Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La historia de la humanidad registra acontecimientos que sin duda significan hitos en su desarrollo, algunos han quedado consignados con pelos y señales, otros sin pelos ni señales. No sabemos, por ejemplo, quien inventó la aguja para coser y tampoco el primero que desarrolló un instrumento tan útil como las tijeras. En la noche de los tiempos se pierde el inventor de los números y conocemos al inventor de la coca cola aunque no sepamos el nombre del benefactor del género humano que inventó la Cuba Libre. Sabemos que Moisés propaló los 10 Mandamientos aunque su origen sea divino y sabemos bastante de él, pero del Buda Sidharta Gautama conocemos la tradición oral y una serie de enseñanzas conservadas también de boca en boca que nos dicen poco de la persona de carne y hueso.

Entre los acontecimientos notables que han marcado un parteaguas de la historia y de los que conservamos información sobre su gestación y desarrollo ocupa un lugar preponderante la que mi maestro Don Luis Recaséns Siches denominaba la revolución con “R” mayúscula y por antonomasia, en la que el pueblo de la comuna de París harto del despotismo pero seguramente mas de las privaciones e inseguridad, que el despotismo como quiera se soporta con la barriga llena, se alzó en armas y tomó liberando a sus presos con un gesto harto simbólico, la prisión insignia de los Luises: la Bastilla. Por cierto y va de anécdota, en la Presidencia Municipal de San Miguel el Alto que ocupa parte de lo que fuera cárcel preventiva se conservan sobre las puertas los nombres de las antiguas crujías, nombres de penales tristemente célebres: Lecumberri, San Quintín, San Juan Dulúa (sic) y Lavastilla (resic). Las prisiones, ¡qué le vamos a hacer!, también tienen su historia y su fama, aunque por su naturaleza suele ser mas notable la mala que la buena fama. Es más, no sé, no puedo recordarlo, si haya alguna prisión simpática, como no sea la ratonera en la que cayó el Ratón Vaquero o aquella romántica de la que escapara “Papillon”.

El 14 de julio de 1789 el pueblo parisino levantado en armas tomó la prisión, liberó a sus presos e hizo a su vez prisionero dándole luego muerte al “gobernador” de la cárcel Bernard-René Jordan de Launay. La prisión fue demolida casi inmediatamente después lo que sirvió, según la tradición, para que un comerciante hiciera su agosto vendiendo partes de la construcción como recuerdo (algo así como lo que aconteció con la cortina de hierro). La Bastilla era una fortificación levantada para proteger la entrada oriente de París, la llamada puerta de San Antonio, levantada durante el siglo XIV en el reinado de Carlos V (de Francia desde luego). Era grandota, alrededor de 2,500 metros cuadrados y originalmente sólo tenía cuatro torres, después le añadieron otras cuatro y cada una, vieja tradición francesa, tenía su nombre. Como toda fortificación que se respetara tenía su gran foso perimetral y a no dudarlo su puente levadizo. Como muchas fortificaciones defensivas rápidamente resultó ineficaz e insuficiente, de modo que se le buscaron otras vocaciones para las que resultó inadecuada hasta que monsieur Bernard-René Jordan de Launay cardenal duque de Richelieu y de Fronsac decidió convertirla en prisión, aparentemente para algunos presos distinguidos con algún tinte político, víctimas de las llamadas lettres de cachet, órdenes reales que condenaban a prisión sin previo juicio.

En la actualidad el lugar que ocupaba la prisión lo ocupa la plaza de la Bastilla en cuyo centro se erige una columna rematada por una victoria alada y dorada, que seguramente cualquier turista mexicano podría tomar como una réplica del “ángel” de la Independencia, que en todo caso sería ángela, pero que en realidad como la de París representa “la victoria”.

La fortaleza-prisión se convirtió en un símbolo del absolutismo, quizás por lo grande, inútil y anquilosada, pues a pesar de su gran tamaño al parecer sólo albergaba unos cuantos huéspedes que, probablemente, tenían un peso específico político, por lo que su toma y destrucción subsecuente se han erigido como simbólico inicio de la Revolución Francesa. Finalmente los hombres requerimos de los símbolos y vienen bien para ejemplificar comportamientos, actitudes y hechos históricos. Imaginen, (sinagra como dicen los chavos), a un Hidalgo sin estandarte, a un Morelos sin paliacate, a un Juárez sin levita, a un Zaragoza sin lentes, etcétera y etcétera. De manera que la toma de la Bastilla se convirtió como quisieron los historiadores románticos en el signo ¡mais oui! de la Revolución y el signo de una de las mas trascendentes gestas de la historia en la lucha por la conquista de los derechos del hombre y del ciudadano frente al estado.

Curiosa paradoja que se repite. Las creaturas humanas y el estado es una creación del hombre, se vuelven contra su creador y lo que surgió para proteger, ayudar y ser ocasión para su desarrollo pleno se convierte en un ente que conculca la libertad y su crecimiento personal. La historia de la humanidad de alguna manera es la historia de la tensión entre el hombre y su creatura (el estado), la historia de los mecanismos que emplea éste último para sojuzgar al individuo y de los mecanismos que el Hombre (así con mayúscula) desarrolla para poner cercos al poder estatal.

A los pocos días de la Toma de la Bastilla, el 26 de agosto de 1789, el pueblo francés organizado en la Asamblea Nacional Constituyente aprobó la llamada Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, documento fundamental de la Revolución y precursor de los Derechos Humanos. La Declaración, inspirada en una visión iusnaturalista, constituye un catálogo mínimo de los derechos que le son atribuidos al hombre por su propia naturaleza y por ello mismo resultan inalienables. Luego del triunfo de la Revolución la Declaración, como la Toma de la Bastilla se convirtieron en iconos de la Revolución y paradigmas libertarios. La Declaración inspiró seguramente las llamadas partes dogmáticas de las constituciones políticas occidentales y fue un claro antecedente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada y proclamada por la asamblea de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948.

La gran gesta de la humanidad que inició aquel 14 de julio ahora ocupó solo unas cuantas líneas en la columna de efemérides que publican algunos diarios. El mundial dejó poco espacio para otras notas que no fueran Alemania, Argentina y Brasil. Las protestas de muchos brasileños por el dispendio que significó para el país la organización del Campeonato Mundial fueron pecata minuta ante la calificación “casi perfecta” que otorgó la FIFA a los organizadores. Unos contentos, otros no tantos, otros tristísimos, no dejaron espacio en su ánimo para el recuerdo de la comuna francesa. La Declaración Universal, monumento histórico, permanece como un signo libertario aunque, ¡qué pena!, muchos de sus postulados sigan siendo letra muerta.

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