Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Para Benjamín, que no se llama así,

sino David Emmanuel,

que viva siempre la vida.

En estas vacaciones del verano próximo pasado, y ante la imposibilidad de realizar un periplo transoceánico, digamos a los países que le hacen casita al Mar de la Tierra Media; que lo contienen y acunan, Armida mi esposa, que es al mismo tiempo mi compañera de viaje, y este servidor de la palabra que intento ser, nos fuimos de vacaciones a Los Azulitos, Jalisco, que está para acá, rumbo a San Luis Potosí, pero antes de Ojuelos, e incluso antes de Ciénega de Mata, muy cerca de la ex hacienda de La Punta…

Tomamos semejante determinación porque había yo escuchado de voz del padre Miguel Medina Fernández que la anterior imagen de la Mariquita de la Asunción se encontraba presidiendo en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Los Azulitos, y quería verla. En su libro “La catedral y su Cabildo” su autor, el padre Ricardo Corpus Alonso, ofrece una información mínima sobre esta imagen. Dice que era una “escultura hecha en Querétaro por el escultor López Vidrio en el año de 1884” ­–nomás no he podido averiguar el nombre del señor López Vidrio- y que “quedó a su vez fuera de culto, cuando por donación del Ilmo. Sr. Valdespino, aparece la que hoy veneramos”, pero no señala el nuevo destino del bulto.

Entonces, tomamos semejante determinación y tomamos la carretera hacia aquella demarcación. Nos dimos cuenta que habíamos salido del sacrosanto estado de Aguascalientes cuando ocurrieron dos cosas: en primer lugar nos encontramos con una puerta de acceso –o de salida, según se vea–, con su correspondiente letrero de Feliz viaje, vuelva pronto; algo así. En segundo lugar, más importante que lo anterior, la vía perdió la calidad asfáltica que tenía en esta tierra que me vio nacer.

Peor se puso el asunto cuando abandonamos la carretera 70 y nos dirigimos hacia el norte, ya en las inmediaciones de Los Azulitos. ¡Aquello está infame!, con unos agujeros como para destrozar la suspensión de una camioneta todoterreno. Así que ahí fuimos, a vuelta de rueda, aunque visto el asunto por el lado amable, esto nos permitió disfrutar del panorama veraniego, el verdor campirano, el cielo de un azul como no se ve en la ciudad, surcado por delicadas nubes. ¡Total, andábamos de vacaciones!, y en ese estado de ánimo todo era maravilloso, incluyendo los papelillos blancos tirados por todas partes.  ¡Ah, qué gente, que ensucia el campo! Pero viéndolos bien, no eran papelillos, sino unas flores rastreras, tan humildes como bellas. ¡Delicadas flores por todas partes!, aunque eso sí: por todas partes también, aquí y allá, botellas de plástico, y entonces sí cabe la expresión: “¡Ah, qué gente, que ensucia el campo!” De nueva cuenta me enfrento al enorme misterio que encierra este acto: quienes botan la basura en donde sea ¿no se dan cuenta de la belleza que los rodea, que con su actitud ensucian?

Pasamos una bifurcación que anuncia la ganadería de reses bravas de La Punta, y llegamos al poblado, que es mucho más que un rancho. Pregunté al infaltable hombre de la esquina por el templo, y hacia allá nos dirigimos. Bastó recorrer las calles de la entrada a la plaza, para constatar que es este un pueblo de gente grande, o casi un pueblo fantasma. Luego me enteraría que mucha gente, jóvenes principalmente, viene a Aguascalientes a trabajar.

Llegamos a la plaza, donde está el templo. En verdad qué tranquilidad se respiraba en el lugar, ideal para el escuchar los aviones, los pájaros, el viento y el accionar de una escoba por parte de una mujer que barría allá lejos, a un lado del kiosco central del pueblo.

Nos dirigimos al templo, un edificio muy nuevo, apenas de una doble o triple altura, con su atrio y un campanario separado de aquel, una edificación cuya puerta estaba cerrada. Cerrada y no, porque la cerradura no estaba echada, ni había candado que impidiera el paso. ¿Qué cree usted, que no haya nada de valor que robarse, que el encargado(a) se haya olvidado de cerrar, o que la seguridad es total y todo el mundo confía en todo el mundo, y no es preciso recurrir a esas prácticas?

Por mi parte me quedo con esta última opción, aunque sea un romántico irredento. Así que nos metimos y cerramos. Anduvimos por la construcción a placer, y mire lo que son las cosas: hasta este lugar del México profundo, esa extraña mezcla de lo antiguo y lo moderno, llega el eco de la Roma Imperial, porque el templo de Los Azulitos tiene la forma basilical, una configuración arquitectónica que la Iglesia cristiana de los primeros tiempos escogió para la edificación de los lugares de culto, y que retoma, precisamente, el formato de las basílicas romanas, esos espacios para la convivencia y la impartición de justicia, es decir, tres naves separadas por arcos y columnas, la central más alta que las otras dos.

Pero ahí no hay arcos y en rigor la altura de los tres espacios es la misma. No hay riqueza arquitectónica por admirar, no hay cantera labrada ni pinturas ni esculturas sino el espacio “para lo que te truje”, para el culto pero, claramente, ahí está la forma antiquísima, ejecutada de acuerdo con las posibilidades económicas y conocimientos de quienes impulsaron esta obra.

Esto me conmovió, constatar como algo tan lejano en el tiempo y en el espacio; algo que forma parte de los cimientos de nuestra cultura –la occidental y cristiana- se las había arreglado para llegar hasta este lugar, entre nopales, mezquites y pirúes, casi al otro lado del mundo; casi. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).