Jesús Eduardo Martín Jáuregui

El secreto de la juventud, amable y desocupado lector, es, según mi amigo Humberto Chávez Aranda, mantener la capacidad de asombro, y los mexicanos tenemos motivos todos los días para conservarla y en muchas ocasiones, incrementarla. Sin duda, uno de esos motivos que además suele ser recurrente es la fuerza, rigor, ahínco, y voluntad con que se defienden las situaciones más contradictorias, bastando sólo que cambie el presidente de la república o la postura del presidente de la república para que los que el día anterior estábamos convencidos de la posición “A”, el día de hoy apoyemos con simular convicción por la posición “B”.

No quiero, de ninguna manera denostar la idiosincracia mexicana, Dios y Marx me libren de eso. Reconozco que los mexicanos tenemos la capacidad natural para permanecer fieles a nuestras convicciones, con sus ‘asegunes’. Si se trata de futbol nada nos hará cambiar, ni el Presidente; recordemos que el licenciado Ernesto Zedillo se ostentaba como aficionado al Necaxa y que a resultas de ello la popularidad de ese equipo estuvo en el punto más bajo de su historia. El traslado a Aguascalientes es otra historia, lo de “hidrorrayos” es una metáfora bastante malita y el nombre de cerveza que impusieron al estadio es otro infortunio, sin contar que en muchas ocasiones constituye un auténtico oxímoron (recién me aprendí esa palabreja, así que han de dispensar que la use).

Pero los aficionados a la política que son muchos, y los profesionales que también son muchos, mantienen una visión fresca y hacen profesión de fe de aquel apotegma que dice que “es de sabios cambiar de opinión”. Nuestro sistema penal era muy bueno hasta que ya no lo es. El ejido era el mejor sistema para mantener un reparto democrático de la riqueza y lograr una producción cada vez creciente, hasta que vino un Presidente a decirnos que el “ejido se jodió” (me gustó el jueguito de palabras). La banca privada bajo un control del banco central era lo mejor para mantener el sistema monetario y bancario sólido y transparente, y los “Espinozas” y los “Ibargüengoitias” y los “Iturbides” y los etcéteras, eran los mejores banqueros del mundo hasta que otro descubrió que nos saqueaban y mas aún, declaró enfático: “no nos volverán a saquear” y nos convenció que lo mejor y mas patriótico era estatizar la banca, pero como dice el refrán “más pronto cae un hablador que un perro cojo” o algo por el estilo, los sucesivos presidentes de la república lograron convencernos que lo “más mejor” era la banca internacional y en la actualidad, al parecer salvo una institución, las demás están en manos y capitales extranjeros.

Hace no tantos años, alguien descubrió que lo mejor para el juego democrático de partidos políticos, es que fueran financiados por los propios contribuyentes a través del gobierno que “sabiamente” distribuiría las cantidades con base en complicadísimas fórmulas políticas. No faltan los maledicentes, que los hay, que afirman que eso se debió, a que cuando empezaron los balbuceos democráticos y ante la presión de los “güeros”, que condicionaron sus apoyos a la apertura del sistema de partidos, y descubierto que del erario público se sostenía el partido oficial, no hubo más remedio que inventar un mecanismo que le permitiera seguirse llevando la tajada del león, pero con apariencia democrática. Ya lo decía el agudo caricaturista Abel Quezada: “El chiste de la democracia en México es que parezca pero que no lo sea”.

Ahora, luego de las catástrofes naturales, ciclones y terremotos, obviamente lo que se ha empezado a llamar la reconstrucción nacional requerirá de una gran cantidad de dinero fresco. Los apoyos internacionales y la generosidad del pueblo mexicano, con ser importantes serán insuficientes para hacer frente a la multitud de acciones que tendrán que emprenderse tanto en la capital de la República, como en los seis o siete estados más afectados. Dando una extraordinaria muestra de “salto cuántico” los líderes de los partidos políticos mexicanos se pelearon por renunciar a la mayor cantidad de prerrogativas económicas para su funcionamiento. Digo salto cuántico porque sin necesidad de llevar a cabo una consulta que podía ser tardada y desgastante y que además arrojaría el mismo resultado, bastó que el líder lo dijera para que todos los miembros del partido lo secundaran, supongo, porque nadie ha dicho lo contrario. Eso es lo bonito de la democracia incluyendo desde luego la interna de los partidos.

Es indispensable encontrar mecanismos de financiamiento de la reconstrucción que no graven más, al ya de por sí expoliado y sufrido pueblo mexicano, pero también no resulta razonable que de un día para otro se pretenda cambiar todo el funcionamiento de los partidos y afectar, a una gran cantidad de personas que dependen de ello para su subsistencia, y no estoy pensando por supuesto en los dirigentes. Secretarias, manuales, choferes, promotores, pintores, proveedores diversos, etc. Las elecciones son también una inyección económica que activa áreas importantes. No es tan sencillo de un día para otro cambiar todo el funcionamiento. Se podría ¿por qué no? reducir las percepciones de los servidores públicos “representantes populares” que son -qué duda cabe- una élite en sus prestaciones y prerrogativas. Se podría reducir el rubro de “comunicación social” que en buena parte es un dispendio para promoción de los funcionarios, ¿verdad, Erubiel? ¿Verdad, Miguel? ¿Verdad, Rafael? Por citar sólo algunos arcángeles de muestra.

La medida de suprimir el financiamiento público a los partidos, y la concomitante de suprimir las representaciones plurinominales traería como consecuencia, como ya los han apuntado algunos comentaristas, el fortalecimiento de los partidos en el poder, que encontrarían seguramente “formas alternas” de financiamiento, a manera de programas sociales y promociones, como bien lo podremos constatar, tendiendo quizás hacia un bipartidismo con mecanismos de financiamiento como se estila del otro lado del muro “virtual” de Trump.

Con todos sus vicios, con todos sus defectos, con todos sus ‘asegunes’, la democracia es el “menos peor” de los sistemas de gobierno. Ojalá que la “cargada” reflexionara, ¿Sería mucho pedir?, y que se encontraran formas de financiamiento para la necesaria reconstrucción, de forma que la factura no la pagara solamente el incipiente sistema democrático de nuestro país.

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