Itzel Vargas Rodríguez

Es lunes, son las 5 de la tarde y el calor que se siente proviene de un sol que lucha por quedarse ante la inminente llegada del frío invernal, prominente sobre todo en las mañanas y por las noches.
Mi mente se ha relajado un poco después de muchos días agitados y es fuerte el sentimiento de querer compartir un poco de las muchas experiencias que me dejó la vida al estar lejos de casa.
Últimamente mi pensamiento sobre el país lo he percibido un poco preocupado, más de lo normal, creo que el mismo sentimiento que el de mucha gente tras los últimos meses de agitación y acontecimientos crudos que nos hacen repensar hacia dónde queremos que avance nuestra tierra, cuánto hace falta de cambio, ajuste o hábitos…
Sin embargo, ni con toda la incertidumbre social que se vive, cambiaría mi país por otro. Si bien es cierto que muchos jóvenes emprenden vuelo a otros países para ya no regresar, bien porque encuentran mejores oportunidades económicas o laborales, o bien porque les convence más la calidad de vida o incluso porque contraen matrimonio con extranjeros, creo firmemente que como México no hay dos. Y no es sólo un sentimiento nacionalista dicho en vano, sino porque cada día allá afuera, me convencí más y más que México es un país maravilloso.
En mis andares, estuve por España, la conocida Madre Patria y ya estando allá tuve oportunidad de visibilizar cómo era el modo de vida y pensamiento europeo.
Me acuerdo que de primera instancia me sorprendió mucho ver la calidad de vida en general, desde probar la comida que me pareció bastante buena, la organización de los medios de transporte público, muy limpio y exageradamente puntual, la forma en que crecían las ciudades de forma vertical y contando con todos los servicios públicos, la costumbre de dedicarle diario tiempo al ejercicio, sacar a pasear al perro, disfrutar de espacios públicos convenientemente planificados y muy bellos, caminar mucho, visitar con periodicidad museos y vacacionar a menudo.
Me sorprendía observar todo eso y al mismo tiempo me llamaba la atención que la sociedad se quejaba mucho teniendo al alcance tantos beneficios que tanta gente por ejemplo en México quisiera tener (como vacacionar a menudo o tener tiempo para dedicarse a uno mismo).
Y sin embargo también me causaba extrañeza que la gente laborara relativamente poco, y hasta restaurantes cerraban por la tarde porque era la hora de comida, lo mismo supermercados, mismos que incluso cerraban temprano los domingos. Eso me hizo ver que allá le dan mucho valor al tiempo que las personas dedican a sí mismas en sus vidas, pero también a darme cuenta que los mexicanos trabajamos muchísimo, y hacemos literalmente milagros con nuestro tiempo. Trabajamos, leemos, vamos al gimnasio, llevamos a los niños a la escuela y los recogemos, hay quien hasta alcanza a cocinar, eso sí, tal vez nuestro estrés sea mayor y por ende la calidad de vida menor pero sabemos estirar el día lo más que se puede.
También, la alegría es un estado del alma que culturalmente desbordamos. Cómo se extraña allá las risas inacabables de las fiestas, el albur, el chiste del tío, la forma jocosa de ver la vida, una confidente palmada en el hombro o la espalda y un abrazo sentido.
E indudablemente, las maravillas arquitectónicas de allá que bien les hacen competencia reñida al esplendor de un Cañón del Sumidero, un Sótano de las golondrinas, un San Miguel de Allende, un Teotihuacán… tantas y tantas maravillas que tenemos aquí.
Y claro, lo mejor del viaje siempre son las personas que uno conoce acompañado de las experiencias, aprendizajes y las nuevas culturas que sorprenden sin duda día a día.
Al final del ciclo se abrió la pregunta ¿me regreso a mi país o me quedo? Y no dudé mucho en la primera opción, porque uno allá es uno más pero uno acá es mexicano con una maravillosa identidad, esto último que mueve mucho a trabajar desde el metro cuadrado para aportar al país, este país que con todas sus diversidades y claroscuros contextuales, siempre se las ingenia para darnos más de lo que recibe y generarnos mucho cariño, mismo que cada día y con un suspiro sale del pensamiento cuando uno está fuera de casa.
Me quedó ahora corto el espacio para explayarme, pero seguro siguen los relatos. Ahí poco a poco le iré contando.
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