RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

El día de ayer inició un nuevo sexenio, un nuevo gobierno. Y nace este gobierno con muchas expectativas. Millones de ciudadanos amanecieron el día de ayer con todas sus esperanzas cifradas en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Las promesas que el presidente hizo durante su campaña electoral fue el detonante para inclinar la balanza en un enorme porcentaje de sufragios para llevarlo al triunfo indiscutible; más de 30 millones de votos hicieron que no hubiera la menor duda sobre quién quería el pueblo mexicano que fuera su presidente.

Luego del 1° de julio pasado, ya corroborado el triunfo avasallador del ahora presidente y con cinco largos meses por delante para la realización del cambio de poderes, López Obrador se dedicó a recorrer gran parte del país para agradecer la confianza que la gente había depositado en él, pero al mismo tiempo comenzó a asumir actitudes propias de un presidente en funciones. La primera fue la desaprobación a la construcción del nuevo aeropuerto, realizando una consulta amañada para echar para abajo el proyecto, a pesar de los miles de millones ya gastados en la avanzada construcción. También se le fue encima a la reforma educativa, anunciando, en la misma cara del presidente Peña Nieto en una reunión en Palacio Nacional, que la echaría para abajo. Peña Nieto aguantó vara los comentarios despectivos que desacreditaban la reforma que tanto trabajo le había costado negociar en las cámaras con las diferentes bancadas.

El Tren Maya obviamente es un proyecto del nuevo presidente y de nueva cuenta, con una consulta amañada, alcanzó la aprobación de la ciudadanía para llevar a cabo el proyecto.

López Obrador ha realizado acciones que en un momento dado parecerían una simpleza, como el cambiar el orden de los colores de la banda presidencial. Actualmente el orden –de arriba para abajo– es de rojo, blanco y verde. Pero ya accionó con sus legisladores para cambiar el artículo 34 de la Ley del Escudo, la Bandera y el Himno Nacional, para que vuelva a ser como era originalmente: primero verde, luego blanco y luego el rojo. Sin duda que la banda presidencial es un emblema político. La banda solo puede ser utilizada por el presidente y los ciudadanos la tomamos como la imagen del Poder Ejecutivo Federal.

López Obrador es el presidente número 22 en la era constitucional. Todos los presidentes han sido de características muy distintas. Los estados que más presidentes han aportado son: Sonora con cuatro; Michoacán con tres; con dos están Veracruz, el Distrito Federal, México y Puebla. Y con un presidente: Tamaulipas, Guanajuato, Baja California, Nuevo León, Colima, y ahora Tabasco. De todos estos presidentes, nueve han sido abogados, cinco generales, dos economistas, dos contadores, un ingeniero, un administrador, un autodidacta y el actual que es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública y Estadística.

Hablando del equipo del nuevo presidente, nos anticipa mucho de lo que va a ser su gobierno. A través de los funcionarios escogidos por el presidente podemos conocerlo mejor de lo que podría llegar a conocerse él mismo. Es muy frecuente que el mandatario “pequeño” se decida por subalternos que padezcan enanismo mientras que los mandatarios de tamaño monumental prefieran colaboradores de concordancias igual a las de ellos. Los gobernantes utilizan su inteligencia para ajustar sus tareas políticas a partir de la creación de un equipo de tamaño importante. Los mandatarios que prevén grandiosidad de su mandato contratan subordinados inteligentes. Y López Obrador ha decepcionado en el nombramiento de algunos de sus colaboradores, por ejemplo con Manuel Bartlett, de negra memoria para la ciudadanía y con un no muy buen prestigio. Otro nombramiento que se trataba de hacer y que de plano no tenía progenitora es el del gachupín Paco Ignacio Taibo II, de florido y vulgar lenguaje. Inconcebible para alguien que pretendía ser el titular del Fondo de Cultura Económica.

El promedio de edad del gabinete de López Obrador es de 62 años, siendo el mayor Javier Jiménez Espriú, flamante secretario de Comunicación y Transportes, con 80 años y la más joven, Luisa Ma. Alcalde con 31 años, ella es la titular de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social.

Por la mañana del sábado 1° de Diciembre, Andrés Manuel salió de su casa ubicada en la colonia Torrielo Guerra, de Tlalpan a las 10:22 de la mañana. Y fiel a su costumbre, a bordo de su auto Jetta blanco modelo 2013. Afuera de su casa había una enorme multitud que hacía muy difícil que el pequeño automóvil avanzara. La gente ahí reunida quería ser y saludar a quién momentos después protestaría como nuevo presidente de la República. Así mismo era visible que López Obrador no tenía guardias de seguridad, o al menos no se veían, y por ende la gente tenía la libertad para estar a unos centímetros de él. Obviamente que el no tener elementos de seguridad, como se acostumbra con los presidentes, que no dejan pasar ni el aire, ponía a pensar en la facilidad que podría tener quién quisiera perpetrar un atentado. A la mente se venían los recuerdos de John F. Kennedy y más recientemente a Luis Donaldo Colosio. Sin duda un grave riesgo.

CONTINUARÁ