Luis Muñoz Fernández

Salvo algunas afortunadas excepciones (las que confirman la regla), a la mayor parte de nuestros funcionarios y gobernantes no les salen los números. Alérgicos a las matemáticas, a la cuantificación precisa de logros y resultados, suelen recurrir a frases estereotipadas que no dicen nada o, lo que es peor, que distorsionan la realidad. Frases con las que mienten de manera flagrante. Todo ello tiene su origen y explicación: nuestra falta de espíritu científico, el auge entre nosotros del pensamiento mágico y el cinismo reinante.

La imprecisión congénita o prontamente adquirida es muy útil para evadir las responsabilidades y aumenta las posibilidades de supervivencia en el ecosistema político. Mentir sin que lo parezca sirve para enviar un mensaje falsamente tranquilizador a la población y, sobre todo, permite que el funcionario cumpla su más alto objetivo, su misión más sagrada: no inquietar a su superior en el organigrama. Para eso lo pusieron ahí.

Entre nosotros, cuestionar al jefe o exigirle que cumpla con su deber está muy mal visto. La figura de autoridad, sin importar su calidad humana ni su desempeño, no sólo nos inspira un respeto reverencial, sino incluso un temor que nos paraliza. Casi con toda seguridad, si lo interpelamos justificadamente pronto se nos señalará como revoltosos y peligrosos. El sistema, lento y torpe para lo que debiera, se deshará expedito de nosotros.

Por eso, cuando se entrevistaba a un funcionario sobre el impacto que tendría la insuficiencia del presupuesto para atender a un número creciente de derechohabientes del sistema público de salud, su respuesta fue: “Se hará más con menos y no habrá ninguna consecuencia en la cantidad ni en la calidad de los servicios que se presten”, lo que, de entrada, se antoja imposible.

Salvo aquella ocasión en la que Jesús alimentó con unos cuantos panes y peces a una multitud hambrienta, no se puede hacer “más con menos”. No en la atención médica. Son las matemáticas mentirosas de quien nunca ha atendido a un enfermo en su vida ni ha disecado un cadáver devastado por la enfermedad y de quien, desde un escritorio y con un sueldo muy por encima de la media, hace cuentas que ni él mismo se cree. Números alegres que ocultan el sufrimiento y la muerte de muchos conciudadanos desechables.

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