Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Sin libertad, lo que vivo no es mi vida”: José Luis Sampedro.

Si no fuera por lo divertido de la anécdota sería como para sentarse en la banqueta a llorar sin tonada, o mejor reír, burlarse, y luego llorar y lamentar-se-las. Lo sucedido es simple y por lo visto no desmentido. En un céntrico antro de esta ciudad, el pasado fin de semana se organizó o se programó o como quieran llamarle, una “fiesta” con un mínimo de requisitos entre los que se encontraba muy poco de ropa exterior inferior (no por la calidad, sino por la ubicación), además desde luego de la entrada, algo así como un salario mínimo, y acreditar ser mayor de edad, que para eso sí usan sus INES los “millenials”. Aclaro lo de la ropa, el requisito era que quien quisiera asistir debería hacerlo en calzoncillos, truza, pantaleta, tanga, o como se llame el atuendo interior que la persona use o prefiera. De la cintura para arriba lo que quisiera, pero para abajo sólo calzones o similares. Hasta allí, todo iba muy bien, pero, ¡maldito pero!, entraron en acción los integrantes del área de reglamentos de la Presidencia Municipal (¿por qué algunos insistirán en llamarle alcaldía?, ¿o será qué en esto también ya cambiaron la Constitución?) e interpretando (extensivamente supongo) la reglamentación municipal, se fajaron los pantalones y suspendieron el festejo y dejaron sin su diversión a los encalzonados que habían asistido a lo que la nota periodística calificó o más bien descalificó como “antro gay”, ya ven ustedes amables lectores de lo que son capaces, nada menos que asistir a fiestas con calzones, porque los hay, gays o no, que van a fiestas sin calzones,  o que ya en ellas, se los quitan.

Los gobiernos tienen la obligación de vigilar el cumplimiento de la moralidad objetiva, que es el derecho. La moralidad subjetiva es algo personal, en tanto no contravenga la objetiva y… la moral pública… ese es otro cantar, un término tan pantanoso y resbaloso como el de “buenas costumbres”. Ya los romanos que para eso del Derecho se las gastaban, concibiendo un sistema rayano en la perfección, tuvieron buen cuidado de no darle contenidos concretos a conceptos como buenas costumbres. “O tempora, o mores”,  ¡Oh tiempos, oh costumbres!, la locución la utilizó Marco Tulio Cicerón en su primera Catilinaria, Oratio in Catilinam Prima in Senatu Habita. En teoría jurídica se conoce como conceptos jurídicos indeterminados aquellos que el legislador no les da un contenido concreto, dejando que sea el juzgador quien, en el caso específico, tomando en consideración el hic et nunc (aquí y ahora) determine el contenido concreto. No es fácil y se complica más, cuando no es un juez sino un funcionario municipal, llámesele policía o presidente municipal, pasando por los indebidamente llamados “jueces municipales” que son calificadores de faltas, función en la que desde luego tendrán que realizar una hermeneútica, quienes tendrán que determinar lo que les parezca moral o decente. Para ello parece útil fijar algunos parámetros, con tal de no navegar a la deriva en un mar proceloso.

Los gobiernos totalitarios generalmente sucumben a la tentación de querer regular la mayor parte de los comportamientos de los individuos, en su vida pública y en su vida privada. Para muestra hay muchos botones, pero quizás el régimen más terrible fue el de la “Revolución Cultural” de la China de Mao-Tse-Tung, retratado magistralmente en el relato autobiográfico  El libro de un hombre solo (一个人的圣经 ), de Gao Xingjian, escritor chino nacionalizado francés que en el año 2000 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Pero las derechas no cantan mal las rancheras y la España de Franco, por ser más dolorosamente cercana a nosotros es un buen ejemplo.

Quizás un buen punto de partida sea que,  lo que se haga entre adultos con pleno conocimiento y consentimiento y que no constituya un delito no debe ser reprimido. Podríamos agregar sin mucho problema “que no afecte a terceros”. Los encalzonados que asistieron al “antro gay” (y dale…), sabían a que iban y los que no estuvieran de acuerdo podrían optar por regresarse a su casita, totalmente vestidos o, ¿por qué no? dirigirse a una fiesta de descalzonados, que también las hay, y no todas han sido clausuradas. Nadie se llamó a robado, nadie entró con el calzón en la mano, sino bien puesto, y nadie estaba molesto o enojado, y al que no le pareció recogió su calzón y se marchó.

Todo mundo estará de acuerdo y el que no, es que no está en este mundo, que en las calles, en los clubes, en los cines, en los antros, no digamos en las ferias, y para acabar pronto en la televisión (la “dioquis y la de paga”), se ven espectáculos mucho peores que mujeres y hombres en calzones. El internet con sus redes sociales ha llegado a extremos que sin duda son de preocupar. La aplicación  “la ballena” fue un caso extremo, pero muchos padres y madres de familia se sorprenderían de lo que sus adolescentes intercambian jugando jugando.

Me pregunto, ¿a quién habrá molestado que adultos (gays o bugas) hayan aceptado que podría ser divertido asistir a un antro sólo en calzones?, por mi parte creo que debe ser más divertido que usar corbata, o tener que usar una tarjeta para ingresar a una oficina pública, o soportar el aislamiento asegurado con policía o guardia privada de algunos funcionarios. Para muchos podrá ser ofensivo pero basta con no asistir, “primero mis dientes y luego mis parientes” y…no resisto la tentación de contar un cuento escatológico, que por cierto le hacían gracia a mi mamá. Un ranchero se está vistiendo y su hijo le advierte: “-Apá, se puso los calzones al revés-, -¿con la bragueta pa’tras?-, -no Apá, con la caca por fuera-.

Mas papistas que el Papa, dice un dicho que como decía dichosa mi abuelita, son evangelios chiquitos. Hay tantas lacras, tantas áreas desatendidas, tantos problemas reales, tanta corrupción e impunidad, tantas “áreas de oportunidad” como ahora dicen los administradores para disimular lo que realmente está fatal, que entretenerse en verificar si la gente trae o no trae calzones, parece una exageración.

Pero la triste realidad es que los mexicanos hace mucho que dejamos de apretarnos los calzones.

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