Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

 Estaba yo buscando en esa herramienta maravillosa -aunque de doble filo- que es la Internet, información que me permitiera documentar estas líneas que le he ofrecido a lo largo de estas últimas semanas, y me encontré con un librito muy interesante -vida falta para leer todo lo interesante que se publica, y asimilarlo; apropiárnoslo y enriquecer nuestra vida-, cuyo título es, fíjese bien: ”Iconografía Mariana de la Arquidiócesis de Guadalajara”, y tiene por subtítulo este, no menos interesante: “Compendio Histórico sobre las imágenes de la Madre de Dios más veneradas en el Arzobispado de Guadalajara o por la antigüedad de su culto, la veneración de los pueblos ola fama de sus prodigios” .

El libro fue escrito por el presbítero Luis Enrique Orozco, y originalmente fue publicado a mediados de la centuria pasada, en 1954. El que encontré en Internet tiene 465 hojas en su edición impresa -esta es digital-, y es el tomo 1, así que ya se imaginará la magnitud del trabajo emprendido por este personaje. No constan en la Internet otros volúmenes de esta obra, que tal vez no existan; no sé.

La publicación fue prologada por quien fuera el primer cardenal mexicano (aunque esa dignidad la adquirió después), el arzobispo de Guadalajara, José Garibi Rivera. De ahí rescato un párrafo que, de nueva cuenta, pone en la mesa de discusión un tema que se ha discutido durante siglos, en ocasiones con espada en mano, anatemas y mentadas. Dice Garibi: “Uno de los medios de que Dios Nuestro Señor se ha valido para propagar la devoción a la Santísima Virgen Marta en nuestra Patria y de modo especial en nuestra Diócesis, ha sido sin duda el de las imágenes”.

En fin, como dice el refrán reformado: cada cabeza es una confusión, y yo, perdón, no dejo de desconfiar del culto a las imágenes, porque en última instancia son eso: imágenes formadas de madera, pintura, yeso, y cuando más, es válido considerar su poder de evocación, la piedad que les dio forma, su belleza, pero no más, aunque ciertamente no pierdo de vista el valor que tienen para la comunidad, como elemento de cultura popular, su historicidad y su valor estético. Mi desconfianza procede de observar que con alguna frecuencia se rebasan estos límites y se incurre en otras conductas, las mismas que hace siglos condenaron los iconoclastas.

Y sin embargo este asunto de las imágenes es de la mayor trascendencia para nosotros; para nuestras vidas. Escribo esto y pienso no sólo en las religiosas, sino en todas, en todo tipo de imágenes, las que nos llegan cada día, en todo momento, las que nos ofrece la naturaleza, la ciudad, y desde luego el mercado, los iconos de las empresas que pugnan por atraer nuestra atención y, desde luego, nuestro dinero; las imágenes que respetamos, las que evocamos, las que despreciamos. Las imágenes que incorporamos a nuestras vidas, todas son importantes, porque en última instancia somos seres visuales, aunque a final de cuentas ese es otro asunto, que rebasa con mucho la temática que estoy abordando. Luego está también el tema de la iconografía, que también es de la mayor relevancia, la suficiente como para dejar aquí el asunto y dedicarle por lo menos medio artículo en próxima entrega, si la hay.

Del libro señalado rescato el hecho de que el culto a la Virgen María en su advocación de la asunción al cielo es casi tan antiguo como la llegada de los conquistadores a estas tierras. Dice Orozco que en 1531 fray Antonio de Segovia fundó el Convento de la Asunción de Tetlán, cerca de Tonalá, pero que el mismo religioso lo trasladó al barrio de Analco, en Guadalajara, en 1542. Luego, en 1532 se fundó el convento de la Asunción en Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán.

Toca ahora referirme a Lagos de Moreno, o Santa María de los Lagos, fundada el 31 de marzo de 1563 por un viejo conocido de Aguascalientes, el sevillano Hernando Martel, esto como parte del proceso de colonización del ingente territorio que los españoles adquirieron por la fuerza de las armas.

El 14 de septiembre de 1740, el obispo de Guadalajara, Juan Gómez de Parada, promovió al curato de Lagos al aguascalentense Diego José de Cervantes, quien impulsó la construcción de un nuevo templo parroquial. Se puso la primera piedra el 6 de mayo de 1741 y se dedicó a Nuestra Señora de la Asunción. Nada más agrega Orozco sobre el culto a esta advocación mariana en Lagos, pero hay algo que no termino de entender, quizá porque mis luces son mínimas, o porque falta información.

Muchos aquí, yo entre ellos, hemos creído que el culto a la Virgen de la Asunción en Aguascalientes obedece al hecho de que los primeros pobladores de estos lares vinieron, precisamente, de Lagos, y entre otras cosas, habrían traído esta veneración. Sin embargo Orozco da a entender que dicho culto en Lagos no floreció desde el momento de su fundación, sino hasta después de 1740, cuando Aguascalientes iba por su segundo centenario de existencia. El culto original de los habitantes de la demarcación vecina estuvo dedicado, según el autor que he venido comentando, a la Virgen del Refugio, una advocación muy popular en Nueva España.

Finalmente, le comparto el dato de que el 22 de octubre de 1716, le fue consagrada a la Virgen de la Asunción la catedral de Guadalajara, nada más y nada menos.

Este recuento no estaría completo si no me refiriera a la veneración que existe en la vecina Jalostotitlán, pero es tan importante, que merece más atención que unos cuantos párrafos, cosa que haré en la próxima entrega, si la hay. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com)