobresalto los sucesos recientes en la madre patria, o si prefieren la madrastra patria, que a mi los sentimientos chauvinistas de los pueblos originales, me resultan tan trasnochados, como los desplantes dizque agitanados de algunos mexicas que se pretenden hacer pasar por “calés”. Lo dijo Atahualpa Yupanqui en su poema cantable “Los dos abuelos”, capturando también el drama que Salvador Madariaga desarrollara en su intensa novela “Guerra en la sangre”, que desde la piel de los primeros mestizos contempla derrumbarse el mundo de sus abuelos indios mientras se edifica otro, que tampoco es el de sus abuelos españoles. Un nuevo mundo, una nueva raza, a la que con agudeza, perspicacia y sabiduría llamara José Vasconcelos “La raza cósmica”, destinada a grandes hazañas futuras, que, lamentablemente, siguen pareciendo lejanas.

España vivió en las últimas semanas tiempos angustiosos que pusieron en jaque a las autoridades de la república monárquica, cuestionaron duramente su unidad resultante de juntar, que no aglutinar, diversas naciones, y destacaron nuevamente el papel del Rey como factor de unidad, en su papel de jefe de estado, una figura difícil de comprender para los regímenes presidencialistas monárquicos como el nuestro, en que la voz del tlatoani, como con los aztecas, sigue siendo la última palabra. En una monarquía parlamentaria como la española, se distinguen la figura del jefe de estado y la del jefe de gobierno, la distinción es bien fácil. El estado es la conjunción de tres elementos: población, territorio y gobierno. El jefe de estado tiene facultades de representación, de convocatoria al parlamento o de su disolución excepcional, de acordar en circunstancias extraordinarias con el jefe de gobierno, pero sobre todo de mantener la unidad por encima de los avatares gubernamentales. Gobiernos pueden ir y venir, entrar en crisis, superarlas, fenecer en ellas, ser cuestionados, ser destituidos, etc., y sin embargo, el jefe de estado mantiene la unidad y la cohesión de los tres elementos que lo forman, particularmente de la población.

Como “filónomo”  (φιλος  νόμος)  (quién sabe si la palabreja exista, pero me ha apetecido usarla, significaría amor a la ley, a la regla de conducta, al orden normativo, y por extensión al Derecho), me resulta emocionante al extremo de que se me pone la carne de gallo, (por equidad de género reservo la expresión “carne de gallina” para las mujeres), las medidas asumidas y puestas en práctica por el gobierno español para someter la sedición encabezada por Carles Puigdemont, president de la generalitat catalana, sin duda azuzado por el vice president Artur Mas, y empujado por el vice president Oriol Junqueras, así como la decidida posición del Tribunal Constitucional, del Fiscal General del Estado, y el resto del gobierno central, al ver cómo operan en una democracia muy de veras y muy cercana a un estado de derecho, los mecanismos jurídicos de control. De alguna manera me recuerda también, la etapa, sin duda emocionante de la elección del presidente George W. Bush, en que cuestionada la elección ante la Suprema Corte de Justicia, ésta resolvió en menos de una semana, y al día siguiente, todo el país como un solo hombre, acató la decisión y el conflicto electoral quedó atrás. Decididamente como decía José Enrique Rodó: “Los admiro pero no los quiero”.

La decisión del govern de la generalitat, avalada por su congreso y “soportada” por un referendo que pecó de todos los vicios de legalidad que puedan concurrir en un acto de su naturaleza, fue, así parece, mas una representación histriónica con mucho de protagonismo para pasar a la historia, que una decisión razonada, con fundadas expectativas de respaldo popular y con esperanzadores apoyos de la comunidad internacional. Las encuestas (todas) mostraron que la mayoría de los catalanes eran partidarios de permanecer como españoles-catalanes, buscando en todo caso las posibilidades de revisión de su estatuto de autonomía. Los países de la comunidad europea y el gobierno de la Unión rechazaron la posibilidad de reconocer a Cataluña como una entidad independiente de España y formar parte como comunidad autónoma de la Unión. La banca española (aún la catalana) decidieron no apoyar el “proces” de independencia, y tomaron la determinación de retirar o cambiar sus sedes de Cataluña a poblaciones españolas no catalanas. La deuda pública que dentro del sistema general del gobierno español puede ser manejable, al asumirse de forma independiente resultaría impagable a corto y aún a mediano plazo. Cerca de dos mil empresas tomaron la decisión de trasladar el domicilio de su administración a ciudades no catalanas que les garantizaran estabilidad, tranquilidad y paz.

La Constitución española que, por cierto, surgió de un acuerdo ejemplar en el Pacto de la Moncloa, que reunió a las diferentes fuerzas políticas de España luego de la muerte del dictador Francisco Franco y la asunción al trono del rey Juan Carlos de Borbón, quien inteligente y patrióticamente renuncio a la pretensión de gobernar, transitando apoyado en la habilidad, inteligencia y tacto político de Adolfo Suárez, a una monarquía constitucional parlamentaria, prevé en su artículo 155 la aplicación de medidas excepcionales, tales como la disolución de los gobiernos autonómicos, ante la pretensión de fracturar el orden, la unidad y la legalidad del estado. Votada y aprobada por el Senado la aplicación del 155 el presidente del gobierno Mariano Rajoy dictó las medidas consecuentes: destitución del president y de todo su gabinete, y la comisión a la vicepresidente Soraya Sáenz de Santamaría para asumir el gobierno de Cataluña, destitución del jefe de las fuerzas policíacas “los mossos” y designación de un nuevo titular, disolución del Parlament catalán aunque para efectos simbólicos y de representación continúa al frente su presidente sin facultades reales, el ministerio de hacienda del reino asume el control de toda el área económica de la generalitat, retiro de las escoltas a todos los funcionarios cesados y, quizás lo más importante para atenuar la sorpresa, crispación e inquietud, se convoca a elecciones para el gobierno catalán para el próximo 21 de diciembre.

El destituido president huyó y busca refugio político en Ginebra, salvo algunas manifestaciones esporádicas y aisladas el pueblo catalán espera aliviado las elecciones generales, el pueblo del reino retornó los ojos al futbol, ya sin el riesgo de que el Barça abandone la liga española y cantaron en muchas plazas públicas a pleno pulmón “¡Qué viva España!”.

¡Que viva la muestra de respeto a la constitución, a la ley y a las instituciones!.

N.B. La curiosidad me obligó a consultar a San Wiki y resulta que la palabreja “filonomía” ya existía. Chin, y yo que me sentía su orgulloso inventor.

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