Luis Muñoz Fernández.

En 1883, un año después de la muerte de Charles Darwin, Francis Galton, un primo suyo, publicó un libro provocador –“Investigaciones sobre las facultades humanas y su desarrollo”– en el que presentaba un plan estratégico para mejorar a la raza humana. […] El cruce selectivo de los seres humanos más fuertes, más inteligentes y mejor dotados –la selección no natural–, imaginaba Galton, permitiría lograr en apenas unas pocas décadas lo que a la naturaleza le habría llevado eones enteros.

Galton necesitaba una palabra para esta estrategia. “Necesitamos imperiosamente un nombre para la ciencia de mejorar las reservas”, escribió, “y dar a las mejores razas y linajes una mayor oportunidad para que predominen rápidamente sobre los peor dotados”. Para Galton, la palabra “eugenesia” fue un hallazgo muy oportuno –“al menos un término más preciso que el de ‘viricultura’, que me atreví a usar una vez–. Combinaba el prefijo griego “eu” – “bueno”–con “génesis”: “de buena simiente, dotado de nobles cualidades mediante la herencia”.

 Siddharta Mukherjee. The gene. An intimate history, 2016.

El anuncio que hizo He Jiankui en días pasados para dar a conocer que había editado el genoma de dos gemelas en China para hacerlas inmunes a la infección por el VIH, el virus del sida, provocó y sigue provocando un verdadero terremoto en la comunidad internacional. El asunto, que se dio a conocer apenas hace una semana y sobre el que escribimos las primeras impresiones (léase en este mismo espacio Bebés a la carta: http://www.heraldo.mx/bebes-a-la-carta/), ha seguido ocupando los primeros lugares en todo tipo de medios informativos y, sobre todo, en las revistas científicas. Sin ir más lejos, éste miércoles 5 de diciembre de 2018, la prestigiosa revista inglesa Nature le dedicó dos editoriales. Uno de ellos se titula “El científico que editó el genoma de las bebés fracasa en satisfacer a sus críticos”.

Una de las razones por las que el doctor He Jiankui ha provocado este revuelo es que con su experimento, realizado en embriones humanos viables, reavivó el fantasma de la eugenesia, aquella disciplina seudocientífica originada en Inglaterra durante el siglo XIX, que enraizó con fuerza en los Estados Unidos de América a principios del siglo XX y que alcanzó sus más altas y terribles cotas durante la Alemania nazi a mediados del siglo pasado.

La idea de la eugenesia gira en torno al mejoramiento de la especie humana favoreciendo, por un lado, la reproducción de aquellos que se consideran mejor dotados física e intelectualmente (eugenesia positiva) y, por el otro, impidiendo la reproducción de los considerados inferiores por sus taras físicas y psíquicas (eugenesia negativa) o, incluso, eliminándolos (asesinándolos), tal como se hizo durante el Tercer Reich mediante el programa de higiene racial para matar a quienes los nazis identificaron como “vidas indignas que no merecen ser vividas”, lo que, entre otros, incluía a delincuentes, enfermos mentales, discapacitados físicos, disidentes poíticos, pedófilos, homosexuales, haraganes, dementes, religiosos y otros.

Antes que los alemanes, los campeones de la eugenesia negativa fueron los norteamericanos. Con el espíritu pragmático que los distingue, pusieron en marcha un vasto programa nacional para limitar la reproducción de todos aquellos a los que consideraban no aptos. El padre de este movimiento fue el biólogo Charles Davenport, que en 1910 fundó en el Laboratorio Cold Spring Harbor de Nueva York su Oficina de Registro de la Eugenesia y, un año después, publicó La herencia en relación con la eugenesia, que se convirtió en la biblia del movimiento eugenésico y en el libro de texto de genética preferido por la mayoría de las universidades norteamericanas.

