Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Iconografía… Según el diccionario de la RAE, el término procede del latín medieval iconographia, y este a su vez del griego εἰκονογραφία eikonographía. Las acepciones que da el diccionario son 5. Para los efectos de estas líneas, el que me interesa destacar es el segundo: Representación o imagen de un personaje o de una realidad determinados.

Si uno se detiene un poco pensar sobre este asunto, es fácil llegar a la conclusión de que todo en esta vida es imagen: nosotros, el mundo, las cosas, el mercado, todo es una construcción de imágenes, y que además no sólo están en todas partes, sino que son importantísimas para nuestras vidas. Todo es imagen, el hospital, la escuela, el banco, el automóvil, el supermercado, la muerte, las iglesias, la biblioteca, el gobierno, el peligro, el alcohol, el transporte urbano, lo prohibido… Por ejemplo, una imagen que a últimas fechas se me ha vuelto particularmente importante cuando voy al centro de esta insegura capital, es la de un baño… Ver esta imagen, la simple silueta en negro de un hombre y una mujer, me tranquiliza porque me ofrece la certeza de que podré reconciliarme con mi humanidad -si entiende lo que quiero decir-. Lo contrario me intranquiliza, me hace sentir incómodo, desde luego siempre y cuando venga al caso…

Ahora que escribo estas líneas me acuerdo de una serie documental que vi hace unos años, de nombre El arte crea al mundo; algo así, construida alrededor de la idea de que el arte nos humaniza, y cuyo primer capítulo se refiere a la importancia que tienen las imágenes para nuestra vida, en cierta forma teniendo en cuenta lo dicho en el párrafo anterior.

Pero esta imagen del baño es simplona, y la utilizo para ejemplificar lo que quiero decir. Hay otras… Digamos más sustanciosas, profundas; que son capaces de despertar en nosotros esa ira que yace inerte en el fondo de nuestro cerebro, y que puede hacernos reaccionar violentamente. ¿Se acuerda del corajote que hizo Moisés cuando bajó del Monte Sinaí con las leyes que Dios le había dictado y vio que el pueblo estaba adorando un becerro de oro -es decir, una imagen- que se habían mandado hacer? ¿Y se acuerda del joven que entró hace un par de años al templo de Nuestra Señora de San Juan, de la colonia San Pablo, y rompió la imagen de la Chaparrita de San Juan? ¿Y se acuerda de la indignación campesina de hace unos días, por un supuesto retrato del general Emiliano Zapata homosexual? Digo supuesto porque en realidad es un autorretrato del autor, y no del caudillo del sur. ¿Y qué me dice de aquel episodio que tuvo lugar en nuestro Teatro Morelos durante la Soberana Convención Militar Revolucionaria de 1914, cuando un delegado zapatista estuvo a punto de ser asesinado por zarandear la bandera nacional, es decir, otra imagen?

Estoy convencido de que semejantes reacciones son evidencia de la importancia que atribuimos a las imágenes, y más si son religiosas. Tan importantes son que ya en el primero de los mandamientos que Dios dictó a Moisés, está la prohibición expresa de fabricarlas y/o utilizarlas para el culto. En efecto, cuando Dios le dice a su pueblo que no tendrá otros “dioses fuera de mí”, agrega: no te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos, abajo en la tierra o en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo, Yahvé, soy un Dios celoso”(Éxodo, 20- y 5) Este mandamiento inauguró la tradición hebrea de no utilizar imágenes de ninguna especie en las sinagogas, en una práctica que persiste hasta nuestros días, y que fue heredada por el islamismo. No así por el cristianismo, que actuó precisamente en sentido contrario a la prohibición divina, y generó una ingente cantidad de imágenes para veneración de la feligresía.

Una de ellas es, precisamente, la de la Virgen de la Asunción, advocación mariana que se refiere al momento final de la vida de la madre de Jesús, cuya construcción -la construcción intelectual, emocional, quiero decir; lo que dicta la tradición-, es de lo más interesante, y se remonta a los primeros siglos de la historia de la iglesia. El resultado son las imágenes que conocemos, del Greco, de Murillo, y tantos artistas que la han esculpido o pintado, incluido el que imaginó y realizó la nuestra; Nuestra Señora de Aguascalientes.

Los elementos básicos de esta representación son la Virgen de cuerpo entero, que mira hacia lo alto, el rostro luminoso y sonriente, los ángeles en la base, que la llevan al cielo, nubes…

Por cierto, y hablando de baños… Estaría bien que, como en París, Zamora (España), Burgos, y otras urbes cosmopolitas de este mundo, las autoridades turísticas instalaran baños en zonas estratégicas del llamado centro histórico, digo, para los visitantes. Yo, como quiera, vivo aquí, y sé que si tengo una humanística urgencia, puedo ir a los palacios de gobierno o municipal o a la Casa de la Cultura -siempre y cuando no estén cerrados-, o al centro comercial de a la vuelta, pero no mucho más. En cambio para un viajero todo es tan nuevo como desconocido, y no resulta obvio dónde recurrir; no hay que ser. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).