Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Viernes 27 de abril de 2018. En el Foro de las Estrellas se presenta Caifanes, en mi inútil opinión, el mejor grupo mexicano de rock… ¿O será más bien “el mejor grupo de rock mexicano”?

A lo mejor no es ni lo uno ni por otro sino todo lo contrario porque señora, señor: ya ve que cada cabeza es una confusión, y unos dirán que Café Tacuba, otros que la Maldita Vecindad, y a lo mejor no faltarán aquellos que se decidan por Maná, y desde luego estarán los de más allá, que ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, pero el hecho es que me descubro la cabeza ante su música y sus letras, preñadas de sentidos ocultos –o quizá sinsentidos explícitos-, ante las cueles intento sumergirme en las imágenes que evocan; los sonidos y las palabras.

En fin, será como es, o como sea; o como fue, el hecho es que el espacio termina llenándose a plenitud. ¡Cuántos jóvenes! Es este un público de veinteañeros, treintañeros, y no demasiado más, signo inequívoco de que Caimanes es un clásico, una agrupación que ingresó por derecho propio en la historia de la música mexicana.

La espera es aligerada por un equipo de sonido, tan bueno como la música que difunde Son los Beatles con Taxman, Dr. Robert, Oh Darling!, Revolution, I am thewalrus. Pero además están piezas de Doors, Rolling Stones, Cream, Deep Purple, puro lujo.

Alrededor de la hora señalada para el inicio del concierto cesa la música sagrada…. Perdón: grabada, se apagan las luces, se encienden las tres pantallas monumentales, la gritería crece y decenas de teléfonos móviles se iluminan para multiplicar en las pantallas la imagen del escenario. Los brazos se alzan y en decenas de manos los dedos corazón y anular se cierran sobre las palmas para formar cuernos… ¿O qué significa ese gesto?

Sube en primer lugar Diego Herrera, viene hasta el borde del escenario, junta las manos como en oración, hace una caravana, va a su puesto frente a los teclados y comienza a acariciar las teclas. Suben los demás Caifanes, aupados por el griterío del respetable y el sonido de los teclados. Una vez que todos están en sus puestos se escucha el sonido rítmico de las baquetas al ser golpeadas una contra otra, que pone en sintonía a los ejecutantes para abrir el concierto con Los dioses ocultos, que es debidamente coreada por el respetable, cosa que ocurrirá en varias ocasiones, ahorrándole el gasto de voz a Saúl Hernández, el maestro de capilla del grupo. Entre tanto las pantallas proyectan imágenes del Sol, su atmósfera, sus turbulencias, algo muy a tono con la letra.

A Los dioses ocultos sigue Viento. Termina la pieza y Saúl da la bienvenida al respetable y agradece estar aquí, en tu feria, tu espacio. Gracias por lo que nos estás dando. Me parece que esto no termina, y con ustedes jamás terminará, que Dios los bendiga. Muchas, muchas, muchas gracias. Vamos a ver qué hay en el cielo; vamos a dar una vuelta.

Transcurre el concierto entre humo e imágenes, a veces son los músicos en pleno romance con su instrumento, musical; a veces son videos o fotografías de protestas, resistencias, periodistas asesinados, impunidad, hartazgo, y en el fondo de todo la frase tremenda del periodista asesinado Javier Valdez Cárdenas: Que nos maten a todos si es la condena por reportear este infierno.

Todas las piezas son bienvenidas; y se suceden unas a otras casi sin transición, salvo en algunos casos en que Saúl hace una pausa para presentar alguna que es; tendría que ser, emblemática. Por ejemplo con Tortuga: “La siguiente canción es un mensaje a la ecoconsciencia; entender que una hormiga es igual de importante que una ballena y que todos coexistimos, todos formamos parte de un engranaje universal, perfectamente diseñado y cuando les damos en la madre a los animales nos estamos dando en la madre a nosotros mismos. Así que este es un mensaje para cuidarlos, respetarlos, quererlos, amarlos… Finalmente también son nuestros guías. Esperamos que nuestra mentalidad cambie, que seamos seres evolucionados, avanzados en ese sentido”.

O cuando presenta Ayer me dijo un ave: “esta canción la queremos dedicar a todos los estudiantes que han sido asesinados. La proclama es recibida con gritos. La juventud ha sido muy impactada en este sexenio, y simplemente condenamos cualquier tipo de asesinatos, de las mujeres, jóvenes, estudiantes, hombres, mujeres, no importa; la condenamos totalmente. Finalmente, es una barbaridad lo que estamos viviendo. Quedarán siempre en nuestra memoria, y habrá a quienes se les olvida, pera a la historia no”. Saúl recuerda la marcha realizada en Guadalajara, a manera de protesta por los tres estudiantes de cine asesinados, y recuerda también a los desaparecidos de Ayotzinapa; a sus padres angustiados.

Hacia el final del concierto el maestro compositor presenta a la formación, la mayoría compañeros suyos de la primera hora, Alfonso André en la batería, Diego Herrera en teclados y saxofón. Desde luego está también el compa de siempre, Sabo Romo en el bajo. Finalmente está el benjamín del grupo, Rodrigo Baills, que pasea sus dedos por el mástil de la guitarra como yo cuando acaricio a mi esposa. Saúl lo presenta como el más veloz de la comarca.
Por su parte Sabo Romo presenta a Saúl, no sin antes agradecer al respetable enormemente su presencia, su paciencia y su aguante, al tiempo que dedican la tocada a dos músicos aguascalentenses desaparecidos, Julio Díaz, baterista de Santa Sabina, fallecido en diciembre de 2014. El nombre del otro músico no alcanzo a escucharlo, dada la reacción del respetable ante el recuerdo de quien fuera también baterista del legendario local El que ríe al último, y así como para completar semejante presentación Saúl remata: y en la magia, estás tú, raza.
A las 10.51 se despiden, se van, pero este público bravero de la Feria de San Marcos no deja de gritar y silbar y saltar, eufórico. Pronto se generaliza el grito obligado y evidente de ¡otra, otra! ¿Sería posible que se fueran sin embriagar nuestros oídos con Quisiera ser alcohol, La Negra Tomasa, La llorona, La célula que explota. Los gritos de ¡otra, otra! prevalecen, en tanto nadie se mueve. De veras que no pueden irse sin regalarnos No dejes que, Afuera.
Regresan; el grupo regresa y se lanza con La célula que explota, y luego, damas y caballeros, señoras y señoras, la obra maestra -otra vez en mi inútil opinión-: La negra Tomasa. No la primera parte, desde luego; no la canción cubana que ellos convirtieron en cumbia. No esa, sino la segunda parte; la instrumental, como para cerrar los ojos y echarse a volar en alas de la guitarra, el saxofón, el bajo, la batería y el sintetizador; música para amar y ser amado; para convertirse en aire y nube y estrella.
Termina el concierto y los Caifanes vienen al borde del escenario, nos ofrecen una caravana y luego se ponen de espalda, para tomarse una foto con nosotros como fondo. Entonces sí, nos vamos para afuera sin escuchar Afuera, salvo el gran coro que se arma dirigido por un joven que alza los brazos, gesticula, hasta que el canto se extingue, vencido por la certeza de que los músicos no regresarán al escenario.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a ([email protected]).

 

 

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