Carlos Reyes Sahagún / Cronista del Municipio de Aguascalientes

Hace unos días tuvo lugar en la Universidad Autónoma de Aguascalientes el vigésimo Seminario de Investigación, que incluyó 23 mesas de presentación y discusión de ponencias. Por mi parte tuve la oportunidad de asistir a dos sesiones, de tal manera que mantengo la conclusión enunciada la semana pasada, en el sentido de que en la universidad se hacen cosas valiosas, que merecemos conocer e integrar a nuestras vidas.

Aunque no crea que todo lo expuesto valió la pena. No faltaron, por ejemplo, investigaciones que bien puede uno preguntarse: “¿Y eso qué?”, o investigadores que llevan 20, 30 años revolcando la misma gata –ordeñando la misma vaca–, y presentan de una manera lo que en ocasiones anteriores ofrecieron de otra. Haga de cuenta que un año ofrecen la mano extendida, hacia arriba. Luego, al siguiente, es la misma mano, pero hacia abajo, y después con el puño cerrado, etc., y así se la van pasando, en tanto navegan en las dulces y fecundas aguas del Sistema Nacional de Investigadores.

Otro lado oscuro de estos eventos radica en el hecho de que es muy poca la gente que asiste a escuchar a los ponentes, y generalmente los que van –vamos– pertenecen a la misma disciplina: los historiadores escuchan a los historiadores, los abogados a los abogados, y los filósofos a los filósofos, cuando, como digo, hay cosas que deberíamos escuchar todos –me acuerdo de un libro de meditaciones católicas: Secretos para gritarse. Así debería ocurrir con algunos trabajos–.

Va un par de temas para gritarse en las esquinas, previa convocatoria con trompeteas apocalípticas, para que todos nos enteremos de qué va esta vida. Son dos asuntos cuya reflexión procede, coincidentemente, de profesores del departamento de Filosofía del Centro de Ciencias Sociales.

El primero versó sobre la necesidad de adquirir una ética ambiental. El título fue: “Análisis hermenéutico de la ética ambiental: sus propuestas”, algo que me parece de la mayor relevancia, y que tanta falta nos hace. ¿Qué hacer con el medio ambiente para protegerlo? ¿Cómo podremos garantizar su supervivencia para que a su vez este garantice la nuestra?

Luego de desarrollar el tema; de enumerar  autores, los ponentes plantearon como conclusión la necesidad de que, a la hora de consumir, todos contestemos a las siguientes preguntas, y decidir en base a la respuesta; algo en verdad simple, pero de gran importancia. Corre y se va: ¿Cuál es el costo ambiental de las materias primas que consumimos; de los productos que usamos cotidianamente; de los productos, una vez que se descartan o desechan? ¿Cuál es nuestro papel dentro del proceso ambiental, para resarcirlo?

Escuché los cuestionamientos y no pude menos que pensar: “Nos vamos a morir de hambre”, esto porque, a final de cuentas, ¿qué de lo que consumimos está libre de alguna acción contaminante, o que deteriora el medio ambiente? Tengo la impresión de que ninguno. Piense en el producto que quiera y verá, de la leche a los automóviles; de las lechugas a los muebles de su casa… ¿Cuánto tiempo tardaría la industria para reconvertirse; cuantos recursos tendrían que invertirse para eliminar esa fase del proceso productivo que contamina, o que deteriora el medio ambiente?, y entonces revertir la situación de deterioro.

Nada más de escuchar a los ponentes, esta necesidad de preguntarse sobre el origen de todo lo que consumismos, a fin de evaluar si garantiza el futuro del medio ambiente y abstenerse o seguir adelante, se me ocurrió lo siguiente: me parece que la lectura de libros es uno de los actos más civilizados que podemos realizar, una de las mejores maneras de honrar nuestra condición. Sin embargo estos objetos maravillosos son de papel, que procede de árboles talados. ¿Deberemos imprimir menos libros para disminuir la tala de árboles? Ya sé que claramente se está produciendo una transición del libro de papel al texto electrónico pero, francamente, en mi caso, y en el de muchas personas, los ojos no me dan para ello, aunque ciertamente vienen a mi mente personas como mi amiga Ana Aurora Manzano de Kapsalis, que es muy hábil para leer en tableta electrónica.

En fin. A mí me ocurre que desde hace tiempo, cada vez que tomo un libro, es decir, todos los días, no puedo menos que sentirme un poquito culpable, por aquello del árbol convertido en sembradío de letras y palabras e ideas.

En fin. Cambio de tema. Otra ponencia que me pareció particularmente valiosa fue la titulada “Democracia y conocimiento”, que hubiera sido importante que conociéramos en tiempo y forma ahora que vinieron y se fueron las elecciones. Puesto que se agota el espacio, permítame concentrarme en un solo aspecto de lo dicho por el ponente, y que no tuvo desperdicio.

El expositor consideró que toda democracia debe tener sus “guardianes”, mecanismos de detección y/o control de personajes y/o situaciones que constituyan un riesgo para aquélla, y presentó un “test de autoritarismo”, al cual debemos someter a los novios y novias que le salen al electorado en tiempo de comicios.

Dijo el ponente que debemos estar atentos “cuando un político rechace con palabras o acciones las reglas del juego democrático; rechace la legitimidad de sus oponentes; tolere o fomente la violencia; indique su voluntad de restringir las libertades civiles”, y concluye: “la manifestación de uno solo de estos puntos es motivo suficiente de preocupación. No es necesario que se presenten todos”.O sea que para como están las cosas, cada vez es más urgente atender estos asuntos. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).