Luis Muñoz Fernández

Ya no es tan evidente como antes que el hombre sea la criatura superior de la naturaleza, que su puesto deba ser el de dominador y de rey. Ya no parece tan evidente que toda evolución lo sea realmente, es decir, comporte un progreso. No parece tan evidente que las diferencias de ciertos órdenes entre las especies  impliquen algún tipo de superioridad y autoricen la dominación, la depredación, la aniquilación de los otros. En el orden meramente natural la llamada evolución modifica y adapta los seres a otras condiciones, pero no parece ascender hacia la formación de un tipo superior de vida en la tierra, y aunque así fuera, no parece ser el hombre ese milagroso vástago del largo y accidentado proceso.

 William Ospina.Es tarde para el hombre,2012.

Hay quien ve en la bioética una moda, más o menos pasajera, que en un futuro indeterminado, domada y sumisa tras el fracaso de sus esfuerzos, acabará integrándose al pensamiento dominante de las sociedades de mercado en las que ahora vivimos. Mientras tanto, eso que llamamos “el sistema” es tan retorcidamente poderoso que se da el lujo de la disidencia que la propia bioética representa y actúa como el boxeador campeón y veterano que deja que el joven retador lo acometa infructuosamente durante varios asaltos hasta cansarlo y luego, en unos cuantos y certeros golpes, acabar con él y con su expectativa de convertirse en el nuevo campeón.

Como ya lo hemos señalado con anterioridad, la bioética reflexiona sobre varios temas como son lo relativo al inicio y final de la vida, los dilemas que presenta la investigación científica avanzada, las aplicaciones de la tecnología en el ser humano, las bondades y riesgos de los nuevos desarrollos terapéuticos para las enfermedades crónico-degenerativas, el acceso a la atención sanitaria de calidad, la relación paciente-médico y la interacción del ser humano con los demás seres vivos y las condiciones que sostienen la vida en nuestro planeta.

Quienes de una u otra manera nos interesamos en algunos de estos temas, pensamos que la reflexión bioética es hoy más necesaria que nunca y nos apasiona dedicarnos a ella con la esperanza de contribuir a una vida más serena y solidaria en la sociedad y en el mundo donde vivimos. Todos estos temas requieren nuestra dedicación, pero hay uno en particular al que si no le ponemos la atención debida y tomamos medidas que no sólo son urgentes, sino impostergables, terminará por acabar con la vida en general tal y como hoy todavía la conocemos y con cualquier actividad humana, incluyendo el trabajo que se realiza en las demás vertientes de la bioética.

Es lo relativo a la ecología, al profundo deterioro de las condiciones físico-quimicas, biológicas y de otras ìndoles que apenas permiten ya la existencia de esa delgadísima capa terrestre –si la comparamos con las demás capas que forman el planeta– a la que llamamos biósfera, justo el medio en el que vivimos y en el que, estrechamente relacionados, formamos parte de una comunidad cuyos integrantes, interdependientes hasta lo insospechado, no pueden ni deben entenderse como clases de mayor o menor, estraficarse en niveles de superiores e inferiores ni concebirse como un pequeño grupo de humanos privilegiados que explotan a los demás seres vivos (el resto de los animales humanos incluidos) y que disponen de ellos como simples recursos desechables.

En la carrera por detener y revertir esta situación que nos aboca a la catástrofe planetaria ya vamos retrasados, tal como lo señala William Ospina, un escritor colombiano del que no sospechábamos preocupaciones ecológicas. Lo hace en su libro Es tarde para el hombre (Literatura Mondadori, 2012) y en una obrita más reciente titulada Parar en seco (Navona Editorial, 2017). Ambos títulos hablan por sí solos y en este último podemos leer lo siguiente:

El calentamieto global no es otra cosa que una fiebre planetaria, pero toda fiebre es el síntoma de una enfermedad que en este caso puede minar, no apenas la salud de unas especies, sino la totalidad de la vida. Para entender esto es necesario comprender que, como lo sintió Humboldt, hay un contínuum de la vida planetaria. Se ofrece ante nuestros ojos bajo la apariencia de seres individuales diferentes, de especies perfectamente diferenciadas, pero sin duda unas especies son complementarias de otras, toda selva es un diálogo de fuerzas, formas, sustancias, ritmos y metabolismos, y por eso cuando nos dicen que un ecosistema sólo está completo si hay felinos en él, nos están señalando que un tigre, una jaguar o una pantera no son criaturas particulares sino la manifestación de la salud de un sistema viviente. Parecen seres aislados, pero son partes significativas de un todo, y a lo mejor la muerte de los jaguares puede comenzar con el palidecer de ciertas flores, el debilitamiento de ciertas piedras, el enrarecimiento de ciertas algas o el silenciamiento de ciertos cantos de aves.

Resulta paradójico que en la era de la llamada globalización nuestra visión del mundo sea tan parcial, fragmentaria e ignorante (lo más opuesto a una visión global e integral). Hasta ahora hemos sido incapaces de tomarnos verdadaderamente en serio los signos ominosos de la degradación planetaria y sus voces de advertencia. Si acaso, esas voces son la música de fondo que ameniza esas cumbres sobre el medio ambiente en las que se hacen propósitos de enmienda y al final, cuando los dignatarios asistentes se despiden, se leen listas de buenas intenciones a sabiendas de que en un par de días todo quedará olvidado. Bien dice el refrán: “de buenas intenciones está pavimentado el camino hacia el infierno”.

Ese infierno que Ospina describe como “un planeta que durante milenios ha sido el escenario más propicio para la vida, para nuestra forma de vida, podría transfigurarse ante nosotros en una morada inhóspita, de sol calcinante, de aire tóxico, de agua impotable, de pieles irritadas, de complicaciones respiratorias, donde los tejidos enloquezcan, los sentidos se alteren y los gérmenes escapen a todo control”. ¿Les parece una visión apocalíptica? Justamente ahí radica la realidad de su amenaza. Como el diablo, que reina en ese infierno, o como Drácula que según Bram Stoker finca su terrible poder en el hecho de que nadie cree en su existencia.

Sin vida en el planeta no hay bioética posible, ni reflexiones y agumentos para impulsar leyes que humanicen (en el mejor sentido) nuestra convivencia. Paradójicamente de nuevo, tal vez la única vía de salvación posible sea la de difundir la ética ecológica, en crear conciencia y cultura y en ponermos manos a la obra. Y eso es hoy más difícil que nunca. Hay demasiados intereses en contra y la ciudadanía es más indiferente que nunca. William Ospina lo plasma de la siguiente manera:

¿Puede la mera lucidez, ya en los umbrales del nuevo milenio, detener la carrera desenfrenada de los potros del progreso? Tal vez no sería imposible si la humanidad advirtiera que tras las seducciones de la publicidad, las provisiones de la industria, los prodigios de la ciencia, los refinamientos de la especialización y las maravillas de la técnica, subyace algo insensible y monstruoso, que adulando al hombre, predicando su confort y su supremacía, lo espolea hacia su ruina. Pero estamos demasiado asediados de tentaciones, demasiado absortos en esas pantallas, demasiado pasmados de hechos y de cosas, demasiado acosados por la necesidad o por el afán de poseer, y mientras tanto, fieles al mundo que deben acompasar, los relojes corren cada vez más aprisa.

No sé porqué al leer lo de que “estamos absortos en esas pantallas”, me acordé del inminente lanzamiento del más nuevo teléfono celular que, en su romana numeración “X”, nos hace soñar con el diez de la perfección. Una perfección tan falsa como ajena. Inhumana.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com

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