Josemaría León Lara Díaz Torre

Siempre he criticado y tenido poco respeto para las personas de carácter gris; aquellas personas que pasan por la vida desapercibidos, sin expresar claramente qué es aquello en lo que creen; ese tipo de personas que evita conflictos a falta de carácter para poder defender sus creencias e ideales. Ya que no es otra cosa que la neutralidad, vivir sin rumbo ni bandera y no tomar parte en nada, huyendo de cualquier tipo de compromiso.
Irónicamente me encuentro en esa situación. Esto no significa que no respete lo que creo y que por ende no me respete a mí mismo; lo que sucede es que no me siento identificado con ninguno de los dos bandos, que a la mínima provocación ofenden y agreden a su contraparte, por la ceguera que ha sido causa de la falta de diálogo y respeto.
Aquí encontramos uno de los factores más increíblemente hermosos de nuestra naturaleza humana: la diversidad. Misma que es aquello, que nos permite a cada ser humano en lo individual diferenciarnos el uno del otro; y precisamente en lo diferente de cada individuo, donde encontramos el complemento necesario, que se traduce en: vivir en sociedad.
En la dualidad interna entre los talentos y los defectos, todos somos diferentes, pero también la gran mayoría compartimos las mismas pasiones, siempre teniendo presente la ambivalencia entre el bien y el mal. En los principales aspectos de nuestra condición humana, no hay cabida al relativismo, pues en la diferencia se encuentra a la semejanza, anteponiendo ante todo, la dignidad humana.
Hemos olvidado la dignidad del ser humano, base principal de cualquier sociedad que busca y encuentra la paz. Las ideologías, los líderes, las tendencias, el progreso, las tecnologías de la información e inclusive la doctrina pueden cambiar, y servir como faro que guíe a los pueblos en determinados periodos de la historia e inclusive en la actualidad; más algo es cierto y siempre lo será, la naturaleza humana permanece.
Basta con poner como ejemplo la utopía que representa el ideal comunista, ya que en la búsqueda de una sociedad igualitaria se busca suprimir las diferencias entre los individuos. Ahora bien, es necesario reconocer que la cultura, las tradiciones y las costumbres juegan un papel de suma importancia al influir en nuestro actuar y nuestro pensamiento, sin embargo, permanece aquello que nos diferencia del resto del reino animal: la razón.
Algo que también hemos olvidado, al dejar de pensar, al dejar de preguntar las cosas importantes, al dejar que otros pocos piensen por nosotros, al tratar de encontrar una identidad ajena y al dejar de ser quienes en realidad somos. Motivos hay muchos, pero el dejar de usar la razón, es seguramente la causa de muchos de los problemas que a diario nos enfrenta y hiere como sociedad.
Veo un país que sufre de una efervescencia social terrible, con dos frentes aparentemente ideológicos y que pretenden defender lo indefendible. Esto no quiere decir que aquello por lo que pelean no sea noble y digno de defensa; más los argumentos utilizados por ambas partes, son demasiado estructurados y tan establecidos, que de origen impiden llegar al diálogo por ende al consenso.
Y aunque de manera personal y racional comulgo con las bases ideológicas de una de las partes, no me siento identificado con la manera que estigmatizan a sus opuestos. Tampoco me siento atraído por el falso carisma de los líderes del movimiento, que no demuestran otra cosa que prepotencia e intolerancia, algo que al final del día se traduce en odio.
Pero a su vez, en ciertos puntos estoy de acuerdo con el otro frente ideológico; al ser partidario de que todos al ser personas, contamos con la misma dignidad y el mismo sueño de alcanzar la felicidad sin importar dónde o con quién la lleguemos a encontrar. Pues todos somos piezas activas y fundamentales para el desarrollo de la colectividad, sin importar lo que cada uno podamos llegar a hacer en lo privado.
Después de todo, permanezco neutral, a pesar de que intelectualmente me corrompe por dentro. Pero aun así, confío en que con la interlocución que se presta al diálogo, izando la bandera del respeto por ambos flancos, se podrán alcanzar esos puntos en común, que propiciarán la cordialidad y por último la paz.
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