Por J. Jesús López García

65. Residencia en calle Primo VerdadEl tema de la casa desde el enfoque arquitectónico es probablemente el más añejo de la disciplina; desde los yacimientos neolíticos de Catal Huyuk en Turquía, donde puede adivinarse a través de lo que se presume es la cimentación, el esquema de un conjunto habitacional prehistórico, hasta las casas inteligentes que lucen las portadas de innumerables revistas de arquitectura, interiorismo, decoración o diseño, la manera de habitar una casa sigue siendo similar, diferenciándose en particularidades que rodean las actividades básicas de establecer un ámbito íntimo: palafitos levantados con pilotes sobre cuerpos de agua para fines de protección, el hogar de la cocina en la casa japonesa para potenciar el sentido espiritual de consumir alimentos, el zaguán mediterráneo para mediar entre lo público de la calle y lo privado de la vivienda ofreciendo a la par una calurosa bienvenida al habitante o al visitante, o el espacio inédito hasta hace menos de cien años dedicado a guardar el automóvil.

Los espacios domésticos han sido desde hace miles de años el paciente laboratorio de soluciones constructivas y tipológicas de la arquitectura tradicional; Pero a raíz del ascenso de la burguesía a una mejor posición entre los estamentos sociales, y aunado ello, a la revolución tecnológica acompañante de la Revolución Industrial, la casa particular comenzó a ser un tema para la experimentación de la arquitectura profesional.

A partir de aquí, no sólo los palacios donde fijasen residencia los poderosos iban a ser los exponentes sobresalientes de la arquitectura habitacional. La casa del hombre común accedería en ese punto -desde el siglo XVIII pero con mayor énfasis en el XIX y más aún en el XX- a ser un tema arquitectónico con un tratamiento similar al brindado a los grandes edificios: terminales aeroportuarias, bibliotecas, teatros o museos.

Casas seminales como la que realizó el vienés Adolf Loos al artista dadaísta Tristán Tzara, la casa Kaufmann de Frank Lloyd Wright, bautizada de la cascada cuyos patrocinadores encargarían la del desierto a Richard Neutra, la Villa Savoye de LeCorbusier, la Farnsworth de Mies van der Rohe o las de Luis Barragán con la suya propia a la cabeza, son paradigmáticas para el ejercicio de la arquitectura contemporánea.

Tal vez son fincas que idealizan el arte de construir y el habitar, pues su forma de vivir presenta particularidades dirigidas a gente especial, en cuanto a hábitos cotidianos y sensibilidad, pero ello no resta, en lo más mínimo, el lustre de sus hallazgos espaciales y edificatorios.

Para el siglo XX, ante el entusiasmo despertado por una modernidad tecnificada, LeCorbusier llegó a llamar a la casa máquina para vivir, lo que en los hechos, pareció cobrar realidad por su producción seriada y por sus modalidades de empleo que demandaban una simplificación en muchas de las acciones ahí desempeñadas.

Así, las funciones antes casi rituales de la cocina se sometieron a una visión más práctica -Margarette Shütte-Lihotzky fue la arquitecta que en 1926 diseñó la famosa Cocina Frankfurt, precursora de las cocinas a la medida-, lo que ante la paulatina igualdad de los géneros y la creciente saturación de horarios laborales en un mundo más dinámico se tornaba indispensable. Con todo, la casa continúa idealizada como el ámbito de la intimidad, lo que por desgracia en muchísimas ocasiones no se logra, el lugar donde una persona consigue refugiarse dentro de un ámbito urbano que es capaz de ser hostil.

Dentro del conjunto de las casas contemporáneas existen en Aguascalientes muchas que son excelentes ejemplares de arquitectura y domesticidad por igual. Algunas como las dos que se localizan en la calle Primo Verdad, se aíslan del exterior para volcarse a su intimidad interior, tal y como lo hacían las tradicionales, con zaguán y patios, pero sin perder en lo más mínimo su lenguaje formal renovado y contemporáneo.

La morada como tema arquitectónico fue desdeñada por muchos arquitectos, a no ser que fuesen palacios, hasta hace unos 250 años cuando el hombre común accedió al punto central de la sociedad moderna. La residencia desde ese momento se convirtió en un terreno fértil para experimentar, discutir e incluso para el replanteamiento de la arquitectura, que aún tiene mucho que decir sobre los retos que impone habitar bien un espacio en nuestros tiempos, dominados por el glamur de la imagen y por imperativos económicos que más que enriquecer, empobrecen la calidad de nuestros edificios. La casa como hace miles de años, debe verse como el lugar donde el ser humano se abstrae de afuera y se sumerge en su intimidad, para más que requerir “buenos acabados”, buenos electrodomésticos o una “buena distribución”, sólo requiere buena arquitectura.

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