COLUMNA CORTELa imperfección es parte de cualquier representación humana mediante el arte, pues a través de ello ésta se perfecciona, al punto que los errores logran erradicarse y depurar sus propios niveles de expresión. En el caso del cine moderno parece que la variable es contraria, pues un examen a la cartelera aguascalentense durante este 2014 arroja un resultado innegable: el público adora la imperfección, de otro modo no sabría cómo justificar el estreno y durabilidad en las salas de numerosas producciones diseñadas tan sólo para su fugaz degustación, como si el error al que aludía hace unas líneas fuera tan sólo la base para una fórmula con la que muchos filmes empanizan sus tramas para que sepan, luzcan y se perciban igual. Después de todo, si el pastelito relleno de mermelada de fresa cubierto de chocolate, cuyo vocero es un palmípedo que ruega lo recuerden gusta y vende a granel, aun cuando quien lo consume sabe que su valor nutrimental es nulo, entonces, el espectador promedio de un producto cinematográfico estándar sabe a lo que se atiene y que el espectáculo por el que ha pagado su caro boleto de acceso al emporio cinematográfico de su elección no proveerá nada más que un escapismo redundante y baratón que se revuelca en los errores que impiden su perfección, pues lo errado gusta mientras que lo arriesgado o diferente no conecta con facilidad. Tal vez sea la naturaleza humana o tan sólo un autofreno que nos aplicamos conforme el incremento en banalidad de la experiencia mediática nos anestesia cada vez más la percepción, y en cuanto a cine es posible detectar el patrón al respecto, y este 2014 que termina no es la excepción, pues entre las fallas que ya se tornan costumbre encontramos:

1.- Los churros cocinados por los sospechosos comunes.
Como un tormento anual, individuos con cero deber hacia la expresión cinematográfica, pero comprometidos con sus implacables amos -productores y taquilla- lograron colar una vez más sus desabridos productos en la cartelera mundial, y así tenemos que, una vez más, Paul W. S. Anderson y Brett Ratner, dos pelmazos de primera, no sólo masacraron neuronas a placer con sus filmes en distintas temporadas, sino incluso conjuntaron mentes (¿?) para obsequiarnos cada quien su interpretación de los clásicos peplums italianos -cine de toga y sandalia- con “Pompeya” y “Hércules”, respectivamente. Ambas no sólo resultaron predeciblemente débiles en su exposición histórica / mitológica, además fracasaron miserablemente en taquilla, como si el público comenzara a percatarse de las estafas perpetradas contra ellos por estos dos expertos timadores. Pese a todo, siempre podemos contar con el omnichurrero por antonomasia llamado Michael Bay, para ofrecernos sus mismos chilaquiles aderezados con mediocridad que logran, de algún modo, avasallar en recaudaciones, ahora con un inesperado 1-2 en papel de director y productor. Como cineasta (vaya que el término aquí aplica muy laxa y vagamente) tuvimos otro capítulo de los otrora entrañables “Transformers” en lo que muchos de sus seguidores han calificado como el peor capítulo de la serie… y eso, damas y caballeros ya es mucho, pero mucho decir. Con su careta de productor arribó con “Las Tortugas Ninja”, otra embarrada en la memoria nostálgica colectiva. Pese a su maloliente factura y pobres resultados con la crítica, estos sujetos siguen en activo.

2.- El cine mexicano cazando taquilla.
Por cada “Jaula de Oro” o “Guten Tag, Ramón”, esfuerzos independientes por propulsar una voz fresca y propositiva en la narrativa fílmica nacional, brotan cual mala hierba cintas sustentadas en una comicidad de nauseabunda imitación a modelos gringos y de irritante fresitud impulsadas por la recuperación rápida y expedita del capital invertido. Así, tuvimos que padecer desde chick flics insulsos y babiecas como “Cásese quien pueda” hasta remakes estériles rellenos de banalidad como “Más negro que la noche”, pasando por musicales inspirados en excrementables composiciones de individuos ídem como “¿Qué le dijiste a Dios?” o estructuras cómicas caducas servidas con hígado como “El crimen del Cácaro Gumaro”. Tal vez el año entrante los filmes patrios sean motivo de orgullo y no de pena ajena.

3.- ¿Horror? ¿Cuál horror?
Y los estudios hollywoodenses continúan en esa senda de extravío con lo que a filmes fantásticos se refiere, pues prácticamente todas y cada una de las cintas presentadas durante este año ceñidas en el género del horror-terror fueron fracasos argumentales y desprovistos de una genuina línea terrorífica, apoyándose en los ya tradicionales efectismos que sólo producen taquicardias gratuitas y no el miedo primigenio que esperamos y por el que pagamos. “Actividad paranormal: Los marcados”, “Así en la tierra como en el infierno”, “Líbranos del mal” y “Annabelle” son tan sólo algunos ejemplos de estas tomaduras de pelo que usan su máscara de susto con poca seriedad y expresa condescendencia a su público meta: los púberes, quienes encontrarían un filme como “El exorcista” o “El bebé de Rosemary” demasiado retador o poco efectivo por su carencia de sustos anodinos e insípidos a los que estos filmes chapuceros los han acostumbrado. Una generación de cinéfilos está siendo educada en cuanto a la trasgresión de elementos naturales mediante estos subproductos y eso sí resulta pavoroso.
El año 2015 se nos plantea como uno de los más diversos y ricos en cuanto a oferta cinematográfica se refiere, así que, una vez más, crucemos los dedos por que el resultado sea menos deplorable que el de este año agonizante.

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