Luis Muñoz Fernández

 Luego se descubrió que la energía que, en el interior del átomo, posee el electrón, se halla “cuantizada”, es decir, que sólo puede presentarse en determinadas cantidades y no en otras. Y lo mismo sucedió con otras propiedades físicas, poniendo así de relieve que el reino microscópico no es una visión reducida del mundo a gran escala que habitamos los seres humanos, en donde las propiedades físicas varían de un modo gradual y continuo y en donde, para ir desde A hasta C, hay que pasar por B, sino que es, por el contrario, disparejo y discontinuo. La física cuántica pone de relieve que, dentro del átomo, el electrón puede hallarse en determinado lugar y reaparecer a continuación, como por arte de magia, en otro lugar, emitiendo o absorbiendo un cuanto de energía, sin necesidad de pasar, para ello, por un punto intermedio. Este es un fenómeno que trasciende por completo la compresnsiòn de la física clásica no cuántica, algo tan extraño como si un objeto desapareciera misteriosamente de Londres y repareciese súbitamente, al instante siguiente, en París, Nueva York o Moscú.

 ManjitKumar. Quántum. Einstein, Bohr y el gran debate sobre la naturaleza de la realidad, 2011.

Durante el intermedio de mi presentación de la vida y obra de Stephen Hawking en el Diplomado “Palabras que determinaron el curso de la historia”, celebrado en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, una persona que había asistido a la conferencia se me acercó para preguntarme si después del descanso ya iba a entrar en la materia que a ella realmente le interesaba y que la había motivado para acudir aquella mañana. Me lo preguntó en tono de exigencia, como diciéndome: “déjese de marear la perdiz y entre de una buena vez en el meollo del asunto”.

Por lo que esa persona había estado comentando–afirmaciones contundentes acerca del poder de la mente sobre la materia y la “corrección” de las mutaciones que acumulan las células cancerosas con la fuerza del pensamiento, supuse que el “meollo del asunto” era la estrecha relación que se dice que existe entre la física cuántica y el misticismo. El problema es que mi conferencia no versaba sobre ese tema, aunque llegué a mencionarlo de manera marginal. Así que creo que defraudé las expectativas que había abrigado aquella persona sobre mi exposición.

El que los descubrimientos de la física confirman lo que la religión ha venido afirmando desde hace siglos no es un tema nuevo. Sobre él se han escrito y se siguen escribiendo numerosos libros en los que se asegura que la relación entre la mecánica cuántica y la mística es muy estrecha. Tal vez uno de los más conocidos y citados es La danza de los maestros del Wu Li (The Dancing Wu Li Masters. An Overview of the New Physics. Bantam Books, 1980) del guía espiritual estadounidense Gaby Zukav:

Desafortunadamente, cuando la mayoría de la gente piensa en “física”, imaginan pizarrones llenos de símbolos matemáticos desconocidos e indescifrables. El caso es que la física no es matemáticas. La física, en esencia, es el asombro sobre la naturaleza de las cosas y un interés divino (algunos dicen compulsivo) sobre el cómo es que las cosas son así. Las matemáticas son la herramienta de la física. Quitándole las matemáticas, la física es puro encanto.

Y en este afán de simplificar esta compleja rama de la ciencia para hacerla accesible al público es probable que Zukav (y muchos como él) saltase de la física cuántica a la mística sin reparar que había simplificado demasiado. Había dado por hecho que la comunicación entre el nivel de la materia que estudia la física cuántica y el mundo espiritual es tan estrecha que prácticamente estamos hablando de lo mismo. Al parecer, no opinaban lo mismo los científicos que sentaron las bases de la mecánica cuántica.

Así lo señala el escritor Ken Wilber, editor del libro Cuestiones cuánticas. Escritos místicos de los físicos más famosos del mundo. Kairós, 1986):

Cuando nos enfrentamos a las cuestiones últimas de la existencia, existe la tendencia demasiado común a creer –o al menos a esperar–que la física y el misticismo convergen en el mismo tipo de respuestas y que, de algún modo, la física demuestra –o, cuando menos, sostiene– la visión mística del mundo. […]

Pero esta conclusión, no obstante, no tiene nada que ver con lo que creyó ninguno de los grandes físicos incluidos en este volumen. Y es que Einstein, Eddington, Bohr, Planck, Heisenberg y Pauli rechazaron por igual la idea de que la física demostrase o alentase siquiera el misticismo. […]

Es pues opinión común de todos ellos que la física moderna no constituye una prueba, ni a favor ni en contra, de la visión místico-espiritual del mundo; no hay en ella ninguna demostración ni ninguna refutación al respecto. Está dispuestos a admitir que ‘existen’ ciertas semejanzas entre la visión del mundo de la nueva física y la de la mística, pero esas semejanzas, cuando no son puramente accidentales, resultan triviales comparadas con las amplias y profundas diferencias que las separan.

En pocas palabras, de acuerdo a Wilber “la ciencia y la religión se ocupan de dos dimensiones muy diferentes de la existencia, entre las cuales no puede decirse con propiedad que pueda darse acuerdo o conflicto de ningún tipo, lo mismo que, por ejemplo, entre la botánica y la música tampoco puede hablarse de acuerdo o de conflicto”. Agrega además un argumento especialmente interesante: mientras que el místico afirma que toma contacto directo con la realidad a la que se integra sin intermediación de nada ni de nadie, el físico cuántico reconoce que se aproxima a la realidad sin llegar a conocerla de manera directa, sino sólo indirectamente a través de los cálculos matemáticos que le informan sobre su comportamiento y que puede poner a la consideración de otros científicos para que los verifiquen o los refuten.

La física cuántica investiga la composición y el comportamiento de los elementos más pequeños de la materia. Su comprensión no es nada fácil. Así lo señala Philip Ball en su libro Cuántica. Qué significa la teoría de la ciencia más extraña (Turner, 2018):

“Puedo afirmar sin miedo a equivocarme que nadie entiende la mecánica cuántica”, dijo Richard Feynman en 1965, el mismo año que le otorgaron el premio Nobel de Física por sus investigaciones sobre la mecánica cuántica. […]

No, las ecuaciones no son la razón por la que se considera que la mecánica cuántica es tan difícil: son las ideas. No nos entran en la cabeza. Ni a Richard Feynman tampoco.

Feynman reconocía que era incapaz de entender lo que las matemáticas estaban diciendo. Estas le proporcionaban números: predicciones de cantidades que se podían contrastar mediante experimentos y que estos experimentos invariablemente verificaban. Pero Feynman no podía comprender de qué trataban en realidad esos números y ecuaciones, qué nos dicen sobre el “mundo real”.

Leonard Susskind, profesor de física teórica en la Universidad de Stanford, California, afirma incluso que nuestro cerebro, fruto de la evolución, no está diseñado para lidiar con los aspectos tan complejos de la mecánica cuántica (por ejemplo, que en realidad existen más de tres dimensiones). Eso obliga a explicarlos con metáforas y alegorías. Es la mejor manera de entender lo que Stephen Hawking nos ha querido decir en su libro póstumo cuando habla del mundo cuántico y la creación espontánea del universo (el Big Bang sin Dios) y es lo que seguiremos haciendo en la siguiente parte de este escrito.

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