SIN-JIRIBILLALa razón aterra a algunos, pero nunca es tan terrorífica como su contrario.

Leon Wieseltier

Respeta, es su opinión. ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase mientras se da un debate de pensamientos? No sé usted, amable lector, pero yo en múltiples ocasiones y en bastantes foros. En efecto, de forma absoluta, es característica humanizante y factor democratizador, el respetar siempre al de enfrente, ya lo dijo Voltaire en su famosa frase: “Puedo no estar de acuerdo con lo que dices, pero moriría por el derecho que tienes a decirlo”, sin embargo, una cosa será el respeto irrefutable a una persona y otra muy distinta, el respeto cuestionable al contenido de su opinión.

No son pocas las personas que conciben que la capacidad de emitir una opinión, erróneamente apellidada “intelectual”, es una condición exclusiva de pocos, un elemento diferenciador dentro de una sociedad que entonces, desde su concepción, distingue a la población entre intelectuales y no intelectuales.

Con comodidad, a menudo todos formulamos opiniones que no encuentran mayor soporte que la emocionalidad y el apasionamiento, alejando por completo los principios básicos de la racionalidad y escudados en esta inquietante percepción colectiva de que los que opinan con uso de razón serán los expertos, los académicos o los “intelectuales” pero nosotros, como no tenemos esa condición, podemos entonces opinar soportados únicamente en la mera intuición sin encontrar ninguna obligación de fundamentar nuestras ideas. Nada más aterrador para una sociedad, déjeme le cuento mis razones:

La democracia colocó a la libertad de pensamiento como elemento esencial y cimiento de su estructura, por ende, reconoció entonces que la pluralidad de opiniones, el choque constante de las ideas y las pugnas interminables de los razonamientos, serán la condición sine qua non de su sistema. Por ello, el conflicto intelectual es un objetivo de la democracia, porque solo mediante él garantizaremos nuestro perfeccionamiento, la pelea de los pensamientos es la solución para nuestro progreso.

Partiendo de lo anterior, las opiniones que se produzcan dentro de una democracia, producto de la libertad de las ideas, constituyen elementos que afectarán a nuestro presente y representan los caminos conductores que trazarán nuestro futuro. En otras palabras, las opiniones que los integrantes de una sociedad en un momento determinado emiten, inciden directamente en el destino de la colectividad.

Cuando se pensó que la democracia era la mejor manera de vivir se partió del supuesto de que todos los participantes, mediante sus actuaciones y opiniones, tomarían las mejores decisiones para todos, sin embargo, ya en la realidad, no es pequeño el espejismo comodino que algunos integrantes de una sociedad han creado para excusarse de la responsabilidad ineludible de transformar a las simples opiniones en estructuradas convicciones, entendiendo a las segundas como la opinión, pero razonada.

No se trata de “intelectualizar” a la sociedad, se trata de racionalizar su pensamiento, no se busca que todos tengamos doctorados y solo en ese entonces podamos opinar, se trata de atender a nuestro intelecto y priorizarlo por encima de nuestro sentimiento, se trata de entender las cosas para entonces poder tomar postura.

No tenemos que ser un país de intelectuales, pero no debemos ser una nación de idiotas. Esforcémonos por pensar de una manera clara e inteligente, repudiemos el pensamiento sin sustento y defendamos la prevalencia de lo primero sobre lo segundo.

@licpepemacias