Noé García Gómez

Si bien el concepto de comunicación política se puede considerar joven, concebido a mediados de la década de 1950, como que el individuo “ha desarrollado la política valiéndose de la comunicación con la finalidad de convencer e influir en los ciudadanos para la aceptación de un modelo económico, político y social, en el cual se sigan ciertas normas, valores y principios del sistema político imperante”, así lo establece Reyes Montes. Las nuevas formas de comunicación electrónica y las redes sociales han cambiado enormemente los cánones para ejercerla. Berrocal dice: “La construcción de su imagen política fue tan cuidada (…), la construcción simbólica de la autoridad emprendida en la edad moderna condujo directamente a la preocupación por el espectáculo (…) a la vez que demostró que la persuasión a través del arte y la comunicación, por todos los medios posibles, son dos grandes poderes del Estado”.

La comunicación cumple un papel importante en las democracias, ya que da elementos para conocer la actuación de políticos, gobernantes y funcionarios, para con ello procesar con nuestro criterio la forma de pensar y decidir frente al gobierno. La forma clásica de concebirla consistía en Opinión pública > periodistas > Políticos > periodistas > medios > opinión pública, hoy no siempre es la anterior cadena, ya que hay nuevos elementos que se insertan o sustituyen eslabones en la cadena; Influencer: es una cuenta y/o persona con credibilidad sobre un tema concreto y/o en una comunidad determinada; redes sociales: son sitios de Internet formados por comunidades de individuos con intereses o actividades en común (como amistad, parentesco, trabajo) y que permiten el contacto entre éstos, de manera que se puedan comunicar e intercambiar información.

En la tradición de la política mexicana se establecieron estilos y reglas influidas en la regla de la forma y fondo priista. Sobre todo la comunicación política de altas autoridades como presidentes municipales, gobernadores y no se diga el presidente de la república. Como ejemplo: evitar las llamadas entrevistas banqueteras, donde el funcionario en cuestión podría dar un traspié verbal que pudiera tener consecuencias mediáticas y políticas, por eso cada que tenga que hablar de un tema, hay un protocolo, escenario, guión, comunicado y moderación de la temática a tratar.

Sin querer hacer una insana comparación hay dos personajes que han contribuido a dar ese vuelco a la comunicación política, que se suman a esos nuevos elementos (influencer y redes sociales), el presidente estadounidense Donald Trump y el presidente de México Andrés Manual López Obrador. ¿Por qué?

El primero, Trump, por su promiscuidad en emitir twetts, él mismo se ha denominado “el Ernest Hemingway de los 140 caracteres”, con base en descalificativos y lenguaje que puede considerarse soez o grosero. No importa la importancia y la trascendencia del tema, él puede emitir un twitter que muy seguramente sabrá las repercusiones mediáticas y políticas.

El segundo, López Obrador, con sus conferencias llamadas “mañaneras”, donde casi todos los días sale a tratar un tema, acompañado de alguno de su equipo. Algunos consideran que desde el mote que se les puso “mañaneras” ya se desprestigia un acto que antes era formal y protocolario para los presidentes, además de que las poses, gestos y lenguaje da para el meme o el chascarrillo; los defensores lo consideran una forma de rendición de cuentas popularizada.

La realidad es que se esté de acuerdo o no en dichas estrategias, hoy la comunicación política no es la misma.

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