Luis Muñoz Fernández

 ¡Oh, alma mía, no aspires a la

vida inmortal, pero agota el

campo de lo posible!

 Píndaro. Píticas III, c. 450 a.C.

Una vez leí que los griegos antiguos inventaron todas las ideas y que lo que vino después no ha sido sino darle vueltas y más vueltas a lo que ellos pensaron. De momento, esa afirmación me pareció una exageración, hasta que cayó en mis manos la primera traducción al español de un libro que la profesora Edith Hamilton escribió en 1930, cuando aquella educadora estadounidense nacida en Alemania contaba ya con 62 años de edad. El camino de los griegos (Turner/Fondo de Cultura Económica, 2002) fue para mí como un mazazo en la cabeza.

Yo sabía –y todos lo sabemos en mayor o en menor grado– que los antiguos griegos son un pilar de la cultura occidental y una de las fuentes primordiales de esa forma de ver el mundo que en el Renacimiento recibió el nombre de humanismo, pero no tenía muy claro el porqué y, sobre todo, no lograba tender un puente entre aquellos hombres notables que vivieron en tiempos tan remotos y un médico como yo, que ejerce su profesión de patólogo tantos siglos después.

Al terminar de leer la obra de Edith Hamilton durante un intermedio en mis labores de microscopista, salí con rapidez de mi oficina en el Hospital Hidalgo y me dirigí al Departamento de Medicina Interna. Pregunté por el doctor Jorge Anselmo Valdivia, que es lo más cercano y asequible que tengo para las consultas sobre el mundo clásico. Su antigua incursión en la carrera sacerdotal lo convierte para mí en una fuente confiable y abundante de aquella antigua sabiduría. Tuve que compartirle la sensación de maravilla y asombro que me produjo la lectura que acababa terminar y le prometí que le regalaría un ejemplar a la primera oportunidad. Tiempo después, él me confirmó que aquel libro era un tesoro para todo ser humano, y más si se trataba de un médico.

Desde entonces, nuestras conversaciones han regresado con frecuencia a aquellos escasos 200 años de extraordinario esplendor intelectual y afectivo que caracterizaron a la Grecia clásica. Lejos de lo que pudiera pensarse, no se ha dicho todo de los antiguos griegos. Siguen encontrándose, en documentos y restos arqueológicos, ricas vetas cuya exploración hoy dan a conocer autores como Peter Kingsley y Michel Onfray y que, junto a las ya descubiertas y estudiadas, son una riquísima fuente para que los médicos podamos crecer en lo humano y en lo profesional, facetas ambas que resulta imposible y hasta peligroso disociar. En el sentido más profundo, no se puede ser buen médico si no se es también una buena persona.

Y para que todo lo dicho no suene al extravío de una mente recalentada por las muchas horas de observación microscópica que llevo a cuestas, trataré de exponer como ejemplo uno de los muchos lazos que unen a los médicos de hoy con aquellos antepasados por los que hay que sentir algo más que una admiración vaga, debilitada por la lejanía espaciotemporal y mermada por una falta de curiosidad que no nos podemos permitir en estos tiempos tan ayunos de su luz serena y poderosa.

¿Qué hay en el fondo de aquel impulso primigenio que nos llevó a escoger la profesión médica? ¿Qué fue lo que condujo nuestros pasos juveniles, todavía vacilantes de indecisión, hacia la escuela de medicina que nos abrió sus puertas? Se nos ha dicho que fue un llamado, y hoy yo creo que así fue, por lo menos para la mayoría. Una vocación en cuyos cimientos late una convocatoria, una llamada a filas para formar parte de una hueste milenaria y venerable. Así lo dijo William Osler en 1903, al final de un discurso titulado La palabra clave en Medicina:

Vuestro es un deber más alto y sagrado. No penséis en encender una luz que brille ante los hombres para que puedan ver vuestras buenas obras; al contrario, pertenecéis al gran ejército de trabajadores callados, médicos y sacerdotes, monjas y enfermeras, esparcidos por el mundo, cuyos miembros no disputan ni gritan, ni se oyen sus voces en las calles, sino que ejercen el ministerio del consuelo entre la tristeza, la necesidad y la enfermedad.”

¿Quién hace el llamado y quién otorga el ministerio de ese consuelo? Creo que encontré la respuesta en algo que expone el doctor Andrej Szczeklik en su precioso libro Catarsis. Sobre el poder curativo de la naturaleza y del arte (Ediciones Acantilado, 2010); se trata de algo, o alguien, a quien los antiguos griegos situaban incluso por encima de los dioses olímpicos:

He aquí una red. Vieja como el mundo. Secular.

Cae desde el cielo a la tierra trazando círculos.

Envuelve todo lo que existe. Lo arropa.

Con su abrazo nos une, nos arrebuja con la necesidad.

Su nombre era Ananké y era la madre de las Moiras, las repartidoras, aquellas que controlaban el destino de los hombres: Cloto, la que hilaba las hebras de la vida; Láquesis, la que vigilaba la longitud del hilo y Átropos, la que, llegado el momento, lo cortaba. Por encima de sus hijas y obedecida incluso por los moradores del Olimpo estaba Ananké, la Moira fuerte, la ineluctabilidad del destino, pero, sobre todo, la necesidad, esa red invisible que todo lo une y relaciona, que enlaza el cielo con la tierra, y a los seres terrenales entre sí. El doctor Szczeklik nos dice que su rastro titilante puede apreciarse en el firmamento bajo la forma de la Vía Láctea, arrojada como una faja sobre la oscuridad del cielo. En la Grecia antigua hubo quien dudó de la existencia de los dioses, pero nadie dudó nunca de Ananké, aquella red que era más poderosa que ellos.

Yo tampoco dudo de su existencia. Es más, puedo reconocerla en la piel reticulada del campesino que acude al Hospital Hidalgo para recoger el resultado de un estudio histopatológico y también en el rostro delineado por la angustia, la duda y el temor del paciente al que atiendo en mi laboratorio particular. La necesidad es una red que nos abraza a todos, para la que no importa la raza, la edad, el sexo, el partido político, la religión ni la condición socioeconómica. Sus hilos nos atan a ella y por ellos estamos unidos a todos los seres que habitan este universo.

Y creo también que fue el llamado de Ananké el que escuchamos en aquella lejana juventud, cuando decidimos entrar y permanecer en la carrera de medicina. La necesidad está en la esencia de nuestra profesión y somos los únicos que podemos atenderla de una manera tan plena. Ni siquiera los sacerdotes, tan cercanos a lo intangible, pero tan alejados de los quebrantos físicos, llegan a tener el alcance que tenemos nosotros. Llamados a brindar consuelo, tocamos el centro de este mundo, el punto de convergencia de todos los seres, y nadie como los médicos tiene el privilegio y el deber de hacerlo.

A manera de epílogo, unas palabras de prudencia. A veces, con el paso del tiempo, nos cuesta cada vez más escuchar la voz de Ananké. Si no nos preparamos espiritualmente, esa sordera creciente puede volverse un efecto indeseable del éxito profesional. Cuando este llegue, porque suele llegar si se trabaja duro, que no nos tome desprevenidos. Conservemos de nuestra juventud la capacidad de responder al llamado de esa diosa casi desconocida.

 https://elpatologoinquieto.wordpress.com