RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Al iniciar la semana pasada, el gobierno de la Ciudad de México inició el retiro en varias estaciones del Metro, de placas correspondientes a su inauguración, en las que aparece, como la ley mandataba, que había sido inaugurada esa estación del metro por el C. Presidente Lic. Gustavo Díaz Ordaz. Pero ahora el gobierno que encabeza José Ramón Amieva  ha decidido quitar de las estaciones del Metro nada más, las que dicen Gustavo Díaz Ordaz.

Creo que los hombres tienen dos tentaciones: Una, escribir la historia y cuando no la pueden escribir la quieren borrar.

Recuerdo que hace unos días, con gran algarabía unos españoles, nietos de republicanos, estaban muy contentos porque habían ordenado retirar de su sepultura lo que quedaba del dictador Francisco Franco. Por otro lado también andan algunos buscando la osamenta de Federico García Lorca, más bien el polvo de los huesos, y meditaba yo que algunos se pasan la vida buscando, o tapando, los restos de la historia. Cuando cayó el Sha de Irán, lo primero que se hizo fue derribar todas las estatuas que había en su honor, y lo mismo pasó con Saddam Hussein. Yo simplemente puedo comentar una sola cosa: En este país no hay monumentos a Porfirio Díaz. Solo hay uno pero de cuando él era soldado, y está en el Centro Administrativo de Oaxaca y lo mandó construir el ex gobernador Ulises Ruíz. Entonces solo hay una estatua ecuestre del Coronel, en aquel tiempo, Porfirio Díaz y dice: “Porfirio Díaz, Soldado de la República”. Hay también una calle en la Ciudad de México allá por el Parque Hundido, que se llama Porfirio Díaz, pero no es en honor del dictador sino de un Ingeniero Porfirio Díaz.  Y luego de tantos años no se ha querido traer el cadáver de Porfirio Díaz de Francia. Aquí en Aguascalientes el otro día me encontré que hay una calle llamada Porfirio Díaz, en la colonia Vicente Guerrero. Y es bien sabido que muchos mexicanos que van a París  van a ver la tumba de Porfirio Díaz.

Pero quieren pelearse con la historia, hacerla y deshacerla, porque para eso han ganado un lugar, si no en la historia al menos en la burocracia. El lunes, con el oportunismo que daba la fecha, José Ramón Amieva dijo: “Arranquen las placas conmemorativas de las obras públicas que hizo Gustavo Díaz Ordaz”. Aunque finalmente eso no va a impedir que el metro siga dando servicio, ni va a impedir que si no fuera por la buena obra de gobierno de Díaz Ordaz en el D.F., esa ciudad se había paralizado hace mucho tiempo, porque la decisión de hacer el Metro salvó la viabilidad de movimientos y movilidad de dicha ciudad. Sin duda fue una cosa buena que el hombre hizo, como administrar bien algunas cosas, porque en el fondo de la historia Díaz Ordaz fue un buen presidente pero que cometió un acto abusivo de poder que le costó la vida a muchísimas personas y eso marcó su gestión, lo condenó y bien condenado además, porque no era la manera de resolver las cosas; pero finalmente, eso, lo que estuvo mal, no hace que todo lo que estuvo bien deje de estar bien o deje de estar ahí. Es un poco esto que yo no me explicaba de donde salía este resquemor o esta actitud de repugnancia entre el presidente electo Andrés Manuel López Obrador y el Estado Mayor Presidencial, y hasta hace unos días lo entendí porque él lo explicó. Ahora que fue a la conmemoración de los trágicos y horribles acontecimientos de Tlatelolco, explicó que elementos del Estado Mayor habían participado en la balacera que causó tantas muertes y que esa era una de las razones por las cuales había que desaparecer al Estado Mayor.

Si por eso hay que desaparecer al Estado Mayor también habrían de desaparecer otras muchas cosas en este país, porque también participó el Ejército y no por eso van a desaparecer al Ejército, aunque parece que sí, porque se está anunciando la creación de una Guardia Civil en la cual participen los Marinos, los Soldados y la Policía Federal, y se haga un gran Ejercito de Paz, que nunca más pueda masacrar al pueblo. Y entonces es cuando uno dice: “El derecho del vencedor es escribir la historia”. Y en esas están ahora, escribiendo la historia y la historia empieza a escribirse en los muros del Congreso, en las Cámaras de Diputados y de Senadores, el movimiento estudiantil de 1968, que duró exactamente del 26 de julio al 2 de octubre. En ese pequeño lapso dicen que se cambió la historia de México. Sobre retirar las placas no estoy de acuerdo, pues nunca será una buena noticia, corregir la historia tampoco será una buena noticia. La historia se debate, se documenta, se discute, pero no se puede borrar.