1ª Función

“EL SÉPTIMO HIJO” (“SEVENTH SON”)

¿Recuerdan cuando, en la década de los años ochenta, los filmes cuyas historias transcurrían en espacios fantásticos gobernados por brujas, entes demoniacos, caballeros, hechicería y todo tipo de criaturas fantásticas materializadas por obra y gracia de los insustituibles animatronics o marionetas eran moneda corriente? Y mejor aún, ¿recuerdan que la mayoría se realizaba con tal desenfado que coqueteaba con el desdén pleno a cualquier dejo de realismo, por lo que resultaban entretenidas sin provocar remordimiento en el espectador? Aquellas cintas como “Leyenda” (Scott, E.U./G.B., 1985), “La espada y el hechicero” (Pyun, E.U., 1982), “Willow” (Howard, E.U., 1987) o “Laberinto” (Henson, E.U., 1986), que penetraban en la capacidad de asombro de los jóvenes cinéfilos y prometían viajes en llanuras hasta tierras con historias sin fin o bañadas en sangre por el blandir de una espada cimeria. Si es así, reconforta saber que aún existen esas opciones en DVD, porque las propuestas modernas sobre este subgénero simplemente no encuentran un punto gravitacional que les permita definirse como obras autónomas que trasciendan sus costosos efectos especiales creados por computadora. La historia en este tipo de producciones es clave, y si ésta se ladea demasiado a la vereda del cliché, pierde cualquier pretensión narrativa o fuerza dramática que quisiera cultivar en medio de la parafernalia digital. Así ocurrió con “Eragon”(Fangemier, E.U., 2006), “Jack, el cazador de gigantes” (Singer, E.U, 2013) e intentos por propulsar sagas que, al final, no llegar a ningún lado ni en taquilla o en el gusto popular, como “La brújula dorada” (Weitz, E.U., 2007) o “Las crónicas de Narnia”, y así ocurre también con “El séptimo hijo”, un intento más por adaptar otra exitosa serie de libros con perfil juvenil con atmósferas mágicas y sobrenaturales, pero estéril en cualquier nivel de propuesta argumental o personajes. El protagonismo recae en un poderoso y sabio hechicero llamado Gregory (Jeff Bridges, quien después de participar en “R.I.P.D.” y “El dador de recuerdos”, debió haber aprendido su lección sobre desperdiciar su gran talento en filmes sin futuro), quien adopta bajo su tutela a un joven llamado Tom Ward (Ben Barnes) una vez que el chico cumple un requisito indispensable para ser custodiado y enseñado en el arte de la magia: ser el séptimo hijo de un séptimo hijo. La agenda de Gregory, además de instruir con dureza y disciplina a Tom, es prepararlo para luchar contra Madre Malkin (Julianne Moore), implacable practicante de la magia negra que asola aldeas y tiene una cuenta pendiente con Gregory, por lo que una confrontación a nivel personal será inevitable. Batallas, luchas espectaculares contra brujas que se transforman en dragones y algo de sentido del humor tratan de mantener entretenido al espectador, pero uno simplemente no puede evitar el bostezo ante un desfile de elementos argumentales ya muy vistos y revisados con poca imaginación, pues domina lo predecible y el cliché. Ni un cuadro de actores destacado, la colaboración del veterano Dante Ferreti en el diseño de producción o los efectos especiales proveídos por el maestro John Dykstra (“La guerra de las galaxias”) son suficientes para enmascarar este trillado embolado fantástico.

2ª Función

“[REC] 4: APOCALIPSIS”

Siendo honestos, esto no debió ocurrir más allá de la primera, una ingeniosa variante de “La noche de los muertos vivientes” a la española con la entonces novedosa añadidura de la cámara en mano para dotarle de pavoroso realismo y un giro de tuerca sobrenatural a la naturaleza de los infectados/zombis. Las secuelas trataron de expandir un poco en la incipiente mitología establecida en aquel primer filme y tan sólo la tercera se salva –casi- por tratar de inocularle a su historia fuertes cargas de humor negro y múltiples referencias a cintas de horror ochenteras. Ahora llega este cuarto y-esperamos- concluyente episodio en la saga conjurada por Jaume Balagueró y Paco Plaza (dirigida solamente por el primero) hace siete años y el resultado sólo puede calificarse de decepcionante, pues la energía y vitalidad que caracterizó el inicio de la aventura con la periodista Angela Vidal (Manuela Velasco) como protagonista se ha perdido, al igual que el interés del espectador por la serie y la fórmula, antes rebosante de atractivo, ahora se percibe totalmente diluida. La historia se ubica en altamar, donde Vidal se encuentra presa junto con otros sobrevivientes a la “infección” por parte de agentes gubernamentales y sanitarios, quienes creen haber hallado la clave para curarlos. Vidal posee la simiente del demoniaco virus y ahora la situación es una carrera contrarreloj, pues ella debe restablecerse a la vez que la epidemia se propaga una vez más, pero sin posibilidad de escape al estar confinados en un impresionante navío en medio de la nada acuática. Hay traiciones, alianzas y mucha sangre, pero filmado sin rigor o coherencia y de forma tan rutinaria que a la mitad de la cinta en verdad no importa quién viva o muera, pues los personajes son meros guiñapos que no merecen la molestia emocional del espectador. Patadas de ahogado de un subgénero que prosperó y avasalló hace sólo un par de años y parece que ahora se enfila al panteón de las modas fílmicas, donde esperemos jamás, pero jamás resucite.

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