Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Civismo, ante todo, es una actitud que deberían observar todos aquellos ciudadanos de una comunidad y que consiste en el cumplimiento de las obligaciones que se presentan para con la comunidad a la cual pertenece.

El civismo supone la observación de unas pautas mínimas de comportamiento social, que son las que permitirán que los seres humanos podamos vivir en colectividad. Las bases que propone esta conducta social son el respeto hacia el prójimo, hacia el entorno natural, los objetos y las instituciones públicas, la buena educación, la urbanidad y la cortesía.

La Cartilla Moral de Alfonso Reyes, que ahora el gobierno de la república divulgará a través de las iglesias evangélicas (¡qué curioso!), es en buena medida un ramillete de lecciones simplificadas y accesibles de civismo, que no basta con repartir, ni ordenar repartir, sino asimilar y poner en práctica. Transcribo dos párrafos ricos en su concepción de la sociedad y de la ley: Mi respeto a la sociedad, y el de cada uno de sus miembros para los demás, es lo que hace posible la convivencia de los seres humanos. El problema de la política es lograr que esta convivencia sea lo más justa y feliz, tanto dentro de cada agrupamiento y cada nación como entre unas y otras naciones. Las naciones, en su conducta de unas para con las otras, pueden imaginarse como unas personas más amplias que las humanas, pero que debieran gobernarse conforme a iguales principios de bien y de justicia.

La forma misma del Estado, la Constitución, que es la ley de todas las demás leyes, se considera como emanación de la voluntad del pueblo en la doctrina democrática. Está previsto en este código fundamental el medio para modificarlo de acuerdo con el deseo del pueblo, expresado a través de sus representantes. Cuando el gobierno (que no es lo mismo que la ley) comienza a contravenir las leyes, o a desoír los anhelos de reforma que el pueblo expresa, sobrevienen las revoluciones.

Quizás uno de los libros que más me gustó y que leí y releí hasta casi deshojarlo fue “Un paso hacia arriba” de Bernardo Zepeda Sahagún, Civismo para 5° y 6° año de primaria, de donde seguramente surgieron mis primeras inquietudes que culminarían en mi formación como ciudadano. Ya Tocqueville en su Democracia en América insistía en la distinción entre individuo y ciudadano y la necesidad de preparar a todos los individuos para que fueran buenos ciudadanos, útiles, respetuosos, solidarios, comprometidos con el bien común. La formación cívica es la base de una ciudadanía responsable y el civismo nos da elementos para la comprensión de la vida social, del respeto mutuo, del respeto a la ley y a las instituciones que de ella emanan. El sentimiento civil, el civismo –dice José Ingenieros en Las Fuerzas Morales– tiene un fondo moral, en que se funden anhelos de espíritus y ritmos de corazones, y Renán lo define como temple uniforme para el esfuerzo y homogénea disposición para el sacrificio.

Me dicen que ahora no se enseña Civismo en la escuela, pero entonces ¿qué se enseña? Los jóvenes que me llegan a la universidad no saben leer. Es decir, reconocen las letras y las palabras, pero no comprenden las ideas. Leen un texto, dos cuartillas digamos, y son incapaces de repetir las ideas, ordenarlas y clasificarlas. No pueden hacer inferencias sencillas y la lógica transitiva les es totalmente ajena. No es ocioso, creo, repetir algunos de los fundamentos del civismo, por si acaso, algún despistado y joven lector se encuentra con estas letras, o por si algún presidente de la república, en vez de entrenar besibol, se le ocurre leer algo de lo que sobre él o para él se escribe.

México que por cierto no es México, sino Estados Unidos Mexicanos, es una república, democrática, representativa y federal. República porque el pueblo toma parte directa o indirectamente en la toma de decisiones políticas del país y de los estados que lo conforma. Directa en la medida que ejerce su derecho al voto y con el sufragio directo se eligen los principales cargos del Poder Ejecutivo y los del Legislativo, de manera indirecta a través de sus representantes en el Congreso que, teóricamente, llevan la voluntad de sus electores para la aprobación de las leyes, sus enmiendas y su derogación o abrogación. Federal en tanto que agrupa entidades que son soberanas, que tienen sus propios órganos de gobierno y representación y que se han unido en una federación que es la república mexicana.

El Estado mexicano es una entidad jurídica y política que está integrada por tres elementos, la población, el territorio y el gobierno. Por eso es ridículo que se hable de políticas de estado, salvo que estemos refiriéndonos a las decisiones políticas fundamentales, las que arriba mencionamos.

El gobierno –aquí viene lo bueno–, se deposita para su ejercicio en tres poderes. No en  uno, ni en dos, ¡en tres! No sólo el Ejecutivo es gobierno, lo es también el Legislativo y lo es también el Judicial. El Ejecutivo para su ejercicio se deposita en una sola persona y es el mandatario, el que recibe las órdenes del pueblo y de los otros dos poderes. El Ejecutivo no le puede ordenar al Legislativo, éste es soberano, representa al pueblo. El presidente no representa al pueblo, es electo por él, y tiene la representación simbólicamente del gobierno y del país. El Legislativo le ordena al Ejecutivo a través de las leyes y decretos, y el presidente no tiene más remedio que obedecer. El presidente no le puede ordenar a la Suprema Corte de Justicia, ni al Consejo de la Judicatura, ni siquiera a un juez, y en cambio las resoluciones de la Corte obligan en materia de interpretación constitucional a todas las autoridades.

Los órganos constitucionales autónomos tampoco están sujetos al presidente. Ni el Banco de México, ni el INE, ni la CNDH, ni los otros más, previstos en la Constitución.

Antes de que se siga atropellando el estado de derecho, las instituciones del país, los poderes y las funciones del Estado. Antes de amor y paz, me canso ganso o lo que diga mi dedito. Civismo, civismo elemental.

El presidente anunció que enviará una carta a la Corte recriminando la concesión de una suspensión de amparo.

¡Qué ignorancia! ¡Qué desatino! ¡Qué despropósito! ¡Que peligroso signo de autoritarismo! ¡A un paso de la autocracia!

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