corteEscuchamos crujir todos y cada uno de los 206 huesos que posee su estructura ósea. Atestiguamos cada lamento que escapa de su lacerada boca durante el castigo propinado en su cruzada justiciera. Vemos, incluso, alguna lágrima fugitiva que logra abalanzarse sobre la mejilla de su portador para salar húmedamente el amargo sabor de su derrota. Su fuerza se ve minada y la voluntad se ve tentada a unírsele. La vitalidad y potencia de su macerada anatomía no alcanza los descomunales e inhumanos límites impuestos por aquellos personajes fantásticos con orígenes intergalácticos y oriundos de planetas moribundos o de cualidades sobrehumanas por condición mutante o de raíces científicas. No, esta fatigosa refriega la ha encarado una persona ordinaria cuya única fuente de poder es el hastío por el derrumbe de una colectividad ultrajada en el cotidiano, donde la trasgresión se vuelve consuetudinaria y la violencia el canal habitual de comunicación social. Así, mientras recibe su castigo voluntario verá su identidad investida con algún adjetivo. Habrá quien lo llame “vigilante”. Otros, simplemente lo tildarán de “necio”. Pero al final, nadie negará su genuina etiqueta: “Héroe”. Y entonces, otro hueso cruje rompiendo el silencio. La victoria…bueno, esa vendrá después.
La década de los 30’s y 40’s vio el surgimiento paralelo en página escrita y a cuatro tintas tanto de figuras titánicas sustentadas en vigor y habilidades ultraterrenas enfundadas en coloridos trajes como sus antitéticas efigies de carne y hueso, símbolos de la tenacidad humana capaces de contrarrestar cualquier plan nefario nacido en las sombras del desdén por el status quo, amparando su anonimato en máscaras y atavíos con características simbióticas a sus motivaciones (Ej.: El Fantasma, El Zorro, El Llanero Solitario, etc.). Estos últimos concibieron lo que ahora entendemos como “héroes pulp”, individuos estándar consagrados a la custodia de delimitaciones geográficas varias que van desde la más general (global) hasta muy individual o específica (urbe o metrópoli) armados tan solo de lo que sus posibilidades provean y de recursos sustentados en la osadía y el arrojo, en ocasiones con violentos resultados. Por ende, una perspectiva muy atractiva para ser llevada a la pantalla grande.
En términos de adaptación, tal vez los personajes más emblemáticos al respecto sean aquellos que pululan en las filas del cómic y que lograron colarse a la cultura mainstream, como Batman y el Capitán América. Ambos dependen tan solo de su perfeccionamiento físico, sagacidad mental y ciertos artefactos para sojuzgar al elemento criminal, lo que permite generar una mayor empatía con el receptor y una oportunidad valiosa para explorar la psicología de un personaje que proyecta la fantasía subconsciente y primigenia de todo ente con delirios de ficción: el salvamento del mundo por una persona común y corriente. Ese podríamos ser nosotros, y también otros sujetos en otras producciones fílmicas.
México es excelso al respecto, y sus incontables aportaciones a la nueva mitología del poderío particular rebosan de ejemplos: Chanoc, Kalimán, Neutrón, El Santo, etc., ricos en interpretaciones y aptos para una columna aparte. Recurriendo a ejemplos alternativos, la nemotécnica me lleva a evocar a “Condorman” (1981), producto parido de la factoría Disney durante su década de extravío identatario pero que al mencionarla en voz alta repercute en añoranza, ya que marcó a una generación con su ingenua visión de un dibujante de historietas (Michael Crawford) que termina vistiendo las ajustadas mallas del personaje titular para rescatar a una espía rusa (Bárbara Carrera) de las garras de un megalómano (Oliver Reed). La dirección de Charles Jarrod es eficaz sin rebasar jamás la corrección estructural y el tema principal aún resuena en las cavernas de mis entelequias infantiles. De cualquier forma, la cinta fracasó en taquilla, así como otra producción posterior de la Casa del Ratón que, sin embargo, precede con éxito la buena hechura de ese otro relato ambientado en la Segunda Guerra Mundial con figura central ataviada exóticamente que se encuentra actualmente en cartelera, tal vez porque ambas son dirigidas por Joe Johnstone: “Rocketeer” (1991), una emulación a la narrativa y configuración visual de los seriales capitulados de los treintas como “Comando Cody”, aquí con protagonista adolescente durante los 40’s (Billy Campbell) que encuentra un dispositivo propulsor que se ajusta en la espalda y con la que puede alcanzar alturas insospechadas. El problema es que se trata de una invención nazi y ahora deberá utilizarlo tanto para frustrar los planes del fuhrer como salvar su vida y la de su enamorada (Jennifer Connelly). Divertida, no muy solemne y apta para cualquier función de matinee, “Rocketeer” es una cinta desenfadada y consciente de sus orígenes pulp, lo que la hace muy disfrutable.
Actualmente las labores heroicas parecen recaer en los ciudadanos que deciden portar un disfraz y acallar al crimen tanto como un ángulo contestatario de nuestra sociedad posmoderna como la única posibilidad de catarsis ante el yugo de la inseguridad, lo que justifica la creación de neoheroes como “Zebraman” (2004), producción japonesa dirigida por el maestro de la visceralidad Takashi Miike pero que aquí suaviza su mirada para narrar la historia de un académico (Sho Aikawa) que decide adoptar la identidad de Zebraman como terapia contra su marasmo emocional y estancamiento existencial. Inteligente y evocativa, la cinta podría equipararse con “Defendor” (Stebbings, E.U., 2009), la agridulce crónica de un individuo emocionalmente desbalanceado (un potente Woody Harrelson) que solo busca acabar con una Némesis que ha bautizado como Capitán Industria, a quien culpa de la muerte de su madre. Un equilibrio eficaz entre la comedia y el drama llevan a buen puerto este filme. Ahora, en una vena más propia a las viñetas, encontramos a “Mirageman” (Espinoza, Chile, 2007) y sus gemelos anglos “Kick Ass” (Vaughn, E.U., 2010) y “Súper” (Gunn, E.U., 2011), donde el núcleo narrativo se comparte: personas que confrontan el lado oscuro de sus respectivas urbes pero con metodología disímil, ya que en la primera se percibe un idealismo sin barreras, en la segunda predomina una violencia excesiva diseñada para entretener y la tercera es ácida y funciona mejor como sátira. En cualquiera de los casos, nos permiten conocer a los hombres detrás de sus máscaras, y al padecer con ellos sus triunfos y derrotas nos acercamos más a la medida de los héroes, pues éstos pueden ser cualquiera y brotar de cualquier lugar.

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