Rodrigo Ávalos Arizmendi

(ÚLTIMA PARTE)

El traslado de su casa al Palacio Legislativo fue a una baja velocidad. López Obrador, que venía acompañado de su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, se fue todo el trayecto con la ventanilla abierta saludando a la gente que se había apostado en las aceras; sin duda venía disfrutando el recibir todo ese cariño y buena vibra de la ciudadanía. Algo que hace ya varios sexenios no se veía, el cariño de la gente por un presidente. Desde Adolfo López Mateos no se recuerda a algún presidente con ese carisma.
Ya en lo que fue el acto de toma de protesta, López Obrador llegó a la Cámara de Diputados a las 11:10 hrs., y con parsimonia avanzó para ser recibido por la comisión de legisladores que lo acompañarían hasta el salón de plenos, el cual estaba lleno a su máxima capacidad, con legisladores e invitados especiales, así como la familia de quién tomaría protesta como nuevo presidente.
Luego de que López Obrador se colocó la banda presidencial, dio paso a la lectura de su mensaje, un mensaje que se salió de todos los convencionalismos. Fue un discurso elaborado con un lenguaje llano, comprensible para todos los públicos, llamando al pan, pan y al vino, vino. Repitió las que fueron las principales promesas de campaña, pero ahora ya no como candidato, sino como primer mandatario, lo cual representaba un compromiso muy importante con la Nación.
López Obrador mostró su reconocimiento y decencia política al iniciar su mensaje dirigiéndose a quien esa mañana dejaba de ser presidente, le dijo: “Licenciado Enrique Peña Nieto, le agradezco sus atenciones pero sobre todo le reconozco que no haya intervenido como otros presidentes lo hicieron en otras elecciones presidenciales”. Nobleza obliga y Andrés Manuel supo reconocer la importancia de la actitud de Peña en las pasadas elecciones que nunca trató de buscar el fraude electoral, como sus antecesores.
Andrés Manuel fue claro cuando mencionó que nada ha dañado más a México que la deshonestidad que los gobernantes y la minoría que se ha beneficiado de ella. Así mismo señaló lo que todos los ciudadanos hemos vivido, la política neoliberal que ha sido un desastre y una calamidad para la vida pública del país.
Sobre la reforma energética, dijo que solo ha significado en la caída del petróleo y el aumento desmedido en los precios de las gasolinas, el gas y la electricidad, cuando se aprobó la reforma energética se afirmó que se iba a conseguir inversión extranjera a raudales, pero sólo llegaron 760 millones de dólares de capital foráneo. O sea, fue un fiasco.
El presidente dijo tajante que antes del neoliberalismo éramos autosuficientes en gasolinas y gas, pero ahora compramos más de la mitad de lo que consumimos; en este periodo el poder adquisitivo del salario mínimo se ha deteriorado en 70%; el salario de los mexicanos es de los más bajos del planeta.
Y fue claro al decir que el distintivo del neoliberalismo es la corrupción, suena fuerte pero la privatización ha sido en México sinónimo de corrupción.
Relativo al poder político y económico, dijo que se han alimentado mutuamente y se han plantado como modus operandi del robo de las riquezas y de los bienes de la Nación. A estas alturas, Peña Nieto se veía inquieto, queriendo que la ceremonia terminara lo más pronto posible, pues las indirectas tan directas a los regímenes priístas eran muy obvias.
Pero López Obrador, con inteligencia, primero le había dado un apretón a la tuerca y enseguida le bajo al discurso duro cuando dijo: “Propongo al pueblo mexicano que pongamos un punto final y empecemos de nuevo; en pocas palabras, que no haya persecución del pasado y que las autoridades desahoguen en absoluta libertad los asuntos pendientes. Peña Nieto debe haber respirado tranquilo pues el presidente no daría línea para irse sobre el ex presidente y los funcionarios de su gabinete, las cosas deberían fluir de manera natural en caso de ser necesario.
López Obrador tocó un tema importante para los partidos políticos y, por supuesto, para la democracia del país al decir que se acabaría la vergonzosa tradición de fraudes electorales, “las elecciones serán limpias y libres y quien use recursos públicos para favorecer candidatos, irán a la cárcel”. Desde luego que esta advertencia debe haber caído como balde de agua fría para quienes medran y usan los recursos públicos de las participaciones a los partidos para beneficiarse y beneficiar a unos cuantos.
Esperanzador fue escuchar algo que es importante para la vida económica de México: “Que se oiga bien y que se oiga lejos, tampoco vamos a endeudar al país”. Momentos antes había dado a conocer por cuantos billones de pesos habían endeudado al país presidentes como Vicente Fox, Felipe Calderón y el mismo Peña Nieto que, sentado a un lado del presidente, sólo hizo mutis. Pero el golpe estaba dado, López Obrador le dijo en su cara a Peña la tremenda deuda que le heredaba.
¡Y por fin! la promesa esperada por muchos, algunos para asegurar la continuidad de los gobiernos sexenales y otros, sus seguidores, para quitarse de encima los vaticinios ofensivos de sus contrarios políticos. López Obrador dijo que él era Juarista, Cardenista y también Maderista y que por ello bajo ninguna circunstancia habría de reelegirse, por el contrario, se sometería a la revocación de mandato. Esa promesa cerró muchas bocas a lo largo y ancho del país, de gente que aseguraba que López Obrador procedería como Hugo Chávez y Nicolás Maduro.
Sin duda, el mensaje del presidente López Obrador fue muy esperanzador, pues habló del precio de los combustibles y cómo haría para bajarlos al poner en funcionamiento las refinerías; excelente aviso también fue la noticia sobre la franja libre fronteriza a lo largo de más de tres mil kilómetros que beneficiará a la población de esas regiones en todos los aspectos.
López Obrador inició bien su primer día como presidente con promesas que generan mucha esperanza a los mexicanos.