El Heraldo de Aguascalientes

La Revolución Mexicana vista por Héctor Treviño Herrera Q.E.P.D.

Jesús Eduardo Martín Jáuregui

No tengo duda de que si le hubieran preguntado al doctor Héctor Treviño Herrera si quería morir en un día determinado, hubiera elegido el 26 de julio. Le faltaron unos cuantos días. Su cuerpo cansado y enfermo era una prisión para su espíritu libérrimo, aventurero, generoso, emprendedor, solidario, amoroso, magistral, y decidió partir para otros planos en que estará desplegando todas sus facultades. Me brindó su amistad, su consejo, sus regaños suaves cariñosos. Más de una vez, cuando en este mismo espacio mi pluma, que no yo, se desmandaba, el doctor, paternal, me decía, “Jesucito, puedes decir lo mismo de otra manera, para qué molestar”. Sus iniciativas a través del Grupo de Interés Histórico fueron múltiples en beneficio de la ciudad, del estado, del país y sus habitantes. Su compañerismo y solidaridad eran proverbiales. Sus convicciones se vertían en su ejercicio profesional y sus posiciones en temas tales como la equidad de género, la homofobia, la eutanasia, y su indeclinable vocación republicana y democrática, lo llevaron no pocas veces a contrariar las “buenas conciencias”. El tiempo le ha dado la razón, en muchos de ellos y seguramente se la seguirá dando. Pecando de indiscreto publico una anécdota que me platicó, su experiencia al haber participado en una marcha en contra de la homofobia en la ciudad de Guadalajara, alguna persona de los espectadores le gritó: “mire nomás tan viejo y en estas danzas”. El doctor Treviño ágilmente le contestó: “véngase porque de viejo duele mas”. Lo platicaba y soltaba la carcajada.

En su homenaje y recuerdo emocionado reproduzco un texto que le dediqué para su libro: La Revolución Mexicana vista por un revolucionario.

 

“El primer deber de un revolucionario es hacer la revolución” Ernesto “Che” Guevara.

Un libro más sobre la Revolución Mexicana, es una empresa arriesgada cuando tanto se ha escrito y tanto se ha dicho sobre este cataclismo social que sacudió a nuestro país en la primera mitad del siglo XX. Desde la visión de epopeya romántica de la novela de la Revolución con sus Demetrios Macías, hasta las más recientes que cuestionan la existencia misma del proceso revolucionario y lo plantean como una serie de revueltas sin solución de continuidad, que fueron integradas en la visión política de Lázaro Cárdenas como una unidad sociopolítica, con una orientación ideológica socialista, muy de su momento.

Héctor Treviño ha vivido arriesgadamente, muchas veces a contrapelo del establishment que tiende a mantener un estado de cosas, con un ideal fortalecido en la lucha cotidiana, un ideal de justicia social, de libertad, de rompimiento de las  estructuras de producción que prolongan la explotación del hombre por el hombre. Como Quijote moderno puso a prueba sus armas, sus convicciones, sus lealtades, sus ideales, residiendo en Cuba por una década posterior a la revolución, experiencia que nos ha regalado en un libro diverso. Las armas pasaron la prueba y de regreso a México, en la práctica de su profesión de médico cirujano, en el apoyo a procesos y grupos libertarios, en la cátedra de la vida que ejerce con generosidad y sin descanso, Treviño ha dado cuenta y razón de que ser revolucionario no significa sólo empuñar las armas y ofrendarse en un sacrificio no siempre oportuno aunque siempre fructífero, sino que el comportamiento, la conducta, el predicar con el ejemplo debe servir para acelerar un proceso social que tarde o temprano habrá de presentarse.

La Revolución que vibra en estas páginas es la gesta de hombres concretos, de carne y hueso, que personifican un proceso social que se produce como una respuesta necesaria a una etapa de pacificación con mano dura, de modernización a costa de la explotación, de “nacionalismo” de los “científicos” excluyente de los grupos indígenas, obreros y campesinos.

Héctor Treviño aborda con pasión a los actores de la gesta, siendo como lo es, un practicante del casi extinto arte de la conversación, nos los va descubriendo en un tono amable, casi coloquial, como en una charla de amigos, en que van apareciendo facetas no conocidas, anécdotas que los enriquecen, detalles que salpimientan el relato, todo soportado en el andamiaje de una estructura temporal y una división por etapas que responde a un análisis profundo. El relato es fresco y puede hacer pensar que sea superficial, pero su aparente sencillez no oculta las muchas horas de lecturas, de estudio, de reflexión de una obra de esta naturaleza.

La historia nunca está terminada, como la vida, siempre está haciéndose. Cada generación tiene que reinterpretarla, no como un deber académico o un mero ejercicio hermenéutico, sino  como necesidad vital. Los mismos hechos en la perspectiva del tiempo y de los cambios sociales adquieren dimensiones más ricas, interdependencias, hilos conductores, matices, que permiten con su comprensión entender mejor el ahora y, por decirlo con García Morente, proyectarse hacia el mañana. Cada historiador, cuando la aborda con seriedad y nutriéndose de las fuentes, enriquece la perspectiva de su tiempo. Conscientemente he  escrito historiador y es bien sabido que nuestro autor es médico cirujano, pero el ejercicio de la medicina, más aún cuando se abrevó en las fuentes de los grandes maestros que seguían la clínica francesa, dota de una metodología rigurosa, analizando los datos para arribar a un diagnóstico, si le agregamos el conocimiento y aplicación del método dialéctico, en el que el autor ha profundizado, tendremos un elemento adicional para el estudio de la historia y sí, como buen cirujano practica los cortes necesarios para poner a descubierto aquello que no es contemplable a simple vista, diseca, secciona, desbrida, ¿qué se yo?, la combinación resulta afortunada y de ello juzgará el lector.

Un detalle más. No obstante su esfuerzo por la objetividad, por momentos Héctor Treviño se traiciona, no oculta su simpatía por tres protagonistas, pero a mi manera de ver, se le justifica. ¿Quién podría criticarle su simpatía por Pancho Villa, héroe si no a la altura del arte, como quisiera López Velarde, sí a la altura de la leyenda, de la epopeya, de la historia? ¿Quién podría criticarle su simpatía por el ferrocarril, protagonista principalísimo de la revolución, enraizado fuertemente a su familia? ¿Quién podría criticarle su simpatía por Aguascalientes, su origen y en donde después de recorrer mundo ha recogido sus pasos?.

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