Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Entrar al templo parroquial de Los Azulitos, cerca de la Punta, Jalisco, en busca de la anterior imagen de la Virgen de la Asunción; la anterior a la actual que preside desde el altar mayor de catedral, fue una experiencia extraña; única, porque no había en el edificio nadie que nos franqueara el paso a mi esposa y a este servidor de la palabra, o que nos lo impidiera.

Encontramos todo en perfecto orden, muy limpio, pero abandonado. Era como si todo el mundo se hubiera ido de repente, de prisa, dejándolo todo atrás. Incluso el misal estaba abierto sobre el atril; abierto en la misa de difuntos, una de ellas, justo donde se lee un fragmento del Libro de la Sabiduría: “la vida de los justos está en manos de Dios y ningún tormento los afectará. Los insensatos pensaban que habían muerto: su tránsito les parecía una desgracia, y su partida de entre nosotros, un desastre; pero ellos están en la paz” .Mientras recorríamos el espacio me imaginé al difunto, a los deudos, y el evangelio, aquel pasaje que es el principal asidero de los creyentes, el tesoro prometido al final del arco iris: “Le dice Jesús: tu hermano resucitará. Le respondió Marta: ya sé que resucitará en la resurrección, el último día”…

De veras qué extraño era todo aquello; la soledad, ni un alma que clamara al cielo en ese espacio sagrado. Recorrimos el templo, a la espera de que llegara alguien para entablar conversación; preguntar por la imagen, pero ni sacristán o sacristana, ni párroco, ni nadie que iluminara mi mente en torno a la interrogante que nos llevó hasta aquella latitud. Incluso la sacristía estaba abierta. Y sin embargo ¿cómo sería esto, si no es parroquia, sino una humilde capillita?

En fin. Como señalé en la entrega anterior, la capilla es de tres naves, techadas con ladrillo. Pero hay algo distinto de la forma basilical tradicional, porque en lugar de un ábside en la parte del altar, el remate es más bien de cruz latina. En cuanto a la cúpula, su forma es octogonal, algo excepcional entre nosotros, aunque sus lados son muy suaves. En la nave de la izquierda está el sagrario, que se ubica en el crucero de una gran cruz de madera puesta de pie, empotrada en la pared, pero que no cuenta con Depósito, dado que no observé la lámpara roja que indica la presencia del Santísimo Sacramento del Altar. A la derecha de la cruz está la infaltable, omnipresente imagen de la Virgen de Guadalupe, acompañada por otra el indio Juan Diego.

La nave derecha está dedicada al sacramento del bautizo, con una gran concha de madera en una de las esquinas, que pareciera cubrir una pila de madera y cantera y encima de aquella el dicho del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Finalmente está el altar mayor, que se encuentra, digamos, metido en donde tendría que estar el ábside, parte muy principal de una basílica, pero que más bien parece el remate de la cruz latina. El altar; en verdad pequeño, es un ciprés de cuatro niveles, y está hecho de madera finamente labrada, coronada por la imagen virginal que está cubierta de vidrio, y metida en una estructura de ladrillo enjarrado y pintado, aunque muy elemental en sus acabados.

A la distancia la imagen no me pareció que fuera muy antigua, y aquí ocurrió algo sorprendente; algo que nos sucede todo el tiempo, una mala pasada que nos juega el cerebro y contra lo cual es preciso estar alertas, para no equivocarse. Porque señora, señor: observé con toda atención la estatua, y entonces vi lo que quise ver: una imagen de la Virgen de la Asunción, dado que era eso lo que estaba buscando, pero no había tal, sino otra cosa; otra advocación.

La escultura tiene una altura aproximada de 1.70 metros. Está montada sobre una base que recuerda a un mundo entre nubes, que lo cubren de manera muy abundante a los lados, y más tenues en el frente, lo suficiente como para vislumbrar un fondo azul. Entre las nubes se observan cinco querubines, dos de ellos de cuerpo completo. Tres voltean a ver a la mujer, en tanto uno tiene las manos unidas, y el otro levanta la derecha.

La mujer está parada sobre la superficie blanca, de cuyo lado derecho sobresale un cuerno plateado, un pedazo de luna en creciente –¿o será menguante?-. Lo curioso que por más que la observé, no vi el otro lado. La túnica es blanca, y sobre esta se observa un mantón azul. Ambas prendas están ribeteadas con figuras florales en color dorado, y a la altura de los brazos, o más bien dicho de las muñecas, se observa una tercera prenda, una especie de blusa rosa.

La cabeza de la Virgen, que está cubierta con un velo blanco por dentro y azul muy tenue por fuera, está suavemente inclinada a la izquierda, y mira hacia abajo. Su pelo es castaño y las facciones muestran de manera muy nítida la mano del artista, su nariz, sus ojos, sus labios, y sin embargo hay algo… perdón por lo que voy a escribir, pero observo en la virginal expresión una seriedad extrema, algo que casi raya en la tristeza. No tiene la expresión triunfal de la Virgen que es asunta al cielo, porque no es una Virgen de la Asunción, sino una Inmaculada Concepción. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).