Los superhéroes que la Era Trump merece.

Vivimos una época que rebosa oscuridad. Mientras nuestro vecino del norte muestra a una población dividida por la política oligárquica de un dirigente color naranja capaz de ofrendar al mundo al holocausto nuclear en una competencia de eructos machos con “el hombrecillo cohete” coreano, la Unión Europea se tropieza con el Brexit mientras que en Siria la situación va de mal en peor, por no hablar de un iletrado presidente que emula regularmente a Cantinflas cuando no pretende explicar satisfactoriamente los incontables homicidios y desapariciones de civiles en este vía crucis llamado México. Tal vez en este contexto podemos agradecer que la Warner Bros, sepultara en una atmósfera de deglución nihilista sus adaptaciones de la DC cómics, pues en la era miserable en que nos encontramos lograron que incluso un adalid de la pureza sistémica como Superman luciera sacado de un relato de Kafka en cuanto a extravío existencial y naturaleza pesimista se refiere a modo de exégesis de este 2017, lo que explica la condición aberrante de esas monstruosidades tituladas “Batman Vs. Superman. El Amanecer de la Justicia” y “Escuadrón Suicida”, las cuales patentizan lo anteriormente señalado sin tapujos. Por ello la primera iteración cinematográfica de la “Liga de la Justicia” parece luchar con garras y dientes por salir de esta penumbra sociocultural y ahora su mira apunta a un optimismo facilón pobremente ejecutado que solo subraya la idea de que incluso los personajes con mayor iconicidad tanto en el universo del cómico como en la cultura popular a nivel mundial no están exentos de una embarrada de excremento en aras del entretenimiento -pues no de la taquilla, ya que ésta no ha favorecido este proyecto con factura de 300 millones de dólares-.
Si ustedes ya poseen cierto kilometraje, recordarán aquella serie animada de los 80’s creada por William Hanna y Joseph Barbera titulada “Súper Amigos”, donde varios personajes de DC (y otros tantos creados exclusivamente para la T.V. con fines de corrección política y diversidad étnica como Jefe Apache, Samurai o Volcán Negro). Sus argumentos iban del maniqueísmo más básico al simplismo más abyecto construidos mediante una fórmula única y muy repetible: los héroes se reúnen, reciben una llamada de auxilio en el Salón de la Justicia y combaten al villano en turno hasta su invariable derrota. Una postura en blanco y negro que moldeó la percepción ética de una generación ahora extendida a esta superproducción, la cual se decodifica al igual que un episodio de esta serie, ya que no sueña o fantasea con mayor complejidad narrativa o profundidad psicológica que la de unificar a estos personajes para sofocar un conflicto producto de las andanzas de un malhechor megalómano e igualmente poderoso, sólo que ahora sin Gemelos Fantásticos o un mono albiceleste haciendo de comparsa cómico, pues para eso ya está Flash en este filme. Por ello la trama no posee complicación alguna: Batman / Bruce Wayne (Ben Affleck) recurre a la Mujer Maravilla (Gal Gadot) para que a su vez le asista en la convocatoria de otros personajes con habilidades especiales para detener a una potente amenaza llamada Steppenwolf (Ciaran Hinds), ser que proviene de un planeta llamado Apókolips manifestado por un cubo denominado “Caja Madre” quien pretende reunir a los otros constructores geométricos restantes para dominar el mundo, para lo cual se vale de un hacha al parecer invencible y un ejército de criaturas insectoides denominadas “Parademonios”. Los individuos que se suman a la lucha son Aquaman (Jason Momoa), rey del océano y la Atlántida; Flash (Ezra Miller), el más joven del grupo quien jamás pierde el azoro por trabajar al lado de sus legendarios compañeros y Cyborg (Ray Fisher), quien busca su humanidad al ser más máquina que hombre debido a un accidente de laboratorio. Todos ellos miden fuerzas contra Steppenwolf, más al verse superados por sus hordas los héroes deciden resucitar a Superman, tal vez el único que pueda detener los funestos planes del villano.
Esta cinta tenía varios elementos a su favor para brindar un genuino acto de escapismo o entretenimiento. Desafortunadamente son muy evidentes tanto los retoques que indudablemente alteraron el plan original de la Warner en cuanto al contenido argumental de la cinta productos del abandono del director Zack Snyder debido a su tragedia familiar tomando la estafeta el especialista Joss Whedon (“Los Vengadores”) en postproducción y regrabación de escenas con el reparto principal como la ya probada incapacidad del estudio por comprender los componentes básicos de los personajes que pretende adaptar, diluyéndolos ya sea en grotescas representaciones de angustia existencial o ahora en caricaturas bidimensionales poco o nulamente exploradas. Resulta obvio que la cinta recurre más a la iconicidad de sus superhéroes para que el público ate los cabos sueltos en la narrativa (Superman es un “faro de luz” en el planeta aún si en ninguno de los filmes previos se manifestó de tal manera y Batman ya no es un detective, tan solo un hacker cualquiera con acceso a costosos y maravillosos juguetes) y el resto de caracteres se presente sin demasiados pormenores, así que al no existir películas anteriores de Flash, Cyborg y Aquaman nos debemos conformar con lo que tenemos en pantalla.
La cinta por sí misma funciona, está contada a un nivel elemental, el reparto hace lo que puede con sus acartonados papeles (sobresaliendo Gadot y Miller) y posee cierto efecto de Nembutal en el procedimiento para anestesiar la percepción de la audiencia y parezca que disfruta lo que ve, sólo para decepcionarse en el ejercicio nemotécnico de recordar poco a poco el espectáculo generado por computadora que acaba de presenciar. Más la ambivalencia tonal producto de las numerosas manos “creativas” que la toquetearon, una trama que prefiere jugar en lugar de proponer tan solo por seguirle el paso a la Marvel y un afán disparatado y medio malsano por trabajar a sus personajes clásicos como reductos de realidad hacen que la “Liga de la Justicia” sea para las ligas menores en esta Era Trump cuando se requiere menos complacencia y más amonestación cultural, aún si se trata (o tal vez con mayor razón) de superhéroes.

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