Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Corría la década de los 50’s. La supremacía terrorífica de los estudios Universal había quedado sepultada por incontables paleadas de tiempo y la nula renovación de sus míticas creaciones, quienes invariablemente habían pasado a formar parte de la cultura mainstream, despojados de su naturaleza pavorosa y relegados a las diurnas e iluminadas funciones de matinée, superados por la novedad de la ciencia ficción que despertó una avasallante fascinación en el público de la posguerra ante la energía atómica y sus anormales creaciones involuntarias que asolaron las pantallas de aquel entonces (bichos y humanos gargantuescos, mutantes y monstruosidades teratológicas), así como el temor a lo desconocido alentado por McCarthy y su implacable caza de brujas comunistas y cuya paranoia se filtró en las numerosas cintas de invasores espaciales, verdaderos productos de la guerra fría donde el vecino de a lado podría no ser lo que aparenta. Ante tales circunstancias, el terror puro y en forma estaba listo para una oportuna resurrección.
Año: 1956. País: Inglaterra. Lugar: La calle Oakley Court, justo a la orilla del Río Támesis, donde un incipiente estudio cinematográfico creado por Enrique y James Carreras acababa de levantar sus oficinas después de varios intentos fallidos de desarrollar proyectos exitosos entre el público inglés, el cual sólo exigía dramas de época o cintas de ciencia ficción. Dicho estudio había presentado el año anterior una extraordinaria producción titulada “Pánico Mortal” (“The Quatermass Xperiment”), una inteligente, sombría y sorprendentemente exitosa parábola especulativa dirigida por Val Guest sobre los potenciales horrores de la exploración espacial que, sin duda alguna, inspiró más de un trabajo del talentoso John Carpenter y que legó al mundo al personaje del Profesor Bernard Quatermass, explorador de lo imposible y catalizador de dos secuelas: “El Enemigo que Vino del Espacio”, también de Guest, y “X, El Desconocido” de Leslie Norman. Esta trilogía, tal vez una de las mejores en los anales del cine fantástico, ingresaron la suficiente cantidad de libras esterlinas al estudio como para financiar el proyecto soñado de sus artífices: una adaptación del texto “Frankenstein o El Moderno Prometeo”. Y así lo hicieron.
En 1957 filmaron y presentaron al mundo “La Maldición de Frankenstein”, dirigida por el intuitivo y atmosférico Terence Fisher (a la postre una de las cartas fuertes del estudio) donde se narraba la anécdota por todos conocida pero con ciertas libertades creativas: el Barón Víctor Von Frankenstein , encarcelado y a punto de ser ejecutado, narra a un sacerdote los eventos que lo llevaron a prisión, específicamente la creación de un ser monstruoso a partir de restos de cadáveres y su sublevación. La cinta poseía un ritmo mucho más dinámico que la versión de la Universal y, escandaloso para la época, una dosis más severa de violencia y hemoglobina. Además, fundamentó la iconografía que acompañaría siempre a los proyectos del estudio tanto a nivel plástico (atmósferas góticas, juegos de iluminación, paleta technicolor recargada) como histriónico, ya que hacían su debut los actores emblema del cine de horror británico y sello característico del estudio: Peter Cushing como el Barón y Christopher Lee como el monstruo. A partir de este momento el ominoso nombre del estudio permanecería indeleble, cual mancha de sangre, en la colectividad cinéfila: La Hammer.
La cinta resultó un éxito sin precedentes, alabada por la crítica y aclamada por el público, por lo que el siguiente filme a estrenar no debiera ser sorpresa considerando el legado de la Universal: “El Horror de Drácula” (Fisher, 1958), otra adaptación sustentada en un guión original de Jimmy Sangster (libretista de cabecera de la Hammer y director ocasional para el estudio) más que en la obra de Stoker y cuyos principales aportes son: 1.- La rica escenografía gótica y los suntuosos vestuarios y 2.- El descubrimiento del Conde más pavoroso y salvaje hasta el momento: Christopher Lee, quien renuncia al aristocrático espectro de Lugosi para dotar al legendario vampiro de un magnetismo sexual animal sin alejarse del monstruo mítico de los Cárpatos. Otro éxito financiero para el estudio y que desembocó en una serie de cintas que explotaron a ambos personajes con desiguales resultados, sobresaliendo: “La Venganza de Frankenstein” (Fisher, 1959), “Y Frankenstein Creó a la Mujer” (Fisher, 1967), “El Horror de Frankenstein” (Sangster, 1970), “Las Novias de Drácula” (Fisher, 1960), “Prueba la Sangre de Drácula” (Sasdy, 1970) y “Los Ritos Satánicos de Drácula” (Gibson,1974). También probaron suerte con otros personajes y mitologías como: “La Maldición del Hombre Lobo” (Fisher, 1961 – Debut de Oliver Reed como histrión y considerada hasta la fecha como una de las cintas licántropas más interesantes por su rica puesta en escena y aplicadas actuaciones), “La Maldición de la Momia” (Carreras, 1964) y “La Gorgona” (Fisher, 1964), entre muchas otras.
Al final, todos los productos de la Hammer encontraron un público masivo que propulsó y sació el ansia por escalofríos de la audiencia en una época de transiciones culturales, sociales, políticas y sexuales, suplantando las figuras de Karloff o Colin Clive por las de el lánguido y cadavérico Peter Cushing o de Elsa Lanchester por la voluptuosa Ingrid Pitt, objeto de deseo de múltiples criaturas del estudio, enfundada en vestidos del siglo XIX con generosos escotes. La gráfica imaginería carnal y violenta de sus películas sofocaría la elegante sugerencia de sus predecesores, madurando y diversificando al género a niveles insospechados
Sin embargo, la prosperidad de la Hammer comenzaría a verse mermada con la proliferación de diversos estudios que se ampararon a su sombra comercial y generaron filmes similares en ritmo y tono, como la Amicus, la Tigon y la AIP. Al final, el mercado llegó a un punto de saturación y la Hammer Films, titán del horror y verdadero producto de su tiempo liberado sexualmente y escape silencioso del conflicto en Vietnam, cerró sus puertas con un crujido escalofriante y una risa sardónica que puede escucharse hasta el día de hoy, donde sus filmes forman parte del canon fundamental de un género que alcanzó forma gracias a la fuerza de un incontenible Martillo.

Nota: Una amplia selección de la filmografía de la Hammer está disponible en la Videoteca del Centro Cultural Casa Jesús Terán.

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