Pronto se establecieron centros de confinamiento, llamados “colonias” para los genéticamente deficientes. Se conformaron comités para considerar la esterilización forzada de hombres y mujeres no aptos (epilépticos, criminales, sordomudos, débiles mentales y visuales, aquellos con malformaciones óseas, enanismo, esquizofrenia, psicosis maníaco-depresiva y otras condiciones). Bleecker Van Wagegen, apadrinado por Davenport y presidente de la Asociación Americana de Criadores, señaló que “cerca del diez porciento de la población es de sangre inferior, totalmente incapaz de procrear ciudadanos útiles”. Veintinueve estados de la Unión Americana adoptaron leyes que obligaron a la esterilización a más de 60 mil estadounidenses considerados genéticamente deficientes. Todos estos esfuerzos fueron financiados por los grandes magnates de la época: los del acero (Carnegie), los de los ferrocarriles (Harriman) y los del petróleo (Rockefeller).

¿Tiene algo que ver la eugenesia de la que estamos tratando con la modificación genética que He Jiankui practicó en las gemelas chinas para hacerlas resistentes a la infección por el VIH? Mucho antes de que se inventara la técnica utilizada por el genetista chino, Michael Sandel, filósofo norteamericano que ha sido recientemente galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales, ya reflexionaba sobre los aspectos éticos de algunas aplicaciones de la genética en su libro Contra la perfección. La ética en la era de la ingeniería genética (Marbot Ediciones, 2007). Anticipándose con gran intuición al debate que hoy nos ocupa, señaló:

La sombra de la eugenesia se proyecta sobre los debates actuales acerca del perfeccionamiento y la ingeniería genética. Los críticos de la ingeniería genética argumentan que la clonación humana, la optimización y la búsqueda de niños de diseño no son sino formas “privatizadas” o “de mercado” de la eugenesia. […] la eugenesia es objetable también por otras razones: aunque no haya ningún tipo de coerción, algo está mal en la ambición, ya sea individual o colectiva, de determinar las características genéticas de nuestra progenie mediante un diseño deliberado. En nuestros días, no es tan probable que estas ambiciones se traduzcan en políticas eugenésicas promovidas por el Estado como que lo hagan en prácticas reproductivas que permitan a los padres escoger la clase de hijos que desean tener.

Sandel advierte que en esta era del genoma humano, la eugenesia está resurgiendo, no ya como una política obligatoria del gobierno, sino ofreciendo mediante la tecnología genética actual, y la técnica de edición genómica CRISPR/Cas9 usada por Jiankui es un buen ejemplo, la posibilidad de que los padres diseñen los rasgos genéticos que optimicen las capacidades de sus hijos. Es el triunfo del deseo de dominio sobre la aceptación de lo recibido (el don). Y entonces, Sandel se pregunta: “¿Por qué habría de preocuparnos este triunfo? ¿Por qué no nos sacudimosde encima nuestra incomodidad ante el perfeccionamiento como una superstición más? ¿Qué se perdería si la biotecnología disolviera nuestra conciencia de lo recibido?”. Y su respuesta es:

Desde el punto de vista de la religión, la respuesta es clara: creer que nuestros talentos y capacidades son completamente obra nuestra es malentender el lugar que ocupamos en la creación, confundir nuestro papel con el de Dios.

Pero la religión no es la única fuente de razones para valorar lo recibido. También es posible describir en términos seculares lo que está en juego moralmente. La erosión de nuestra apreciación del carácter recibido de las capacidades y logros humanos como resultado de la revolución genética supondrá la transformación de tres elementos centrales de nuestro paisaje moral: la humildad, la responsabilidad y la solidaridad.

Los padres perderemos la humildad de recibir a nuestros hijos tal como vengan al mundo, seremos abrumadoramente responsables de sus capacidades y, con el poder de hacernos a nosotros mismos, veremos mermada nuestra solidaridad con los menos favorecidos, a quienes haremos culpables de su propia desgracia. La nueva eugenesia.

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