Por: Octavio Díaz García de León.

@octaviodiazg

 

Para mis hijos.

 

Para empezar el 2015, quisiera tomar distancia de los acontecimientos en nuestro entorno cercano, de lo que ocurre en el país y el resto del mundo. Cambiemos de perspectiva por esta vez, dejando atrás lo cotidiano que abruma nuestra mente. A los seres humanos nos ha tomado miles de años darnos cuenta de nuestra insignificancia cósmica y de saber que quizá solo somos un accidente de la naturaleza. La ciencia de los últimos cien años nos ha revelado cosas asombrosas. Nuestro universo tiene 13,820 millones de años de edad y se creó a partir de una gran explosión que lo puso en marcha. Toda la materia y la energía nació de un punto más pequeño que un protón. El universo que nació con esa gran explosión se ha estado expandiendo desde entonces. Existen más de 100 mil millones de galaxias en el universo visible y cada una contiene entre 200 mil y 400 mil millones de estrellas. En ese contexto, la Tierra solo es un punto de polvo insignificante en un rincón perdido de este enorme universo. (Ver mi artículo “La humanidad ante el Cosmos”, El Heraldo, 06-enero-2013) Richard Buckminster Fuller, el gran arquitecto e inventor americano, escribió el libro Manual de Operación de la Nave Espacial Tierra, una buena denominación para nuestro planeta viajero. Nuestra galaxia llamada Vía Láctea es parte de un núcleo de galaxias que los astrónomos han llamado Laniakea formado por miles de galaxias, girando en torno a un Gran Atractor a 600 Km. por segundo. El Sol se mueve alrededor del centro de la galaxia a 220 Km. por segundo. La Tierra se mueve alrededor del Sol a casi 30 Km. por segundo.

Pero ese macrocosmos de dimensiones que nos parecen infinitas, está hecho a su vez de un microcosmos. De acuerdo al Modelo Estándar de la teoría del campo cuántico, existen 61 partículas subatómicas que forman a los átomos. Estos se unen para formar moléculas de las que se compone el mundo que observamos. Los seres vivos somos sistemas autopoiéticos capaces de nacer, crecer, reproducirse e inevitablemente morir. Estamos hechos de moléculas que se juntan para formar células que a su vez se van uniendo en tejidos. De tejidos que se van especializando para formar un gran sistema: nuestro cuerpo. De los órganos que nos componen, el cerebro aún no nos devela todos sus misterios, tan increíblemente complejo es lo que hacen sus 100 mil millones de neuronas. Pero ellas nos han dado el pensamiento, el lenguaje, la inteligencia, los sentimientos y han dado al ser humano la capacidad de preguntarse ¿Qué hago en este mundo? ¿Para qué estoy aquí? ¿Por qué estoy vivo? Y tantas otras. Nos encontramos en medio de la perplejidad que provoca nuestra existencia situada entre la vastedad del cosmos y la pequeñez del espacio subatómico.

Hay varias explicaciones al sentido de la vida. Menciono tres: a) La biológica: Somos seres que a partir de elementos y reacciones químicas se convirtieron en grandes sistemas autopoiéticos con dos grandes objetivos: vivir y reproducirse. Los individuos tienen límites –mueren– pero la especie intenta perpetuarse a partir de crear nuevos seres a su imagen y semejanza. b) La religiosa: vivimos en este mundo para alcanzar la vida eterna o para vivir en múltiples reencarnaciones: somos seres trascendentes con un alma inmortal. Para ello se debe dedicar la vida a cumplir una serie de reglas y rituales que nos permitan gozar de esa vida eterna. c) La cósmica: estamos hechos de polvo de estrellas, somos producto del azar y no tiene mayor sentido.

Pero gracias a su libertad, el ser humano le puede dar sentido a su vida con solo proponérselo. Por ejemplo, lograr algo que permita mejorar a la humanidad. Empezando por darnos cuenta que a nuestro alrededor hay seres como nosotros y que al unirnos con ellos podemos lograr algo más de lo que podríamos solos. La naturaleza nos enseña lo que es posible lograr a través de la multiplicación de las conexiones: permite que el sistema prospere más de lo que logra cada elemento aislado del sistema. Un ejemplo es el cerebro: con los millones de interconexiones que se dan en cada momento entre las neuronas, permiten hacer sentir nuestra influencia en el mundo a través de las ideas e interacciones con nuestros semejantes y el entorno. Al multiplicar nuestras interacciones aumentamos las posibilidades de lograr lo que nos proponemos.

Al final, cuando los sistemas biológicos de las personas dejen de funcionar, sus restos se dividirán en dos: la multiplicación de sus ideas y acciones entre todos aquellos que estuvieron en contacto con ellos y sus átomos que al no destruirse pasarán a ser parte de otros seres o volverán a ser parte del universo en otras tareas. El legado para la humanidad será el recuerdo que sus congéneres guarden de él consciente o inconscientemente. Esto debe bastar para no quedarnos con la sensación de que estamos aquí para nada. Somos una maravillosa insignificancia en el contexto del universo y al morir seremos polvo de estrellas, sí, pero polvo enamorado de la vida, las ideas, nuestros semejantes y del cosmos.

Les dejo un magnífico soneto de Francisco de Quevedo y les deseo un feliz y próspero 2015:

 

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,

dejará la memoria, en donde ardía:

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

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