Luis Muñoz Fernández

Creo que ha llegado el momento de hacer una propuesta sobre la posibilidad de la unificación de las dos grandes ramas del conocimiento. ¿Se interesarían las humanidades en colonizar las ciencias? ¿Se necesitaría alguna ayuda para lograrlo? ¿Y si reemplazásemos la ciencia ficción, la imaginación fantástica de una sola mente, con mundos nuevos y mucho más diversos basados en la ciencia real, concebidos por muchas mentes? ¿Podrían los poetas y artistas visuales indagar en el mundo real más allá de los sueños ordinarios y buscar dimensiones inexploradas, la profundidad y el significado? ¿Estarían interesados en encontrar la verdad de aquello que Nietzche llamó en “Humano, demasiado humano” el arcoiris de colores en los límites del conocimiento y la imaginación? Ahí es donde se encontrará el significado de la existencia humana.

Edward O. Wilson. The meaning of human existence, 2014.

En 1959, un físico y novelista llamado Charles Percy Snow dictó la Conferencia Rede en la Universidad de Cambridge, Inglaterra y la tituló “Las dos culturas”. En ella expuso la separación que existía (y que todavía existe) entre aquellos que cultivan la ciencia y los que se dedican a las humanidades y llegó a la conclusión que nunca llegarían a entenderse completamente. Daba como ejemplo el que muy pocos científicos hubiesen leído las obras de Shakespeare y que, en correspondencia, muy pocos literatos conociesen la segunda ley de la termodinámica.

Él mismo, como escritor y físico, pertenecía a ambos mundos y tenía amistades en los dos círculos. Se reunía con científicos e intelectuales (así llamaba a los humanistas) en sitios distintos y en diferentes momentos del día:

Sentía que me estaba moviendo entre dos grupos similares en inteligencia, de la misma raza, de un origen social parecido, que tenían los mismos ingresos, pero que prácticamente habían dejado de  comunicarse entre sí y que en lo intelectual, lo moral y lo psicológico tenían tan poco en común que en lugar de trasladarme desde Burlington House o South Kensington a Chelsea, parecía que había atravesado un océano entero. […]

Los literatos intelectuales en un polo y en el otro los científicos. De estos los más representativos son los físicos. Entre los dos hay un abismo de incomprensión mutua y, a veces, particularmente entre los jóvenes, de hostilidad y antipatía, aunque, más que nada, de falta de comprensión.

Esta separación ha generado estereotipos que se han ido profundizando con el tiempo. El del científico absorto en sus investigaciones, ajeno a los problemas del mundo, que persigue el conocimiento sin reparar en las consecuencias. Y el del escritor o el estudioso de las humanidades, perdido en mundos imaginarios e incapaz de resolver los problemas cotidianos y atender las necesidades materiales de sí mismo y de su familia.

Obviamente, ambos son enfoques parciales e incompletos, puesto que hoy todos estamos de acuerdo –salvo los políticos, tal vez– en que la ciencia es uno de los motores del progreso en los países desarrollados y que el arte nos proporciona elementos esenciales para el desarrollo de nuestra condición humana. Podríamos decir que precisamos de ambos para realizarnos integralmente.

Con el paso del tiempo son cada vez más las voces que, desde ambas orillas, se levantan demandando un acercamiento entre científicos y humanistas, pidiendo que la brecha que los separa se cierre. Esta demanda proviene de la creciente conciencia de que el progreso material no lo es todo y que precisamos también avanzar en el progreso moral. De nada sirve la riqueza (material e intelectual) si no se acompaña de la conciencia para utilizarla sabiamente y, particularmente, para limitar la injusticia que impide de una manera tan terrible las posibilidades de vida de tantos millones de seres humanos.

E incluso más allá. Dadas las condiciones actuales en las que la acción humana está poniendo en peligro la supervivencia misma de nuestra especie y la continuidad de la vida en todo el planeta, necesitamos echar mano de todo nuestro ingenio y recursos para salvarnos. Tengo la impresión de que eso significa que tenemos que explorar nuevos caminos de conocimiento que incluyan, además de la investigación científica, la conciencia esclarecida que nos ofrecen las humanidades.

En este sentido, se encuentra en el cultivo de la Bioética, que Van Rensselaer Potter definía como “la ciencia de la supervivencia y un puente hacia el futuro”, un buen camino para lograr cerrar esa brecha entre las ciencias y las humanidades. Como el mismo Potter decía, necesitamos “una sabiduría para saber qué hacer con nuestro creciente conocimiento”:

Yo soy de la opinión de que la ciencia de la supervivencia debe ser construida sobre la ciencia de la biología, ampliada mas allá de sus fronteras tradicionales para incluir los elementos más esenciales de las ciencias sociales y humanidades, con énfasis en la filosofía en su sentido estricto, que significa “amor a la sabiduría”. Una ciencia de la supervivencia debe ser más que una sola ciencia y por consiguiente propongo el término bioética para poder enfatizar los dos más importantes componentes para lograr la nueva sabiduría que tan desesperadamente necesitamos: conocimiento biológico y valores humanos.

Una de las voces que viene hablando sobre la necesidad de unificar el conocimiento es el biólogo Edward Osborne Wilson, que publicó a finales del siglo pasado un libro titulado Consiliencia. La unidad del conocimiento (Consilience. The unity of knowledge. Vintage Books, 1998). La palabra Consiliencia, que significa “saltar juntos”, fue tomada por Wilson para referirse a la necesidad de unir a las ciencias y las humanidades, pero no ha tenido mucho eco y hoy se usa poco. Sin embargo, la idea de unir el conocimiento ha echado raíces y hoy está en pleno desarrollo. La idea no es nueva. El mismo Wilson así lo señalaba en aquel libro:

El sueño de la unidad intelectual floreció de manera plena en la Ilustración original, un vuelo icariano de la mente (en referencia al Ícaro de la mitololgía griega) que se extendió durante los siglos XVII y XVIII. Una visión del conocimiento secular al servicio de los derechos humanos y del progreso humano, que fue la más grande contribución de Occidente a la civilización. Dio inicio a una era moderna en todo el mundo de la que somos herederos. Y, después, falló.

Wilson ha seguido desarrollando esta propuesta durante los últimos años y la ha ido plasmando en una serie de libros. El último se titula Los orígenes de la creatividad (The Origins of creativity. Liveright Publising Coporation, 2017):

¿Qué es pues, la creatividad? Es la búsqueda innata de la originalidad. Su fuerza motora es el amor instintivo de la humanidad por la novedad: el descubrimiento de nuevas entidades y procesos, la solución de viejos desafíos y el descubrimiento de otros nuevos, la sorpresa estética de hechos y teorías inesperados, el placer de ver nuevas caras, la emoción de nuevos mundos. […]

Las dos grandes ramas del conocimiento, la ciencia y las humanidades, se complementan en la búsqueda de la creatividad.

Y estoy con José Manuel Sánchez Ron cuando afirma que “adentrarse en el territorio de la interdisciplinariedad (utilizar varias disciplinas del conocimiento) no es un ejercicio académico, es un deber moral, si no para nosotros, para los que vendrán después”. Tenemos el deber de entregar un mejor mundo a las futuras generaciones.

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