Josemaría León Lara Díaz Torre

La Segunda Gran Guerra se dio por concluida con el triunfo de los Aliados frente al Eje, particularmente con la derrota de la Alemania Nazi. El mundo había cambiado para siempre, pues quedaba de nueva cuenta en evidencia la absurda tendencia que tenemos como seres humanos para autodestruirnos; justificando y legitimando nuestras acciones con banderas ideológicas, mismas que únicamente han provocado división y muerte. La Shoá (manera correcta de llamarle al holocausto), es el ejemplo evidente de como el odio aberrante entre iguales, puede causar la muerte de seis millones de personas.
Una considerable parte de la historia del pueblo judío va acompañada de desgracia; basta con recordar la esclavitud en Egipto y el cautiverio de Babilonia, o, como con la llegada del cristianismo y después la invención del islam se convirtieron en un pueblo trotamundos, tratando de encontrar su lugar en la civilización occidental. Más, sin embargo, el pueblo elegido de Abraham siempre ha tenido su “tierra Prometida”, algo que el reconocimiento internacional hizo una realidad con la creación del Estado de Israel.
En el mes de mayo de 1948 con apoyo de las Naciones Unidas, es declarada la creación de un nuevo país: Israel: Su forma de gobierno es de una democracia parlamentaria con separación de poderes, tiene una superficie de 20,770 km2 (aproximadamente del mismo tamaño que el Estado de México), con cifras del 2016, cuenta con una población de 8,299,706 habitantes de los cuales el 74.8% son judíos. Su capital es Jerusalén, aunque las representaciones diplomáticas extranjeras se encuentran en la ciudad de Tel Aviv.
Entonces, ¿por qué ha causado tanta polémica el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, por parte del presidente estadounidense? La respuesta no es simple, ya que tiene su vertiente tanto religiosa como política. Primeramente, para la creación de Israel como país, Palestina fue dividida, provocando el desplazamiento de 600,000 árabes entre 1947 y 1949; algo que hasta la fecha sigue siendo motivo de derramamiento de sangre inocente, en esa eterna lucha por el dominio de la región entre judíos y musulmanes.
Después tenemos como epicentro del problema a la ciudad llamada “tres veces santa”, punto donde convergen las tres principales religiones monoteístas: judía, cristiana y musulmana. Ciudad con un significado espiritual profundo y con un simbolismo único, Jerusalén en pocas palabras es la capital de la fe. Y aunque es una realidad que territorialmente se encuentre dentro de Israel y que el propio país lo considere su capital, la realidad es que Tel Aviv ha funcionado hasta ahora haciendo veces de capital, evitando más disputas entre credos.
La intromisión de Donald Trump en este asunto, se puede leer de la manera más simple posible. Israel está localizado en medio oriente, punto geográfico problemático per sé; el espaldarazo que hace ahora el presidente de los Estados Unidos a su contraparte israelí Benjamín Netanyahu, es un simple mensaje para los enemigos de Israel, que su aliado “todopoderoso”, está más cerca de lo que creían.
Cabe mencionar que, desde mediados de la década de los noventas, el congreso estadounidense aprobó cambiar la residencia de su embajada en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, pero que por motivos obvios llevarlo a cabo se ha venido postergando; las declaraciones de Trump probablemente hayan sido para espantar el gallinero, pero del dicho al hecho hay mucho trecho.