Luis Muñoz Fernández

Para todos nosotros, al igual que para el petirrojo de Michigan o para el salmón de Miramichi, este es un problema de ecología, de interrelaciones, de interdependencia. Envenenamos a las frigáneas de un río y los bancos de salmones se reducen y mueren. Envenenamos a los jejenes de un lago y la ponzoña pasa de eslabón en eslabón de la cadena alimentaria y pronto las aves de ribera del lago se convierten en víctimas. Rociamos nuestros olmos y las siguientes primaveras se quedan silenciosas, sin el canto de los petirrojos, no porque los hayamos rociado directamente, sino porque el veneno ha viajado, paso a paso, a través del ciclo, ahora familiar, constituido por las hojas del olmo, las lombrices de tierra y el petirrojo. Esos son casos registrados, observables, que forman parte del mundo visible que nos rodea. Reflejan la red de  la vida (o de la muerte) que los científicos conocen como ecología.

Rachel Carson. Primavera silenciosa, 1962.

El 29 de agosto de 1962, el presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy respondía preguntas en una rueda de prensa. Después de hablar sobre varios temas, llegó la última cuestión: “Señor Presidente, en el seno de la comunidad científica hay una preocupación creciente por la posibilidad de que existan efectos nocivos derivados del uso masivo del DDT y otros pesticidas. ¿Ha considerado pedirle al Departamento de Agricultura o al Servicio de Salud Pública que investigue sobre este asunto?”. Kennedy no titubeó y dijo enseguida: “Sí, sé que están analizando el tema, en especial por lo del libro de la señorita Carson”.

¿A qué libro se refería el presidente John F. Kennedy? Para entonces, Rachel Carson ya era una escritora muy apreciada. Su libro El mar que nos rodea, publicado en 1951, se mantuvo en el primer lugar de la lista de los libros más vendidos del The New York Times durante 31 semanas consecutivas, de su versión en inglés se han vendido desde entonces más de dos millones de ejemplares, se ha traducido a más de 30 idiomas y ganó el National Book Award en 1952. He aquí un pequeño fragmento que ejemplifica que se le llamara “la científica-poeta del mar”:

Para el mar como conjunto, la sucesión de los días y las noches, el rodar de las estaciones, la procesión de los años, se pierden en su vastedad, borrados por su propia eternidad inmutable. Pero las aguas superficiales son diferentes. La faz del mar es inquieta y cambiante; cruzada por colores, luces y sombras que se mueven, centelleando al sol, misteriosa en el crepúsculo, su aspecto y su fisonomía varía de hora en hora. Las aguas superficiales se mueven con las mareas, se agitan al soplo del viento, se elevan y caen con las olas incesantes y apresuradas y, sobre todo, cambian con el paso de las estaciones.

Entre 1958 y 1962, Rachel Carson había preparado un libro que ya no trataba sobre el mar del que había escrito hasta entonces. Lo tituló Primavera silenciosa porque en las primeras páginas describe una ciudad norteamericana ficticia (aunque inspirada en la realidad) en la que “había una extraña quietud. Los pájaros, por ejemplo… ¿dónde se habían ido? Mucha gente hablaba de ellos, confusa y preocupada. Los comederos de los patios estaban vacíos. Las pocas aves que se veían se hallaban moribundas: temblaban violentamente y no podían volar. Era una primavera sin voces”.

Hasta ahí la ficción. En el resto del libro, Carson describe con su habitual maestría literaria y minuciosidad científica los efectos dañinos del uso de los pesticidas, en especial el DDT, a los que equiparaba, junto con el uso bélico de la energía atómica, como la mayor amenaza hasta entonces conocida para la conservación de la vida en nuestro planeta y la supervivencia de la especie humana:

Parejo con la posibilidad de extinción de la especie humana por la guerra atómica, el problema central de nuestra época ha llegado a ser, por consiguiente, la contaminación del ambiente total del hombre por medio de tales sustancias de increible potencia dañina, sustancias que se acumulan en los tejidos de plantas y animales y que incluso penetran en las células germinales para desbaratar o alterar el mismo material hereditario del que depende el futuro de la especie.

Primavera silenciosa se publicó primero en tres partes en la revista The New Yorker en junio de 1962 y como libro por la editorial Houghton Mifflin en septiembre de ese año.Asombra la extraordinaria belleza de algunos párrafos y su capacidad para anticiparse al futuro, como cuando parece adivinar la capacidad que hoy ya tenemos para modificar selectivamente el material genético de los embriones humanos (sin saber todavía qué podemos provocar con ello):

Algunos pretendidos arquitectos de nuestro futuro avizoran una época en la que será posible alterar deliberadamente el germoplasma humano [las negritas son mías]. Pero bien pudiera ser que ahora lo estuviéramos haciendo, así inadvertidamente, porque muchas sustancias químicas, como la radiación, provocan mutaciones genéticas. Resulta irónico pensar que el hombre pueda determinar su propio futuro mediante algo aparentemente tan trivial como la elección de un pulverizador insecticida.

Primavera silenciosa no es cualquier libro. Además de haber generado conciencia sobre las acciones irresponsables del ser humano y su efecto letal en la naturaleza, inició lo que hoy conocemos como movimiento medioambiental. Sólo en los Estados Unidos de Norteamérica, el libro impulsó la promulgación de la Ley sobre la Pureza del Aire (1963), la Ley sobre la Vida Salvaje (1964), la Ley Nacional sobre las Políticas Medioambientales (1969), la Ley sobre la Pureza del Agua y la Ley sobre las Especies Amenazadas (ambas en 1972) y condujo a la creación de la Agencia de la Protección del Medio Ambiente (1970). Por todo todo ello, Rachel Carson fue citada para declarar ante el Senado en 1963.

Su libro fue una sacudida en la conciencia de los estadounidenses y desencadenó en su contra la ira de la poderosa industria agroquímica de aquel país. En El modo correcto de recordar a Rachel Carson, publicado por The New Yorker el 26 de marzo de 2018, Jill Lepore señala que “el número de libros que, como Primavera silenciosa, han hecho tanto bien a la humanidad se pueden contar con los dedos de la mano de una estrella de mar”.

Lamentablemente, mientras Rachel Carson terminaba de escribir Primavera silenciosa, en su interior se desarrollaba un cáncer de mama que la mató dos años después de la publicación de su libro. Una serie de prejuicios y limitaciones de la época impidieron que su enfermedad pudiese ser detectada a tiempo y tratada de mejor manera.

Hoy podríamos pensar que el mundo aprendió lo suficiente para evitar el peligro que implica el uso de los pesticidas, pero no es así. Basta leer lo que publicó Eliane Brum, destacada periodista brasileña, justo el martes 2 de julio de 2019 en el periódico español El País, artículo que tituló Europa: eres cómplice de Bolsonaro:

El Ministerio de Agricultura lo dirige Tereza Cristina, una ganadera conocida en Brasil como la “musa del veneno” por sus servicios prestados a las corporaciones de pesticidas. Desde la investidura del ultraderechista Jair Bolsonaro, la media de aprobación de venenos ha sido de más de uno al día. Por lo que las agencias de periodismo de investigación Repórter Brasil y Agência Pública decidieron crear el @Robotox, un robot que tuitea a cada autorización: desde enero, ya son 239 pesticidas nuevos.

Rachel Carson falleció al atardecer el 14 de abril de 1964. Sus cenizas se lanzaron al mar que baña su amada costa de Maine.

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