CIUDAD DE MÉXICO.- Usain Bolt se convirtió en leyenda a la velocidad de un rayo.

Sigue intacta la imagen de sus imponentes 1.95 metros cruzando la meta de los 100 metros planos en 9”72 en el Gran Premio de Atletismo de Nueva York 2008, a sus 21 años. Ese año el jamaiquino había comenzado a correr formalmente el hectómetro.

Ahí comenzaba la llamada “Era Bolt”. Una década en la que se convirtió en el único velocista en conquistar el doblete 100 y 200 m en tres Juegos Olímpicos consecutivos: Beijing 2008, Londres 2012 y Río 2016 vieron la ráfaga pasar.

Su legado: 8 oros olímpicos -el noveno, del relevo 4×100 de Beijing 2008 se lo quitaron por el dopaje de Nesta Carter-, 11 títulos mundiales, el récord de 9”58 en los 100 m y 19”19 en los 200 m son cifras que destrozaron los límites de la historia.

Bolt se dejaba ver sonriendo en las últimas zancadas de sus carreras y fanfarroneaba previo a cruzar la meta, incluso se daba tiempo de golpearse un par de veces el pecho en la línea final. Era parte del carisma que lo hizo conquistar multitudes de fans.

El jamaiquino, gran aficionado del futbol, si no se hubiera dedicado al atletismo quizá sería delantero.

Ayer, en su última prueba, en el relevo 4×100 del Mundial de Londres, no pudo refrendar su propio mito: en el intento lo fulminó un rayo, un calambre lo tiró, pero cuando se repuso cruzó con dignidad la meta entre ovaciones.

Bolt demostró también que es humano, por si en el aire quedaba alguna duda. Staff/Agencia Reforma.

 

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