Por J. Jesús López García

La arquitectura es una disciplina ancestral. Su ocupación sigue a la humanidad desde el neolítico. La necesidad de refugio acompaña a cualquier especie, sin embargo en el caso del ser humano ese cobijo no es solamente un sitio utilitario pues desde los periodos glaciales del paleolítico en que las cuevas albergaban a nuestros antepasados, eran aquellos los lugares donde esas antiguas comunidades tenían un respiro de su dura vida cotidiana.  Espacios donde se cuidaba el fuego, donde se esbozaron las primeras narraciones que alentaron las iniciales grandes ideas, las primarias manifestaciones artísticas, las primigenias formas de organización social, las originarias creencias en entidades superiores a la realidad perceptible de las que surgirían las religiones.

Milenios después esos sitios primitivos y arcaicos fueron sustituidos por construcciones que eran lo mismo refugios pero también la cristalización de una forma, de una manera de concebir la estructura del mundo conforme iba siendo conocido y construido. Ello terminó por dejar la condición de resguardo en un plano secundario, como el sitio megalítico de Stonehenge con sus pesados dólmenes, o el sofisticado observatorio de Jantar Mantar en Jaipur, India, donde la calendarización y la astronomía eran los temas principales, o los grandes recintos funerarios  y religiosos donde la condición de refugio es más una noción metafísica, además de pensarse como dispositivos para establecer una comunicación directa con los dioses y el universo.

La arquitectura más moderna tiene pues ese filón de arcaísmo, en el crear un lugar al que se le atribuyan rasgos trascendentales -como en todo túmulo funerario- pero también de sitio de refugio -como una choza-. Y es por ello que la arquitectura más atemporal se remite a los orígenes básicos de composición con base en la imitación de la naturaleza que estructura sus formas para persistir y regenerarse; las florituras ornamentales y las configuraciones de gran impacto visual tienden a integrarse a las formas de su época y no tener una continuidad a futuro. En relación a lo anterior, basta recordar esos trajes que en los años 70 eran moda, el terciopelo azul celeste es visto ahora con una sonrisa, pero salvo que se usara en una fiesta del recuerdo, dudamos que alguien lo volviera a utilizar en un saco formal actualmente.

En ese sentido hay una línea genealógica en la arquitectura que remite sus edificaciones a sus principios históricos hace 9 mil años. La arquitectura occidental de trabe y columna se consolidó en Grecia, tomando como influencia a los grandes modelos egipcios. Esos frontones clásicos aun fueron parte de la imaginería arquitectónica por más de dos mil quinientos años y aún vemos su calado en nuestro Museo de Aguascalientes, realizado el siglo pasado.

La arquitectura moderna en apariencia rupturista realmente es una continuación de la arquitectura clásica pero con otros medios constructivos, por lo que la forma se simplificó aún mas de lo que ya habían sintetizado griegos y romanos y es así que no son pocos los edificios que llevados a cabo hace cien años continuan apreciándose como actuales.

Esos “viejos” nuevos edificios son interesantes pues son muchos los que parecen haberse concebido en nuestro tiempo. Al margen de elementos accesorios como herrerías y cancelerías entre otros, esos inmuebles se mantienen actuales, como la finca ubicada en la calle Ignacio Zaragoza casi esquina con Álvaro Obregón.

Inmueble de sencillas líneas horizontales que pudiesen ser parte de edificios realizados en otras partes de la ciudad en que nos atrae su arquitectura actual. Inició como casa y actualmente funciona como oficina, y consideramos que por la permanencia de sus ocupantes -es un despacho de arquitectos-, funciona bien también, lo que es parte de las premisas de flexibilidad de uso de la Escuela Moderna de Arquitectura y su oposición a montar jerarquías.

Los “viejos” nuevos edificios son “viejos” por la época en que fueron realizados pero la solidez de su composición, comprometida con los medios constructivos modernos, les hacen más que nuevos, parte de nuestro tiempo, aunque nuestro tiempo no se concentre en los últimos diez años. En Aguascalientes, el Sindicato de Trabajadores del Ferrocarril en la calle Madero es parte de ese universo, lo mismo que su contemporánea Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright (1867-1959), ambos edificios que van por su primer siglo de existencia.

Como se aprecia, la novedad genuina apela más a la sencillez compositiva y al compromiso con su época, que al afán por generar formas inéditas que sin dudar de su calidad o su riqueza artística y formal, tienden a pasar a la historia como un momento que aunque intenso, no deja de ser un lapso que termina por evanescerse.

Múltiples ejemplos de la arquitectura moderna los podemos admirar en las principales vías, el centro histórico y los fraccionamientos de los años cincuenta como el Primavera, Campestre y Jardínes de la Asunción. Sin duda alguna que los planteamientos modernos trastocaron la vida pausada de la primigenia Villa, sin embargo también hicieron que Aguascalientes accediera a una etapa que todavia sentimos su estela, particularmente en la arquitectura.