Luis Muñoz Fernández

Al parecer, en este nuestro siglo XXI, el nuevo salvador será neurocientífico, o eso anuncia al menos alguno de los autores que trabaja en este campo. “Nos encontramos en la Neurociencia Cognitiva –asegura Francisco Mora– a la espera de la llegada de un verdadero Mesías, un genio que como Copérnico o Darwin, Einstein o Watson y Crick nos señale el nuevo camino a seguir. Este será tal vez el más grande desafío del siglo XXI”.

 Adela Cortina. Neuroética y neuropolítica. Sugerencias para la educación moral, 2011.

Si al siglo XX se le ha llamado “el siglo de la genética” por los grandes avances de esta disciplina, parece que al siglo actual tal vez pronto lo podremos llamar “el siglo de las neurociencias” o “el siglo del cerebro” si se cumplen las expectativas sobre los descubrimientos que parecen estar en puerta.

Lo que resulta cada vez más evidente es que la suposición reiterada de que con cada rama de la ciencia en boga estamos a punto de conocer nuestros secretos más profundos e intrincados es un espejismo. Somos como esas muñecas rusas que guardan en su interior una más pequeña y esta, otra más cual sorpresa inesperada, en una sucesión que en nuestro caso parece que no tiene fin. Somos matrioshkas infinitas. Los jóvenes que desean ser investigadores no tienen de qué preocuparse: quedan misterios de sobra.

Las pujantes disciplinas que se dedican al estudio del cerebro, agrupadas bajo el término de neurociencias, han acabado cruzándose con la bioética, rama del saber que apenas en la década de los setenta del sigo pasado veía su alumbramiento y que ya entonces uno de sus fundadores la concebía como “un puente hacia el futuro”. Un vínculo para terminar con aquel triste divorcio entre las ciencias y las humanidades que expuso abiertamente C.P. Snow en su famosa conferencia de 1959 “Las dos culturas”.

De este cruzamiento –inevitable, dado el vigor y la vigencia de los que gozan ambos progenitores– ha nacido la neuroética. Adela Cortina dice que, aunque discutible, el nacimiento de la neuroética puede fincarse en mayo de 2002, cuando se celebró en San Francisco un congreso titulado “Neuroética: esbozando un mapa del terreno”, precedido días antes por un artículo que el periodista y escritor William Safire publicó en The New York Times y en el que aparentemente acuñó el término neuroética y lo definió como “el examen de lo correcto e incorrecto, bueno y malo, en el tratamiento del cerebro humano, en su perfeccionamiento, o en la indeseable invasión en el cerebro o en su preocupante manipulación”.

Los numerosos asistentes a aquel congreso, sigue diciendo Cortina, entre neurocientíficos, bioeticistas, psiquiatras, psicólogos, filósofos, juristas, diseñadores de políticas públicas y periodistas, acordaron de momento definir la nueva disciplina como “el estudio de las cuestiones éticas, legales y sociales que surgen cuando los descubrimientos científicos acerca del cerebro se llevan a la práctica médica, las interpretaciones legales y las políticas sanitarias y sociales”.

Tanto el estudio del genoma como el del cerebro humanos generan en el público y hasta en la comunidad científica una sensación ambivalente: fascinan y provocan temor. Son como Kaa, la serpiente de El libro de la selva, que primero finge ser amiga de Mowgli para, acto seguido, hipnotizarlo y engullirlo. La fascinación es fruto de nuestra natural curiosidad, de nuestro deseo de conocimiento, en especial cuando ese conocimiento se refiere a nuestra esencia, la clave de nuestra humanidad. Y entonces empezamos a notar cierta inquietud: ¿dónde está nuestra esencia, en el genoma o en el cerebro? No tenemos todavía una respuesta definitiva, pero como hemos ido aprendiendo alo largo del tortuoso camino del autoconocimiento, nuestra esencia no descansa en un solo lugar, sino que es algo hasta ahora inasible que parece estar organizado en múltiples niveles.

