Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Se cuenta del excepcional sevillano nacido en Madrid, Rafael Gómez “El Gallo”, que al término de una corrida en Pamplona en la que no le había ido especialmente bien, le indicó a su cuadrilla: “Nos regresamos a Sevilla ahora mismo”, pero maestro, le ripostó alguno, Sevilla está muy lejos: “¿Qué? ¿Qué Sevilla está lejos? ¡Sevilla está donde debe estar! Lo que está lejos es esto”.

El sentirse el centro del Universo suele ser una actitud infantil. El niño es particularmente egoísta, o al menos hay una etapa en su crecimiento en que todo es suyo, o quiere que todo sea suyo. Todo gira en torno a sus intereses, y todos están atentos a su voluntad. Esa particularidad parece haberse acentuado y prolongado en la adolescencia y la juventud. Para coronarlo el hombre del siglo XXI dispone de un artefacto que le vuelve el eje del mundo: el teléfono inteligente. El mundo empieza en mi teléfono. Las distancias se miden desde él. La información de cualquier parte está a un botón. Cualquier persona, según estudios, se encuentra a siete personas de distancia de otra. Lo que ocurre en cualquier lugar lo tengo prácticamente de inmediato en mi pantalla. Supongo estar tan informado como el que más. Y así como pienso tener toda la información que requiero y más, los algoritmos de las máquinas computadoras capturan toda mi información, saben más de mí mismo que yo, porque todo lo tienen en presente.

En un mundo así no sorprende que entre más poder se detente se sucumba más fácilmente a las tentaciones. Se conoce como dictum de Acton la célebre frase acuñada por el historiador católico británico John Emerich Edward Dalkberg Acton, Lord Acton en 1887, que en su redacción original decía: Power tends to corrupt, and absolute power corrupts absolutely. Ora que como dice el refrán, de por sí es risueño y le hacen cosquillas.

Quizás los más preocupante como me dijo un amigo que me hubiera gustado como alumno, pero del que he aprendido mucho, lo preocupante no es tanto que el líder pueda cometer tantos dislates, tan graves y tan seguido, sino lo que sus seguidores están dispuestos a tolerarle. Desde luego, por obvio habría que dejar de lado a los abyectos que son capaces de “ver” el traje del emperador, a los acomodaticios que voltean la cara para no tener que decir si lo vieron o no, a los necesitados que pueden sobrevivir de una dádiva, de una palmada, de una ilusión. Queden a salvo los que de buena fe esperan ser salvos por ella. No sé si sea una cita bíblica, pero si sé, hasta donde recuerdo del catecismo de la Santa Madre Iglesia, que en eso no ha de diferir tanto de las creencias evangélicas que profesa López Obrador, que la fe es un don gratuito. ¿Qué es la fe? La fe es la adhesión personal de la inteligencia y voluntad a la revelación divina. ¿Es la fe un don sobrenatural? Sí, la fe es un don sobrenatural, porque para creer, el hombre necesita del auxilio divino.

En México, nuestros padres conscriptos, los liberales alimentados en las enseñanzas masónicas, triunfadores en las contiendas que ocuparon buena parte del siglo XIX, optaron por asumir el modelo de los EE.UU. Imitación extralógica le llamaría el sociólogo francés Gabriel Tarde, que distinguía las imitaciones lógicas que se presentan cuando exista alguna similitud entre las condiciones del imitador y el modelo, por lo tanto responden a una problematicidad peculiar y la asunción de algunas características del modelo está probado que funciona, o al menos que responde a ciertas analogías objetivas. En la imitación extralógica se copia por admiración, por respeto, por moda, por ignorancia, por pigricia. Somos una federación de entidades que nunca existieron autónomas, con un gobierno a imagen y semejanza de los vecinos, que no respondía en sus postulados ni en sus estructuras a la realidad de nuestro país. Por eso, entre otras cosas, los controles que allá operan, aquí no. Cuestión de cultura, cuestión de idiosincracia.

Manlio Fabio Beltrones (¿se acuerdan?, era un líder priista, ¿se acuerdan del PRI? ahora son morenistas) propuso, supongo que de buena fe, hace dos elecciones presidenciales, un modelo de gobierno que, de alguna manera se ensayó con no muy buenos resultados aquí en Aguascalientes. Nuevamente las imitaciones extralógicas. La idea, sin embargo, no era mala, y responde a la mayoría de los modelos europeos, con los obligados matices de cada país. En esencia era crear una especie de régimen semiparlamentario, en el que existiera un Jefe de Estado, que podría ser electo, y un Jefe de Gobierno, que correspondiera a la fuerza política dominante o, en su caso, a la alianza más fuerte de las diferentes corrientes políticas. En ese modelo, el Jefe de Estado, garantiza la unidad sin participar directamente en el gobierno, y el gobierno puede cambiar tantas veces como sea necesario sin producir una desestabilización grave, al menos en teoría.

Nuestro sistema facilita que el Presidente esté solo, solísimo. Facilita que crea que un memorándum de él, sea más importante que la Constitución. Facilita que esté convencido de que Sevilla sea la capital del mundo. Facilita que cualquier ocurrencia pase por idea. Facilita que su voluntad se convierta en ley aunque no pase por las cámaras, por sentencia aunque no pase por los tribunales, en dogma aunque no pase por los concilios. Facilita que crea que en política el ejemplo arrastra y que la magia opera transformando a los malos, como en los cuentos en buenos para vivir felices y, desde luego, comer perdices.

La realidad es reacia. No responde a las “varitas de virtud”, que por otra parte, son bastante escasas. Para hacer grandes cosas, decía Montesquieu, no basta estar por encima de los hombres, hay que estar con ellos. Estar con ellos no es gozar de sus simpatías, sino entender que un país no es la resultante de sus fuerzas, sino la permanencia de sus fuerzas actuando en un pacto mínimo de voluntades. La tarea es unir, no separar, sumar, no dividir, es sembrar, no desperdigar.

Señor Presidente: usted es locuaz, como lo fue Echeverría. Incansable, como aquel. Ejecutivo, como lo era él. Proclive al autoritarismo y al egocentrismo y ya conocemos el resultado.

¿Y si en lugar de hablar, Señor Presidente, dedicara dos horas diarias a escuchar a los mexicanos, a todos?

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