Luis Muñoz Fernández

Pero hay un aspecto aún más fundamental sobre la intimidad de las personas que afecta a la neuroética, un tema tan esencial que algunos neurocientíficos consideran que ni siquiera debe discutirse, al menos por ahora, porque sus implicaciones son tan profundas que casi son irreales: la posibilidad de que el conocimiento sobre los mecanismos neurobiológicos de la mente llegue a explicar la conciencia, la naturaleza del yo y la autoconciencia. […] Si llegáramos a conocer la mente a este grado de profundidad, ¿qué significado tendrían la autonomía personal, la voluntad individual, los méritos, las culpas y las responsabilidades, el concepto del bien y del mal, la creatividad, el arte, la belleza, la amistad y el amor (amor a personas específicas, no en abstracto)?

Ricardo Tapia. Neuroética. En: La construcción de la bioética, 2007.

Al final de la primera parte de este escrito planteamos dos interrogantes relacionados: ¿Descubriremos algún día que el origen de la ética está en las neuronas? ¿Los neurocientíficos nos proporcionarán una ética universal basada en el cerebro? Y señalamos siguiendo a Adela Cortina que algunos autores se atienen solamente a las bases biológicas para explicar el comportamiento ético, mientras que otros además echan mano de las humanidades.

Nuevamente aquí estamos frente a dilemas que han sido ampliamente analizados en los últimos cincuenta años. El primer dilema es sobre el ser humano: qué pesa más, la naturaleza (los genes) o la crianza (los factores medioambientales, incluyendo la cultura). Y el segundo dilema plantea la existencia de dos formas de ver el mundo (dos culturas): la ciencia y las humanidades.

Aceptando de antemano que no somos expertos en el tema, se va acumulando evidencia de que el primer dilema es falso, pues el ser humano, junto al resto de los seres vivos, es una indisociable interacción entre los genes y el medio ambiente. Respecto a la existencia de dos culturas, aunque ha existido en mayor o menor medida, hoy se piensa cada vez más que las dos son indispensables para alcanzar con mayor integridad y profundidadla manera de entender y vivir nuestra realidad. Esa convergencia de saberes es hoy tan relevante, que incluso José Manuel Sánchez Ron, destacado historiador de la ciencia, ganó el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2011 con un libro titulado La Nueva Ilustración: Ciencia, Tecnología y Humanidades en un mundo interdisciplinar (Ediciones Nobel, 2011).

En el ya citado libro de Adela Cortina (Neuroética y neuropolítica. Sugerencias para la educación moral. Tecnos, 2011) se enfatiza el hecho de que la filosofía y la ciencia estuvieron juntas en sus orígenes. Que, incluso, los primeros filósofos recibieron también el nombre de “fisiólogos”, porque su preocupación era la physis, la naturaleza. Y nos dice también que la búsqueda de una ética universal basada en el cerebro utilizando para ello solamente los métodos empíricos propios de las neurociencias ha conseguido aportaciones positivas, pero que también conlleva puntos oscuros que deben ser aclarados e incluso afirmaciones desmesuradas que no podemos sino rechazar. En los siguientes párrafos seguiremos los razonamientos de Cortina.

La principal aportación que han hecho los neurocientíficos en la búsqueda de una ética universal con base cerebral ha sido el descubrimiento de una estructura cerebral en la que parece asentarse la ética en términos generales. Esa estructura es común a todos los seres humanos y se ha localizado en buena parte gracias a las modernas técnicas de neuroimagen. Con ellas se ha demostrado que “existe una vinculación entre ciertas áreas cerebrales y nuestro razonamiento moral”. Estas áreas, que también procesan situaciones de relevancia emocional, son las regiones orbital y medial de la corteza prefrontal y el surco temporal superior.

El que exista una base anatómica y funcional del razonamiento moral común a todos los seres humanos no implica necesariamente que exista un contenido ético universal para todos basado en el cerebro. Salvo los que se apegan estrictamente a éticas religiosas o confesionales y sus “principios universales”, quienes propugnamos una ética laica reconocemos de entrada que existe una pluralidad moral, incluso en sociedades como la nuestra con una tradición religiosa tan arraigada.

Con este panorama y por lo pronto, la tarea de las neurociencias consistirá en enfocarse en esa estructura o base cerebral de la moralidad y desentrañarla con la mayor minuciosidad posible, “descubrirla y describirla, viendo en qué medida se entrevera con otras estructuras, como la política, la económica, la religiosa o la estética, y en qué medida puede distinguirse de ellas”, como nos dice Adela Cortina.

Y también nos dice que “el debate sobre la naturaleza humana es uno de los que ha cobrado mayor vigor a cuenta de las neurociencias y es un auténtico avispero:

Es un auténtico avispero porque la expresión “naturaleza humana” tiene una larga historia, a través de la cual se ha entendido de las formas más diversas. La idea de una naturaleza humana arranca al menos de los sofistas, continúa en las obras de Aristóteles, los epicúreos y los estoicos, se adentra en el rico pensamiento escolástico, que hace de la naturaleza humana el núcleo de lo moral a través de la ley natural […]

La cuestión es triple: qué significa “naturaleza humana”; qué método puede emplearse para averiguarlo, si el metafísico o el empírico; y, en el caso de que exista tal naturaleza, cuáles son sus rasgos.

Michael S. Gazzaniga, destacado científico convencido que puede encontrarse una ética universal con bases cerebrales utilizando solamente los métodos empíricos de las neurociencias, señala en su libro El cerebro ético (Paidós, 2006):

Para mí, en ese tipo de cuestiones residen los secretos de la singularidad del cerebro humano, de la condición humana. Los investigadores reconocen desde hace tiempo que la función esencial del cerebro humano es tomar decisiones; que se trata de un mecanismo de toma de decisiones. En ninguna dimensión de la conciencia humana se toman más decisiones que en los asuntos sociales, las opiniones que nos formamos todo el día, segundo a segundo, minuto a minuto, sobre nuestra posición y situación en un grupo social. La enorme corteza cerebral –la expansión de la capacidad del cerebro humano– tal vez está ahí para ocuparse de determinados procesos sociales, como la incesante necesidad de comparación social. ¿Es posible que las decisiones estén influidas por algún tipo de compás moral universal que todos poseemos? Esa cuestión, entre otras, explica que el nuevo campo de la neurociencia social sea tan apasionante, potencialmente tan esclarecedor.

Sin embargo, Adela Cortina insiste en que los contenidos éticos (o fundamentos éticos, que hay que distinguir de las bases cerebrales), plurales no sólo en lo gramatical, sino como fruto de las distintas interacciones de los cerebroscon los diferentes estímulos medioambientales y otros elementos que seguramente aún no dilucidamos, se estudian mejor con las herramientas que nos brindan las disciplinas humanísticas, entre las que destaca, aunque no de manera monopólica, la filosofía, particularmente la filosofía moral o ética.

Por último, es justamente la bioética la disciplina que lleva en su mismo nombre esa convergencia de saberes científicos (“bio”) y humanísticos (“ética”) en la que ciframos la esperanza de comprender el origen, el asiento y el desarrollo de los juicios morales. Sólo con la colaboración desinteresada de los estudiosos de diversas disciplinas –la interdisciplinariedad de Sánchez Ron podremos lograrlo algún día.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com

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