Al poniente de la ciudad, se postra un antiguo guardián que duerme de día y por las noches manda a sus enterrados súbditos a cuidar la ciudad. También sirve de inspiración para el desarrollo de trazos finos y coloridos, y sus trabajos dan vida a ocasos bellísimos que se graban en el tiempo y en la memoria de Aguascalientes.

Carlos Reyes Sahagún, politólogo, profesor del departamento de Historia de la UAA, y cronista oficial del municipio, asegura que las leyendas son historias inventadas por lenguas locales que con el tiempo van de boca en boca ganando soberanía, personajes, y otros elementos que la dotan de intensidad hasta que por fin permuta a leyenda. Serían pues, como un teléfono descompuesto, que se compone de habladurías y se nutre por la aportación de autores incontables.

Son más bien los relatos del pueblo. El maestro Sahagún comparte alguna de las cualidades que estas tienen: Verdad, ficción, realidad, magia, imaginación. “Son una invención popular, una creación que se pierde en el tiempo”, comenta el reconocido cronista.

La del Cerro del Muerto cuenta que en tiempos antiquísimos estas tierras eran habitadas por los Chichimecas, los Chalcas y los Nahuatlacas, indios severos, salvajes y nómadas. Cada tribu era liderada por un sacerdote de cualidades fantásticas, eran extremadamente altos, majestuosos, fornidos.

Sembraron agua en el valle, y grandes charcos formaron manantiales mágicos; Ojocaliente y La Cantera fueron los principales. En La Cantera empezó una lucha entre los Chichimecas y los Chalcas, a razón de haberse desaparecido en el agua el sacerdote de los Chichimecas.

Durante un tiempo el sacerdote fue añorado y extrañado por su repentino extravío, hasta que un rumor brotó diciendo que los Chalcas se lo habían llevado. Comenzó una guerra terrible, los Nahuatlacas dieron la espalda a esta, y el cielo se nubló de flechas y lanzas enemistadas por el destino. La carne tibia luchaba junto a la sierra y la sangre ponía más roja la tierra. De pronto, a lo lejos se miró el sacerdote perdido gritando con ahínco que detuvieran la batalla, aclarando que sólo había ido a sembrar más charcos.

Entre fulgores y ruido el sacerdote fue ignorado, hasta que una flecha le atravesó el corazón; herido, fue caminando hasta los suyos, derramando sangre rojísima fue seguido en peregrinación por todo su pueblo.

Tan grande era el hombre que bajo él quedaron sepultados todos los Chichimecas, dándole forma al cerro que vigila nuestra ciudad. Se dice que por las noches estos indios bajan hasta el corazón de la ciudad y sus cuatro barrios antiguos a resguardar a la gente que habita en Aguascalientes.

El Cerro del muerto se encuentra en el municipio de Jesús María, siendo parte de la Sierra del Laurel, que a su vez, es un ramal de la Sierra Madre Occidental. Presenta bosque de encino, laderas y cañadas dentro de su extensión. Su acceso más conocido es por “el Cerro del Picacho”, los pies del muerto, ubicado junto a la carretera de salida a Calvillo.

En aquel montecillo de 2,440 metros de altura se alberga una leyenda vieja, pasada de generación en generación, que promete protección por mano de las almas Chichimecas sepultadas bajo él.

“Historia oral”, concluye el gran cronista. Eso es la leyenda.

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