Luis Muñoz Fernández

Vivimos en un universo extraño y maravilloso. Se necesita una extraordinaria imaginación para apreciar su edad, tamaño, violencia, e incluso belleza. Podría parecer que el lugar que ocupamos los humanos en este vasto cosmos es insignificante; quizá por ello tratamos de encontrarle un sentido y de ver cómo encajamos en él. Hace algunas décadas, un célebre científico (algunos dicen que se trataba de Bertrand Russell) dio una conferencia sobre astronomía. Describió cómo la tierra gira alrededor del sol y cómo este, a su vez, gira alrededor de un inmenso conjunto de estrellas al que llamamos nuestra galaxia. Al final de la conferencia, una vieja señora se levantó del fondo de la sala y dijo: “Todo lo que nos ha contado son disparates. En realidad, el mundo es una placa plana que se sostiene sobre el caparazón de una tortuga gigante”. El científico sonrió con suficiencia antes de replicar: “¿Y sobre qué se sostiene la tortuga?”. “Se cree usted muy agudo, joven, muy agudo”, dijo la anciana. “¡Pero hay tortugas hasta el fondo!”.

 Stephen Hawking y Leonard Mlodinow. Brevísima historia del tiempo, 2005.

Al preparar la última ponencia del Diplomado “Palabras que han determinado el rumbo de la historia”, que se ha celebrado a lo largo de varios meses en la Universidad Autónoma de Aguascalientes bajo la coordinación del doctor Alfonso Pérez Romo, leo La gran panorámica. Sobre los orígenes de la vida, su significado y el universo mismo (The big picture. On the origins of life, meaning, and the universe itself. Dutton, 2016) del físico teórico estadounidense Sean Carroll, especialista en energía oscura y relatividad general del Instituto de Tecnología de California.

Es una obra de las que me gustan porque en ella se combina la reflexión filosófica con los conocimientos científicos. Empieza relatando lo cerca que estuvo de morir una vez en un accidente de tráfico mientras manejaba su auto en una autopista de Los Ángeles. Por fortuna, resultó ileso, lo que lo llevó a reflexionar sobre la finitud de la vida humana y lo insignificantes que somos si nos comparamos con las vastísimas extensiones de tiempo y espacio que caracterizan al universo en su conjunto:

Como físico estudio el universo como un todo. Es un gran universo. Catorce mil millones de años después del Big Bang, la región del espacio que podemos ver directamente está poblada por unos pocos cientos de miles de millones de galaxias que contienen un promedio de cien mil millones de estrellas cada una. En comparación, nosotros, como seres humanos, somos diminutos, los recién llegados a un planeta que gira en torno a una estrella anodina. Cualquiera que hubiese sido el desenlace de mi accidente en la autopista, la duración de mi vida podría medirse en décadas, no en miles de millones de años.

Esta sensación de insignificancia halla su consuelo y su contraparte en el pensamiento religioso, especialmente el cristiano. La oposición de ambas visiones sobre el ser humano ha llegado a ser firme. Los partidarios radicales de cada postura –científicos reduccionistas a ultranza y eclesiásticos fanáticos como los que abundan– no pueden ni desean ponerse de acuerdo, atrincherados como están para intentar convencer a los seres humanos promedio como cualquiera de nosotros. Como se dice popularmente “jalando agua para su molino”.

Más allá de las explicaciones sobrenaturales, suelo sostener que la religión compite con notable ventaja sobre la ciencia, pues no exige a sus fieles sino la simple obediencia a sus dogmas que, como tales, no requieren verificación empírica. Como la fe, sobre todo si se trata de “la fe del carbonero” (¿Y tú en qué crees?, le preguntaron a un carbonero. Este respondió: En lo que cree la Santa Iglesia. ¿Y en qué cree la Santa Iglesia?, le volvieron a preguntar. En lo que yo creo, dijo el carbonero), no requiere esfuerzo, la religión goza de una inmensa popularidad, mientras que la ciencia, acompañada muchas veces de un lenguaje críptico, repleta de incertidumbres y exigiendo la penosa tarea de pensar con profundidad, se las ve y se las desea para penetrar en nuestra cultura. Y lo que desde hace siglos que nos viene diciendo la religión es que somos la cúspide de la creación y que Dios tiene para todos nosotros un lugar muy especial en su corazón.

Sean Carroll prosigue con sus reflexiones: “Una persona es algo efímero, diminuto, e incluso mucho más pequeño cuando se compara con el universo, como lo es un simple átomo en comparación con la Tierra. ¿Realmente importa la vida de cada individuo?”. Esta pregunta puede resultar ofensiva para mucha gente, pero Carroll no la plantea con ese propósito, sino abrumado por las casi infinitas dimensiones de lo que estudia: “Largos o cortos, nuestros momentos son breves frente a la extensión de la eternidad”:

Tenemos dos objetivos por delante. Uno es explicar la historia de nuestro propio universo y por qué creemos que es verdadera la gran panorámica tal como hoy la entendemos. Es una concepción fantástica. Nosotros los humanos somos como burbujas de lodo organizado que a través de los trabajos impersonales de los patrones naturales hemos desarrollado la capacidad de contemplar, apreciar y vincularnos con la complejidad de lo que nos rodea. Para entendernos a nosotros mismos tenemos que comprender la materia de la que estamos hechos, lo que significa que tenemos que sumergirnos a profundidad en el reino de las partículas, fuerzas y fenómenos cuánticos, por no mencionar la espectacular variedad de formas en las que estas piezas microscópicas se reúnen para formar sistemas organizados capaces de sentir y pensar.

El otro objetivo es ofrecer una pequeña dosis de terapia existencial. Deseo argumentar que, a pesar de que somos parte de un universo que funciona a base de leyes impersonales subyacentes, en realidad “sí importamos”. Esta no es una cuestión científica. […] Se encuentra en el centro de un problema filosófico que requiere que descartemos la forma en la que hemos pensado durante miles de años sobre el significado de nuestras vidas. En la vieja manera de pensar, la vida humana posiblemente no tendría significado si “sólo” somos colecciones de átomos dando vueltas de acuerdo a las leyes de la física. Eso es justamente lo que somos, pero esa no es la “única” forma de pensar sobre lo que somos. Somos colecciones de átomos que actúan independientemente de cualquier espíritu o influencia inmaterial y somos también personas sensibles y pensantes que aportan significado a la existencia en la medida en la que vivimos nuestras propias vidas.

En efecto, esta cuestión está en el centro de una antiquísima tradición filosófica. Así nos lo muestra este fragmento del coro de Antígona de Sófocles, escrita en el siglo V a.C.:

Muchas son las maravillas,

pero el hombre es la mejor […]

Infinitos son los recursos con que afronta

el futuro, mas de Hades

no escapará, por más

que sepa a dolencias graves

sustraerse.

 Invito al improbable lector de este texto a que no vea con desagrado, mucho menos con escándalo, las reflexiones del científico Sean Carroll. Todo lo contrario, pues él mismo nos dice que siendo pequeños y el universo tan grande, hemos ido descubriendo cómo funciona y que es un desafío aceptar el mundo tal cual es, enfrentar la realidad con una sonrisa y hacer de nuestras vidas algo valioso. En el fondo, a pesar de la abrumadora inmensidad del cosmos, de su curso inflexible y de lo aparentemente indiferentes que le somos, tal vez podamos tener la clave de nuestra propia existencia.

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