Carlos Reyes Sahagún

Cronista del Municipio de Aguascalientes

La joya de esta corona que es la Biblioteca Pública Central Centenario Bicentenario; el brillante más raro y caro es, a mi inútil parecer, el archivo y biblioteca del profesor Alejandro Topete del Valle…

Como si se tratara de los atractivos de una dama, este lugar permanece oculto en una primera aproximación –oculto, pero no vedado–. Para llegar a él habrá que bajar una escalera, apenas pasando la entrada, atravesar un pasillo y luego volver a subir. Sólo entonces se llega. El archivo es un lugar apacible, debidamente iluminado, puesto que se encuentra en el lado en el que el Sol saluda a la vida cada mañana, es decir, la parte oriente de la biblioteca. Cuenta con una pequeña zona con mesas para la consulta de documentos, una estantería con libros que pertenecieron al antiguo Cronista de la Ciudad, un mostrador y detrás de él un mueble para archivar mapas, y otros estantes con más libros y cajas que contienen documentos que están a la espera de ver la luz y en silencio, prestos para contarnos su verdad.

Ahí es reina y señora la historiadora, maestra en ciernes, Caliope Martínez González, orgullosa encargada del resguardo de una parte de la biblioteca del profesor Topete y, sobre todo, el archivo de este personaje, que el Instituto Cultural de Aguascalientes adquirió hace unos años, en una feliz y atinada decisión, y que seguramente en fechas próximas dará sus mejores frutos.

A propósito de documentos listos para aleccionarnos, veo este, de la época de la guerra de agresión –¿habrá alguna que no lo sea?–, que los Estados Unidos llevaron a cabo en contra de México entre 1847 y 1848.

Se trata de un texto impreso en 1847 en la imprenta del gobierno de San Luis Potosí, de autor anónimo, que lleva por título el de “Cuando de los mexicanos”. Es, claramente, una arenga impresa en una hoja tamaño carta, destinada a animar a la resistencia al invasor; un poema compuesto de una serie de versos de ocho sílabas, en los que, por ejemplo, se proclama lo siguiente: “A las armas mexicanos/a matar yanquees sin cuento,/pues que ya llegó el momento/de probar nuestro valor./y probémosle a Taylor/que vamos ya despertando;/Que enemigos sí seremos,/Pero sus esclavos…¡Cuando!”

Esta otra quizá sea vigente aún: “Bien puede, desengañado/Tomar las de Villa Diego,/No se te haga tarde y luego/Vengas después reclamando:/Ya nos vas desengañando/De tus malas intenciones:/Tú dirás buenas razones,/Pero que te creamos… ¡Cuando!”

Con Caliope está como príncipe suertudo, que no con suerte, ni mucho menos consorte, el también historiador Martín Oliva Marfileño, que en el momento de mi visita hojeaba un grueso volumen que tenía por encabezado el de –disculpe usted que lo escriba con el español de este, nuestro siglo, y no como se lee en la portada– Títulos de la Hacienda de Ciénega Grande, propias del señor coronel. D. Diego Rul. Libro Primero, Año de 1800.

Si la biblioteca; toda biblioteca, constituye un resguardo del recuerdo del mundo, este archivo constituye un trocito de la memoria de Aguascalientes. En el acervo consta, por ejemplo, un ejemplar de la primera edición de la Historia del Estado de Aguascalientes, publicada en 1881. Se trata del primer esfuerzo en este rubro; el primero con cierto grado de formalidad que se llevó a cabo, por parte del político gomista –del coronel Jesús Gómez Portugal– Agustín Rómulo González, y está dedicado por el autor, “a mi amigo el señor Francisco de P. Aldana, en testimonio de aprecio”. La fecha del autógrafo es el año de la edición.

Otro volumen da cuenta de los bienes de don Gaspar Benito de Larra, minero en el Real de Nuestra Señora de los Acientos (sic). El año: 1717.

Puesto que me encantan los viajes –dime de qué presumes y te diré de qué careces– de la estantería de libros tomo este que lleva por título el de “Viajes por tierra española”, de la autoría del fotógrafo alemán Kurt Hielscher, y publicado en la capital del mundo, es decir, Nueva York.

No está fechado pero, luego de acariciar sus hojas, aspirar el aire que flota en su interior y hacer un poco de silencio interior, aventuro la hipótesis de que el libro fue editado en los años 20 o 30 del siglo pasado… Sus páginas están cuajadas de espléndidas fotografías en sepia. Por ejemplo esta, que lleva por título Becerrada en la plaza mayor de Sepúlveda –aunque la traducción al inglés habla de una corrida de toros–… En la imagen se observa la plaza de este pueblo cercano a Valladolid, al fondo el H. Ayuntamiento, aparentemente empotrado contra el templo –maravillosa metáfora de las relaciones Iglesia Estado– y los accesos tapados por un burladero improvisado, con personas montadas en lugares altos, e incluso en alguno de los balcones de los edificios que la conforman, y en irregular ruedo, un animal detenido frente a un grupo de jóvenes que le muestran capotes, o están parados en posición de salvar el físico en cuanto el animal salga del aparente mutismo que se le ve.

En otra se observa la misma escena pero del lado contrario, y el torero en posición de estoquear al pobre animal, que ni en cuenta del destino que le aguarda. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).