El temor tiene que ver con la manipulación, con la posibilidad de violar un legado para muchos divino, esa alteración cuyos detractores llaman con gesto airado y amenazador “jugar a ser Dios”. Ante la evidencia de que la manipulación del genoma ya está ayudando a tratar algunas enfermedades que hasta ahora, y en el mejor de los casos, sólo se podían paliar, existe un acuerdo casi universal de que lo terapéutico, en términos generales, está permitido. Sin embargo, la cautela, la veda sigue vigente en todo aquello que implique “mejorar” al ser humano a través de la modificación de sus genes. Lo mismo podemos esperar en relación al estudio y manipulación del cerebro. Y es ahí donde entra en escena la neuroética.

Entre todos los temas que abarca la neuroética, hay uno que nos parece especialmente fascinante. Se refiere a las bases cerebrales de la conducta moral. Por decirlo de alguna manera, ¿existe la posibilidad de que encontremos en la biología cerebral el origen de la ética? La pregunta no es baladí. Hace ya algunas décadas que el biólogo Edward O. Wilson provocó un gran revuelo y una controversia más que acalorada cuando señaló que el comportamiento social humano podía explicarse suficientemente desde el punto de vista biológico, tal como lo hacen quienes estudian a los  insectos sociales (Wilson es un experto en las hormigas). A este enfoque lo llamó sociobiología.

Si, como se le atribuía en un exceso de simplificación a Wilson, “todo está en los genes”, ¿descubriremos algún día que el origen de la ética está en las neuronas? ¿Los neurocientíficos nos proporcionarán una ética universal basada en el cerebro? Adela Cortina nos dice que algunos autores que trabajan en el ámbito de la neuroética intentan fundamentar una ética universal con bases cerebrales, pero que lo hacen de dos formas diferentes que conviene distinguir con cuidado:

Algunos autores se proponen explícitamente desplazar a las teorías éticas anteriores y también a las morales religiosas, y sustituirlas por una ética basada en el saber neurocientífico y sociobiológico que, por sacar sus haberes del estudio del cerebro humano, sería universal. […] Quedarían entonces arrumbadas, por obsoletas, las viejas éticas filosóficas y las morales religiosas y podrían sustituirse por una ética basada en las neurociencias, que emplearía el método empírico propio de estos saberes.

Otros autores, sin embargo, pretenden también diseñar una ética universal desde las neurociencias, la psicología evolutiva y la sociobiología, es decir, recurrir a sus métodos empíricos, pero se distinguen de los primeros por tres razones al menos: no pretenden llegar con su investigación a descubrir los “contenidos” de una ética universal, sino sólo a descubrir una estructura moral universal que se modula de forma diferente en las distintas culturas; sus propuestas de neuroética están mucho más elaboradas que las del grupo anterior y permiten diseñar cierto marco teórico; y, por último, no rehúsan la ayuda de la filosofía, y no sólo porque dialogan con algunas de las teorías éticas relevantes, sino porque también recurrren a algún método filosófico para llevar a cabo su tarea.

Dicho de una manera más sencilla, los autores del primer grupo se atienen solamente a las bases biológicas para explicar el comportamiento ético, mientras que los segundos, poseedores tal vez de una visión más general, echan mano también de las humanidades. Como podemos adivinar, Adela Cortina, filósofa y catedrática de ética de la Universidad de Valencia, se inclina por el segundo grupo. Sin embargo, en su libro Neuroética y neuropolítica. Sugerencias para la educación moral (Tecnos, 2011) tiene el acierto de exponer ambas posturas. En el primer grupo sitúa de manera destacada a Michael Gazzaniga y a Francisco Mora. En el segundo menciona a Neil Levy y a Marc Hauser.

En la siguiente parte de este escrito haremos lo propio, es decir, trataremos de exponer ambos enfoques con la mayor sencillez posible y seguramente concluiremos que la cuestión no está zanjada. No hemos llegado aún a la última matrioshka.

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