Por J. Jesús López García

En el mundo occidental, y más a partir del Renacimiento, el menosprecio por el pasado inmediato se hace patente con la modificación radical o completa destrucción de edificios, trazas urbanas y vastos sectores de núcleos de población. Cabe decir que mucho en ello se puede atribuir fácilmente a los cambios naturales en usos, modos de habitar los ambientes, condiciones económicas, sociales e ideológicas que, poco a poco, inciden en el ánimo común y detonan esas circunstancias.

Espacios dedicados a una actividad se transforman de manera constante ya que la ciudad que se mantiene viva tiene que modificar su constitución. Metrópolis que permanecen tal cual «momias», son realmente ciudades-museo con muy restringidas capacidades de reinvención, e incluso de supervivencia, pues ésta se encuentra sujeta a factores externos, como la fuerte dependencia de mercados foráneos para la producción local, el turismo y otros elementos de ese tipo.

En oposición a ello están las capitales que experimentan una actividad económica lo suficientemente considerable para ocasionar la necesidad -real o meramente especulativa- de modificar el espacio edificado, la traza urbana, entre otros componentes. La mutabilidad de esos lugares puede ser paulatina, parcial, completa o radical.

Ante esos cambios, como en los anillos que se encuentran en las secciones de los troncos de los árboles, puede contemplarse el paso del tiempo en la urbe. En ciudades como Venecia o Roma, el tiempo pareció detenerse hace algunos siglos, sin embargo con metamorfosis drásticas en algunos momentos de la Edad Media y el Renacimiento.

En poblaciones como Aguascalientes, donde el tiempo puede clasificarse en dos fases: la tradición pre industrial y la etapa moderna industrial, lo que calza bien con su periodo virreinal primigenio y su inserción en la globalidad dentro de un país independiente -que tomó un giro de mayor dinamismo con la Revolución de 1810-, los cambios están menos estratificados, pues lo más antiguo y lo nuevo comparten los mismos ámbitos y en muchas ocasiones sus formas son engañosas ya que existen edificios que aluden a una tradición estilística pero incorporando materiales y técnicas constructivas industriales modernas, tal como puede percibirse en buena parte de la producción del eclecticismo de fines del siglo XIX y principios del XX.

En este panorama localizamos fincas que permanecen en un estado de indefinición, donde habiendo sido claros ejemplares de la modernidad del siglo XX, actualmente a más de medio siglo de su levantamiento ya no se ve en ellos la novedad de su diseño, sino el paso y el peso de sus años, y sobre todo, el prejuicio de «lo viejo» como algo caduco y reemplazable.

Dado lo anterior, aún se conservan inmuebles que por su importancia representativa, sus dimensiones y por sus características de propiedad, están relativamente protegidas, tal y como lo puede ser el edificio del Sindicato de Trabajadores del Ferrocarril, sin embargo, también hay algunos privados que repentinamente se rodean por un contexto que cambió su vocación y se ven empujados por usos emergentes a transformar o modificar su constitución física, en virtud de las alteraciones en su funcionamiento. Ello es un proceso de causa-efecto natural, pero en ese proceso -y sin buscar una conservación a ultranza- en vista a una situación pasajera se realizan cambios que no obstante su superficialidad, permutan las características de los edificios en apariencia de manera temporal, aunque en muchos de los casos las variaciones permanecen incluso por décadas, desdibujando los rasgos originales de la construcción y minando la apreciación de la arquitectura como un objeto que tiene el potencial de registrar muchos aspectos de nuestra comunidad como cuerpo vivo, donde la historia, enseñanzas y experiencias que poseen las claves para entender nuestro presente, y con él, comprendernos mejor como sociedad.

La máxima de George Santayana (1863-1952): «Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo», es la condena a reincidir la historia por no conocerla, sobreviniendo en arquitectura una y otra vez, tal vez por la seducción que las formas generan, o por el impacto de mirar erigirse una nueva obra con claras referencias a un pasado del que vemos mucho pero conocemos poco.

En la calle Venustiano Carranza se levantan dos residencias de la autoría del arquitecto Ramón Ortiz Bernadac (1928) notables por su sencillez compositiva y su diseño apegado al canon de la Escuela Moderna de arquitectura, siendo testimonio de una modernidad local en camino a la aceptación por esos años, enmarcada por una calle donde pueden observarse edificios novohispanos de portada barroca, eclécticos decimonónicos y chalets apegados a las maneras constructivas de la era industrial con marcado aire anglosajón. Estas fincas se retranquearon con respecto a la alineación de ese tramo de calle, pues se contempló alinearla con el tramo entre la calle Galeana y Matamoros hasta el Jardín de San Marcos, sin embargo el proyecto no prosperó y continúan como fueron concebidas originalmente, ya que la modificación inminente cambiará su forma y su sentido. Lo que vendrá después es una incógnita como todo lo referente a los tiempos futuros de la ciudad.