Luis Muñoz Fernández

La ventaja de vivir en el futuro es que uno puede comprobar la certeza de lo que se dijo en el pasado. En 1967, Lewis Mumford (1895-1990), sociólogo y filósofo de la tecnociencia, en su obra “El mito de la máquina” describió con exactitud nuestro presente:

“Con esta nueva ‘megatécnica’ la minoría dominante creará una estructura uniforme, omniabarcante y superplanetaria diseñada para operar de forma automática. En vez de obrar como una personalidad autónoma y activa, el hombre se convertirá en una animal pasivo y sin objetivos propios, en una especie de animal condicionado por las máquinas, cuyas funciones específicas (tal como los técnicos interpretan ahora el papel del hombre) nutrirán dicha máquina o serán estrictamente limitadas y controladas en provecho de determinadas organizaciones colectivas y despersonalizadas”.

Son cada vez más frecuentes las advertencias acerca del poder alienante de la red de redes. Internet ha sufrido una mutación siniestra. Si alguien conoce las entrañas del asunto es Edward Snowden, ingeniero en sistemas, exagente de la CIA y de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos. Prófugo de la justicia de su país por haber revelado a la prensa cómo espían los Estados Unidos a todos los ciudadanos del mundo mediante Internet y las redes sociales. En sus memorias “Vigilancia permanente”, Snowden señala:

“… cuando lo conocí, Internet era algo muy distinto. Era un amigo, y un padre. Era una comunidad sin barreras ni límites, una voz y millones de voces, una frontera común que habían colonizado –pero no explotado– tribus diversas que vivían bastante amistosamente unas junto a otras, y cuyos miembros, todos, eran libres de elegir su nombre, su historia y sus costumbres. […] Había conflictos, por supuesto, pero pesaban más la buena voluntad y los buenos sentimientos: el auténtico espíritu pionero.

Comprenderán entonces que diga que el Internet de hoy es irreconocible. Cabe señalar que ese cambio ha sido una elección consciente, el resultado de un esfuerzo sistemático de unos pocos privilegiados. […] Los sucesores de las empresas de comercio electrónico que habían fracasado por no saber encontrar algo que nos interesara comprar se toparon con un producto nuevo que vender.

Ese producto éramos nosotros.

Nuestra atención, nuestras actividades, nuestra ubicación, nuestros deseos… Todo lo que revelásemos nosotros mismos, conscientes o no de estar haciéndolo, se vigilaba y se vendía en secreto…”.

¿Se necesita decir más?

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